22 ago 2026

La soledad del poder llega hasta el Campo de San Roque

 

  Amaneció, miramos al cielo. El día anterior nos la jugó el tiempo y este parecía que también. El cabreo se asentó en las caras. Era el 16 de agosto y en el Campo de San Roque teníamos una cita para comer los vecinos de Tineo, era el día grande de las fiestas. Con pocas esperanzas la mañana fue avanzando, con timidez las nubes y la amenaza de lluvia dio lugar a un sol apocado, pero ahí estaba. Habíamos buscado planes alternativos y volvimos al original, al genuino, comer en San Roque.

  No fuimos los únicos, poco a poco el personal se animó y fue llenando la parte alta del prao, la zona arbolada ya estaba tomada por las peñas. Tomamos posesión del lugar, cerca de la caseta de Las Cabezas de San Juan, que nos animó la comida con su música.

  De vez en cuando un saludo con alguien al que hacia tiempo que no veíamos. Ya saben, el Campo de San Roque es un lugar de encuentro.

  Llegó el momento de la comida y las mesas, varias juntas, se fueron llenando de viandas. No hay término medio, en San Roque tiene que haber comida para poder cenar, sí se tercia, o para invitar a quien quiera ser invitado. Vamos, que es como en Navidad, pero en agosto. Eso sí, los condumios son muy de la tierra.

   Un poco más abajo de nuestra mesa se encontraba la de un exalcalde con su familia. No lo había visto hasta después de llevar un rato sentado, había otros grupos por el medio. No es hombre pródigo en grandes, ni pequeñas, manifestaciones de alegrías. Por ser es hasta parco en palabras, pero se le notaba contento entre los suyos. No es un mal tipo. Si piensan que estaba cotilleando están en lo cierto, cotilleaba. Comenté su presencia con las personas que estaban cerca de mí.

  Estábamos procediendo a dar buena cuenta de las tortillas de patatas, incluida una de calabacín que es deliciosa para casi todos los comensales, yo soy más de la de cebolla, por mucho que le joda a Dabiz Muñoz. Sin hacerle ascos a los filetes empanados, bollos de chorizo y tocino, también de cecina. No faltó el chosco, sería un pecado casi mortal que no fuese así, no recuerdo que más manjares degustamos. Como se podrán imaginar todo ello lo regamos con bebidas que nos alegraron el espíritu. Y llegó la hora de los postres. ¡Ay, que arroz con leche!, de los fritos de leche casi no quiero acordarme, se me hace agua la boca, una delicatessen. Hubo hasta pasteles. El paraíso de los golosos.

  No fue todo yantar. Los ojos se me iban de vez en cuando a contemplar quien andaba prao arriba-abajo. Hasta que… No tenía buena visión, pero era él. Allí estaba con su mujer y su hijo pequeño. Un poco apartados de todos. Cerca tenían al otro exalcalde, no se cruzaron miradas.

  Sí, ya lo dije, estaba cotilleando. Aunque la verdad es que me estaba fijando, para luego cotillear, hay que ser precisos en el lenguaje.

  Quién lo ha visto y quién lo ve. Hubo un tiempo en el qué estaba siempre rodeado de los suyos o de aquellos qué algo querían. Se dejaba querer, es muy amoroso, disfrutaba de la popularidad, aunque fuera la local. Ya antes de ser «alguien» tenía unas aspiraciones muy claras, todos sus actos iban encaminados a conseguir el fin propuesto. Tenía que llegar como fuera, a toda costa. Lo consiguió. Por el camino dejó muchas cosas y perdió pluma. No le importó. El fin justifica los medios.

  En su destino deseado y dorado se rodeó de fieles que habían quedado desamparados y él los acogió bajo su ala protectora. Esos polluelos, llegado el momento, proclamarán aquí y acullá sus virtudes para seguir siendo el caudillo, cada vez menos victorioso.

  Tras la comida aparecieron, como por arte de magia, algunas bebidas espirituosas, ya se sabe que son imprescindibles para realizar una buena digestión. La intención era buena, pero unos estómagos  vapuleados por el tiempo y los maltratos se rebelaron ante la agresión y protestaron con acidez.

  En esos momentos el dúo, al niño lo dejo fuera, faltaría más, se levantaron. No parecía que hubiesen engullido mucho, a pesar de ser hombre de apetitos voraces. Se dirigieron a la mesa de más arriba, ellos no cruzaron palabra, la voz cantante la llevaron ellas. El resto de los comensales de la mesa, por lo que pude observar, no les hicieron ni puñetero caso. Después el líder-caudillo enfiló prao abajo sin mirar a izquierda o derecha, bueno, la verdad es que él siempre va a lo suyo sin mirar para ningún lado.

   Él, que se creía profeta en su tierra, parece un apestado. En su atalaya es atacado y anda en boca de todos, no como quisiera. Como Simón el Estilita permanece apático en su columna ajeno a los aconteceres mundanos. Bueno, eso intenta aparentar, quienes lo conocen saben que por dentro está que rabia. Muy pagado de sí mismo contempla como su estrella se va apagando, ¡qué más da! Cuando lo finiquiten irá al cementerio de los elefantes. Lo que no sabe, no alcanza a ello, es que siempre ha sido un pobre hombre con la suerte de su lado, que no es mérito alguno.

  Lo suyo debe ser la soledad del poder, una soledad llena de una tristeza tan grande como su ego.

  ¿Quién sabe? tal vez la magia del Campo de San Roque provoca espejismos. Tal vez.