9 jun 2026

Magnifica Humanitas, una encíclica sobre la inteligencia artificial y más

  

Aviso a los posibles lectores: es un texto muy largo. Soy consciente de que estamos en un momento de titulares y por lo tanto no creo que sean muchos los que lleguen hasta el final. Si alguno lo hace le doy doblemente las gracias. Dejando de lado las cuestiones religiosas, creo que en esta encíclica se dicen cosas importantes que deberían leer, especialmente, aquellas personas que tienen responsabilidades políticas y que se dicen católicos. También esos que se dicen liberales, aunque imagino que si son católicos les generaría serias dudas y contradicciones. Para esas gentes el Papa es infalible, pero no cuando trata de eso que han denominado Doctrina social de la Iglesia. En fin.

 

    Soy un católico nominativo, que no practicante, lo cual no me impide que me interese lo que dicen los máximos dirigentes de la Iglesia Católica. Hace muchos años leí con sumo interés la encíclica Rerum Novarum, del Papa León XIII publicada en 1891. Nació como una respuesta al capitalismo industrial individualista y especialmente al marxismo colectivista. Para el marxismo el motor de la historia es el conflicto entre clases que solo se puede solucionar mediante la destrucción del opresor. Por su parte, la Iglesia propuso la armonía y la colaboración entre patronos y obreros. La Rerum Novarum sentó las bases de la Doctrina social de la Iglesia. Por cierto, también leí la Gaudium et spes, documento elaborado en el Vaticano II.

  De Magnifica Humanitas es la nueva encíclica del actual Papa, Leon XIV, que me llamó la atención por la noticias periodísticas que se referían a ella como una carta sobre la inteligencia artificial. Les recuerdo que inicialmente las encíclicas eran cartas que los Papas dirigían a los obispos católicos, con el tiempo fueron destinadas a los católicos en general y en la actualidad son la toma de postura de los máximos dirigentes de la Iglesia Católica ante los temas más diversos y dirigidos a todo el mundo.

  Tras leer Magnifica Humanitas les puedo asegurar que trata de mucho más que la inteligencia artificial. Les haré un resumen de algunos de los aspectos que me resultaron más relevantes, dejando de la lado las cuestiones estrictamente religiosas.

  Desde el principio deja clara la relación entre el poder y la tecnologías que modelan los procesos de toma de decisiones. Leon XIV dice cosas que suscribimos muchas personas no creyentes. Así asegura que hoy los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos superiores a muchos gobiernos, y ya vemos lo que eso significa. No es necesario recordar, o si, a Elon Musk, Tim Cook (Apple), Mark Zuckerberg (Meta), Sundar Pichai (Google), Sam Altman (OpenAI) o Jensen Huang (Nvidia) y su influencia sobre Trump.

  Los problemas del mundo no se pueden solucionar de forma individual, Leon XIV apela a la subsidiariedad, que significa la cooperación entre generaciones, pueblos, disciplinas y culturas con el fin de hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz.

  ¿Quién no firmaría por esto?

  El Papa hace mención continuada a la Doctrina social de la Iglesia, a la Rerum Novarum y al Concilio Vaticano II, lo cual es muy indicativo de su pensamiento. Deja claro que no se trata de una injerencia en cuestiones temporales o un código ético que externo que se aplica arbitrariamente. Reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política y por eso la Iglesia aspira al bien común.

  Habría que recordáselo a más de un obispo o arzobispo, como por ejemplo el de Asturias, Jesús Sanz Montes.

  Dicho lo anterior recuerda unas palabras del Papa Francisco: «nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos». Ya en el Concilio Vaticano II se afirmó la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política, donde cada una debe actuar con plena autonomía.

  Mi gozo en un pozo. Como ciudadanos tienen todo el derecho a expresarse, otra cosa es cuando utilizan el púlpito para soltar diatribas políticas, esa es una manipulación torticera de la religión. Lo de la autonomía es mucho decir.

  Leon XIV recuerda dos principios recogidos en la Rerum Novarum que dice que tienen plena vigencia: «la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera... y el vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden social más justo».

