Leonardo Padura es el retratista de La
Habana. Sus imágenes no son agradables. La ciudad denota un pasado
esplendoroso, pero desde hace años los edificios se mantinen en pie de puro
milagro. Los habitantes tienen una resistencia estoica ante las adversidades.
La comida, las medicinas, casi todo se busca con ansiedad, es cuestión de
supervivencia. A pesar de los pesares son gentes amables y sobrellevan sus
penas como pueden. Padura, a pesar de los pesares, sigue teniendo su casa en La
Habana.
Pues de estas cosas trata Morir en la
arena, su última novela. En esta ocasión no es una novela policiaca ni
tiene como protagonista a Mario Conde, aunque este querido personaje se
mencione. A las miserias humanas le suma las sociales consecuencia de una
política que constriñe a los ciudadanos. A través de las novelas de este
escritor de puede recorrer la historia de la Cuba castrista. Llama la atención,
al menos a mí, que no realiza una crítica rotunda al aislamiento al que somete
a la isla los Estados Unidos desde hace tantos años, ni en esta ni en ninguna
novela de las que leí, que han sido unas cuantas.
Morir en la arena tiene como
protagonista principal a Rodolfo que ha pasado a la reserva, se ha jubilado y
los achaques de la vida se le van notando. Su existencia estuvo marcada por la
participación en la guerra de Angola y el asesinato de su padre a manos de su
hermano, aunque hay un tercer factor muy importante para él, el reencuentro con
Nora, su antigua novia de la que sigue enamorado y que fue la mujer del hermano
parricida.
Las penurias que les atosigan son las que
sufren la inmensa mayoría de los cubanos, aunque siempre hay alguno que gracias
a sus chanchullos nada en la abundancia. Un poco de comida, de ron y de sexo no
les llena ni el estomago ni el alma, pero les entretiene.
Leonardo
Padura siempre ha sido crítico pero siendo cauto, no debemos olvidar que en
Cuba hay una dictadura asfixiante. A pesar de ello sus denuncias a la situación
económica, la miseria, la censura han sido constantes. Se ha referido en muchas
ocasiones a la autocensura como un mal que aqueja a los habitantes de la isla.
No es para menos, se juegan mucho. El prestigio internacional de Padura le
proteje y de momento no se ha visto en la obligación de abandonar su país.
Las críticas en esta novela son muy duras
desde el primer momento: «Las cosas andaban tan jodidas en el país que hasta
las escobas viejas y las bayetas deshilachadas podían ser robadas» (pág. 13). Y
es que «la gente no quería vivir en la Historia, sino en la normalidad y
alcanzar el mínimo espacio para gastar su vida, tener la posibilidad de
practicar su libre albedrío sin que los jodieran por eso, pues era un derecho
humano y divino, y etcétera, etcétera (pag. 85) Es que como dijo Mario Conde:
«Qué pena de país, lo están destrozando, coño» (pág. 85).
Padura es un anticomunista militante: «El
comunismo no es una filosofía ni una ideología, o lo fue al principio, pero
luego, para los que siguieron creyendo en él, se convirtió en una religión y,
como todas, exigió una fe y la aceptación de un dogma, con sus liturgias
incluidas» (pág. 119). Sobran comentarios.
Los cubanos que regresan a la isla por unos
días se encuentran con un país aun más desolado del que dejaron: «La armónica
pobreza de siempre había evolucionado hacia una miseria exultante, extendida,
agobiante, como la acumulación de basura y de gente mal ataviada que vio en
varias esquinas». Esta es una imagen muy potente, me lo puedo imaginar.
Rodolfo sobrevive gracias a los envíos de
comida y todo tipo de cosas que le envía su hija Aitana desde España, situación
en la que se encuentran muchos de los habitantes que permanecen en la isla. Los
que dejaron atrás Cuba tienen sentimientos contradictorios y contemplan los
cambios como si les abrieran una profunda herida: «Allí, observando la franja
de costa sembrada de desechos, el mar turbio en que chapoteaban unos niños,
tuve la extraña sensación de sentir vergüenza nacional, no solo por la indolencia
institucional, sino por el deterioro moral de las gentes con la urbanidad
extraviada que se revolcaban en aquella inmundicia y, con su apatía y
desechos,conbribuían a potenciarla» (pág. 280) Una descripción sobrecogedora.
La situación en Cuba no ha hecho más que
empeorar. Con Obama se abrió una pequeña puerta a la esperanza que Trump tiró
por la borda. Hoy el presidente estadounidense está desangrando a los cubanos
de una forma inhumana con el silencio cómplice del mundo.
Si Padura cuando escribió este libro,
publicado en agosto de 2025 dijo: «olvídate de cómo fue este país. Ahora es
otra cosa muy rara que ni Dios entiende, algo que se cae a pedazos pero no
termina de caerse y donde la mayoría de la gente…, pues sí, creo que vive de
los milagros» (pág. 297), no sé que diría hoy.
Además de esto y mucho más, hay alguna
comida, reencuentros, amor, sexo en la edad avanzada y ron. Los dioses libren a
los cubanos de Trump y sus secuaces.