  En esa línea social hace referencia a la Encíclica Quadragesimo anno, de Pío XI, publicada en 1931. En ella se «denuncia la concentración del poder económico en manos de unos pocos; critica tanto la competencia sin límites como aquellos proyectos colectivistas que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas; recuerda con fuerza el derecho de asociación de los trabajadores y reitera la exigencia de que el salario sea proporcional no sólo al rendimiento, sino a las necesidades del trabajador y de su familia».

  Estas ideas han quedado en el olvido de esos empresarios tan familiares y de misa de domingo que se dedican a explotar a los trabajadores o que utilizan mano de obra semiesclava, la de inmigrantes.

  En este afán de resaltar la Doctrina social de la Iglesia recoge ideas de Pío XII: «Él sostiene la necesidad de un estado de derecho sólido para prevenir los abusos de poder y reconoce en la democracia un instrumento adecuado para favorecer el ejercicio correcto de la autoridad. Al mismo tiempo, advierte contra toda pretensión de fundar el derecho en el interés o en la fuerza, recordando que un orden internacional regulado por el beneficio de los más fuertes expone a los pueblos más débiles a la opresión y socava de raíz la confianza entre las naciones».

  Parece una más que indirecta dedicada al presidente de EEUU.

  León XIV menciona la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, por cierto, también la leí. En esa carta se «vincula de manera orgánica la dignidad de la persona con el reconocimiento de los derechos y deberes fundamentales y propone un orden de convivencia —también en el plano internacional— fundado en la verdad, la justicia, el amor y la libertad».

  Visto lo que está sucediendo en el mundo parece que estas referencias del actual Papa vienen muy bien traídas. Hay que reconocer que la Iglesia Católica sabe como tirar de las orejas muy bien y sin que apenas lo notes.

  A renglón seguido de la anterior cita, Leon XIV se moja: «En nuestra época, marcada por conflictos generalizados y nuevas formas de interdependencia global, siguen siendo especialmente significativos el alcance universal de su llamamiento [se refiere a Juan XXIII], la referencia a los derechos humanos como lengua común y la convicción de que una paz duradera requiere instituciones y relaciones entre los pueblos inspiradas en la dignidad de cada persona».

  Empiezo a pensar que las gentes de derechas, especialmente sus líderes, harían muy bien en leer y, sobre todo, asimilar las cosas que se dicen en Magnifica Humanitas.

  Con el Concilio Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965, la Iglesia quiso manifestar su compromiso con el mundo y reflexionar sobre la realidad. Los frutos de ese concilio sigue dividiendo a los integrantes de la milenaria organización que es la Iglesia. En su seno hay muchos integrantes que están anclados en el Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563. A la vista de sus actos y dichos parece que entre la jerarquía eclesiástica española hay muchos partidarios de las ideas tridentinas.

  Ahora que lo pienso, me leí Gaudium et spes. Muchas encíclicas fueron. Tiene explicación, tanto por la temática como por razón de mis estudios, que no fueron religiosos.

  Me estoy extendiendo en las referencias a la Doctrina social de la Iglesia ya que considero que son muy ilustrativas y sobre todo bastante desconocidas para quienes se dicen muy católicos. Vean otro ejemplo recogido por el Papa estadounidense: «Para la Doctrina social de la Iglesia esto supone un legado de especial actualidad: la afirmación del vínculo entre la dignidad del trabajo, la solidaridad entre los pueblos y la evaluación crítica de la democracia y la economía de mercado sigue ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de explotación, exclusión y crisis de la representación política».

  Casi podría decir amén.

  Un hombre tan conservador como Benedicto XVI dijo cosas como esta, según recoge Leon XIV: «Observa, además, que el nuevo sistema económico-financiero mundial, caracterizado por una gran movilidad de los capitales y los medios de producción, ha reducido el poder político de los estados y su capacidad para orientar los procesos económicos».

  Pues oigan, que estoy de acuerdo.

  Mi gozo en un pozo, ya me extrañaba a mí. Benedicto XVI sitúa la caridad como la «vía maestra de la doctrina social de la Iglesia». La caridad está muy alejada de la justicia social.

  Las querencias ideológicas se hacen patentes en los diferentes Obispos de Roma. Para el Papa Francisco «vuelven a cobrar protagonismo el destino universal de los bienes, la crítica a un paradigma tecnocrático que pretende reducirlo todo a un objeto de dominio, la defensa del trabajo humano amenazado por la lógica del descarte, la exigencia de una justicia intergeneracional y el llamamiento a un diálogo auténtico entre política y economía, para que ninguna de las dos se encierre en su propia autorreferencialidad».

  Esto es un poco diferente a lo dicho por Benedicto XVI.

  Cada vez se hace más hincapié, por parte de los sectores más liberales, en que el esfuerzo y la responsabilidad personal son fundamentales para alcanzar el éxito en la vida. Se logrará ascender socialmente trabajando duro, cada individuo es responsable de esa mejora, pero también de las consecuencias de sus decisiones. Estas son las premisas sobre las que se asienta la ideología liberal, el individuo es lo importante y por lo tanto el Estado es innecesario, dejándolo reducido a su mínima expresión. Estoy reduciendo el liberalismo a una explicación muy simple, pero creo que suficiente para contraponer a lo dicho por Leon XIV: «considero particularmente insidiosa la [ideología] que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos. En semejante perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás instrumentalizable. Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente».

  Por favor, no me digan que no están de acuerdo. Cada vez estoy más convencido de que esta encíclica debería ser de lectura obligatoria para los políticos, sobre todo los situados a la derecha, los de extrema derecha no son nada «papistas».

  Aclaración: no estoy sufriendo una revelación. Mi perspectiva de la realidad sigue siendo la misma, lo cual no implica que no de por buenos otros planteamientos, que en este caso coinciden con los míos, que están alejados de cualquier connotación religiosa.

  Me parece interesante hacer este resumen de Magnifica Humanitas con el fin de valorarla adecuadamente. Es más que evidente que me estoy centrando en esas cuestiones que la Iglesia denomina Doctrina social, que es lo que a mí me interesa.

  Siguiendo esa línea aquí tienen otra muestra más del pensamiento del actual Papa: «Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías. Sin embargo, todavía hay mucho camino por recorrer para que los derechos de una gran parte, por ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo... no es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad escucha y valora el aporte de las mujeres. Mientras exista esta disparidad, no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres».

  No creo que ninguna mujer ponga pegas a lo dicho. No se debe olvidar la persona, especialmente el cargo que ocupa, que lo expresa.

  Para Robert Francis Prevost, Leon XIV, la búsqueda del bien común es lo que da vida a un pueblo, entendido este no como una suma de individuos sino como una realidad en la cual las personas se vinculan unas a otras y son corresponsables de la res publica.

  No tengo nada que añadir, el Papa dixit.

  El mundo está muy revuelto, como hace muchos años que no estaba. La invasión de Ucrania por parte de Rusia, el genocidio en Gaza y Líbano, lo sucedido en Venezuela o lo que está pasando en Irán son muestras de la sinrazón y del ánimo belicista de algunos líderes político. La llegada de Trump a la presidencia del gobierno estadounidense por segunda vez ha supuesto para el derecho internacional un mazazo del que se tardará años en recuperar, y aun no terminó con sus locuras. La ley del más fuerte ha regresado a las relaciones internacionales, cada vez que eso sucedió ya sabemos cual fue el final. Leon XIV deja unos cuantos recaditos en este sentido: «Invito a todos a pensar en formas de cooperación y de instituciones internacionales más eficaces, capaces de cuidar el bien común global sin anular la legítima pluralidad de los pueblos y de los estados. En efecto, la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones. Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable».

  Tengo la sensación, y no es la primera vez, de que está pensando en alguien en concreto, ¿no les parece?

  Se refiere Leon XIV a la justicia social, una cuestión muy humana. Entiende por ella, por justicia social, la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos -y en particular a los más frágiles- vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás.

  Lo firmo.

  No termina ahí, sigue diciendo: «La idea de “justicia social” ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente».

  ¿Alguna objeción? Ninguna. Oigan, que habla de «estructuras» este término tan denostado por las derechas, ya saben por aquello que dicen los liberales que coartan las libertades individuales y son un freno para el desarrollo. Sigue ganando por goleada Leon XIV a los liberales.

  Por lo que respecta a la emigración deja clara su visión. Entiende que la justicia social está representada también por el modo en el cual una sociedad trata a los migrantes, que son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales.

  Las extremas derechas no leerán esta encíclica, sí lo hiciesen tendría que caérseles la cara de vergüenza.

  En el capítulo tercero aborda las cuestiones relacionadas con la IA (Inteligencia Artificial). Veamos alguna de sus aseveraciones: «el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

  Mientras esto dice el Papa, Donald Trump está abriendo todas las puertas a los grandes magnates tecnológicos, que sí por algo destacan es por ser unos ególatras egoístas que quieren campar a sus anchas y no aceptan ningún tipo de limitación ni aceptación de las legislaciones de los diferentes países o el derecho internacional.

  Se muestra partidario, el Papa, de verificar si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos. La respuesta es evidente a tenor de lo que vemos: no a todo. Ahora lo que se trata es de ponerles coto a todos sus desmanes, guiados por intereses económicos puros y duros. Estos magnates tecnológicos no dudan en fomentar los instintos más bajos y deleznables de los seres humanos con el fin de obtener más beneficios: violencia física o sexual, desprecio y vejaciones a los más desfavorecidos…

  Alerta de los peligros que conlleva la mala gestión de la IA ya que su uso no es un hecho puramente técnico puesto que influye en la vida las personas, afecta a sus derechos, oportunidades e incluso libertad. Manifiesta una idea que me parece relevante: «no podemos considerar a la IA como moralmente neutra». Cada vez son más los que se esconde tras esa apariencia de neutralidad para tomar decisiones y no asumir ninguna responsabilidad. En España tenemos un ejemplo muy reciente en el caso de Fernando Clavijo, presidente de Canarias. Este «señor» consultó la IA para justificar que las ratas del crucero MV Hondius, ya saben el del hantavirus, podían llegar a la costa nadando. Y eso se lo soltó a la ministra de Sanidad, Mónica García, cuando para empezar, así lo confirmaron las autoridades sanitarias, no había ratas. Ese es el nivel. A raíz de esta soberana estupidez los medios de comunicación informaron que no era el único caso, que muchos políticos tomaban decisiones consultando a la IA. En la antigüedad se consultaba a oráculos, adivinos y demás cuentistas, ahora la cosa se sofisticó mucho, pero en el fondo sigue siendo lo mismo: los ineptos necesitan quien les diga lo que tienen que hacer y sí además está revestido de algo que asumen como verdad absoluta e infalible, pues miel sobre hojuelas. Por cierto, ¿la IA supone un competidor muy peligroso, como nunca antes hubo, contra la idea de dios? De cualquier dios. ¿Será  uno de los motivos que impulsaron a Leon XIV a redactar esta encíclica?

  Ven, ya me sale la vena incrédula y resabiada.

  La IA aumenta especialmente el poder de quien ya dispones de recursos económicos, competencias y acceso a los datos. Realidad incontestable.

  El jefe de la Iglesia toma carrerilla cuando afirma que es indispensable que el uso de la IA esté sometida a criterios claros y controlados. No se queda ahí, la propiedad de los datos no puede confiarse sólo al sector privado, sino que debe reglamentarse. No hay quien lo pare: «En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA. Hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio. Hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos. Hablar de justicia pide cuestionar las geografías del poder que definen quién puede programar los modelos y quién es sólo objeto de esa programación, y reconocer que la justicia social no es sólo un objetivo que hay que tutelar después de la adopción de las tecnologías, sino una condición que se debe poner en práctica desde su diseño».

  ¿Quedó claro? Diáfano.

  Prevost habla de desarmar la IA que no es sólo en el término militar, sino económico y cognitivo. Afirma que actualmente hay una carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, con el fin de consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Utiliza el término desarmar, en el sentido de que quiere romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Habla de las plataformas digitales y su utilización para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso. Insiste en los peligros que conlleva la exposición precoz a las redes sociales.

  Pone en tela de juicio el pretendido objetivo de obtener mayores beneficios ya que con esa disculpa se justifican decisiones que sacrifican sistemáticamente el empleo. En este sentido piensa que es necesario que la introducción de la automatización y de IA tendría que ir acompañada de medidas de protección del empleo al tiempo que se realicen políticas activas de formación continua, pero sin cargar sobre los individuos el coste de adaptación.

  Está claro que este Papa, en estas cosas, tiene una visión más «progresista» que los partidos de derecha y extrema derecha de este país, por ejemplo.

  Robert Prevost toca otros temas de esos que pueden escocer a los liberales. Así afirma que la renta del capital corre el riesgo de sustituir a los ingresos del trabajo, que a menudo quedan relegados a un segundo plano respecto a los principales intereses del sistema económico. Se suma a las informaciones ofrecidas por los expertos que afirman que la riqueza mundial creció en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos se incrementó y los desequilibrios se han acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país.

  Nunca escuchamos nada parecido en esos políticos que se dicen muy cristianos. No les interesa la opinión de su Papa, el dinero manda. Las religiones vienen muy bien para satisfacer las insatisfacciones de la mayoría.

  Oigan, que dice: «No cabe duda de que se necesitan leyes justas e instrumentos de redistribución que corrijan los desequilibrios, incluso mediante sistemas fiscales que alivien la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores recursos».

  Uf, lo que acaba de decir. Esto es anatema para los liberales. No se le ocurre otra cosa a este Papa que decir que hay que hacer leyes más justas y que hay que corregir los desequilibrios. Eso es comunismo, dirán algunos.

  Cómo no se quedó contento remata: «Las nuevas esclavitudes se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales». Ya puestos a ello: «También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica».

  ¡Un comunista en la cátedra papal! ¿Les quedan dudas? Pues vean: «La estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas genera una “nación armada”, en la que la guerra parece casi una prolongación natural de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de las decisiones bélicas».

  Lo anterior ¿será por alguien en concreto? Tal vez, pero se trata de un recado muy claro.

  Otro aviso a navegantes. No hay que olvidar que las encíclicas van dirigidas especialmente a los católicos, alguno debería leerla, aunque entonces igual renuncia a su falsa fe: «Reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —“yo primero”, “amigo-enemigo”, “nosotros-ustedes”— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones». Y es que «la construcción de la paz ha pasado a un segundo plano: la cooperación para el desarrollo, el desarme, la prevención de conflictos y el fomento de la confianza mutua quedan relegados, en nombre de lógicas de poder».

  Estas cuestiones se le han olvidado a Donald Trump, por ejemplo. ¿Irán dedicadas a él? No sé, pero tendría que darse por aludido. ¡Vaya tontería acabo de escribir!.

  No hay quien frene a Prevost: «el nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores gravísimos: los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían con un economicismo irracional, mientras que la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos».

  Está tan claro que no necesita comentario alguno.

  «Cuando una cultura normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva peligrosa: lo que hoy parece impensable puede volverse mañana aceptable en base a cálculos de utilidad o de seguridad». Eso está pasando. Cuando creíamos que el derecho internacional, por ejemplo, con sus más y sus menos, eran las normas por las que se regían las relaciones entre países, llega un demente y se carga todo el sistema para introducir el miedo como base de «negociación». También lo dice Leon XIV: «A nivel político, es urgente pasar de la “cultura del poder” a una auténtica “cultura de la negociación”, en la que el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en la vía habitual para afrontar los conflictos...».

  Si han llegado hasta aquí, gracias.

  No soy católico, pero creo necesario conocer las opiniones de organizaciones tan relevantes como la Iglesia católica. Es un buen ejercicio para no quedarme anclado en mis opiniones. Eso no significa renunciar a mi ideología, ni mucho menos. Las opiniones y criterios de otros deben ser escuchadas cuando son proferidas con educación, cosa que no suele suceder en las redes sociales.

  La encíclica Magnifica Humanitas es una lectura interesante y recomendable. Ya sé, ya sé, parece un anacronismo recomendar su lectura, pues no lo es.