Aviso
a los posibles lectores: es un texto muy largo. Soy consciente de que estamos
en un momento de titulares y por lo tanto no creo que sean muchos los que
lleguen hasta el final. Si alguno lo hace le doy doblemente las gracias.
Dejando de lado las cuestiones religiosas, creo que en esta encíclica se dicen
cosas importantes que deberían leer, especialmente, aquellas personas que
tienen responsabilidades políticas y que se dicen católicos. También esos que
se dicen liberales, aunque imagino que si son católicos les generaría serias
dudas y contradicciones. Para esas gentes el Papa es infalible, pero no cuando
trata de eso que han denominado Doctrina social de la Iglesia. En fin.
Soy un católico nominativo, que no
practicante, lo cual no me impide que me interese lo que dicen los máximos
dirigentes de la Iglesia Católica. Hace muchos años leí con sumo interés la
encíclica Rerum Novarum, del Papa León XIII publicada en 1891. Nació
como una respuesta al capitalismo industrial individualista y especialmente al
marxismo colectivista. Para el marxismo el motor de la historia es el conflicto
entre clases que solo se puede solucionar mediante la destrucción del opresor.
Por su parte, la Iglesia propuso la armonía y la colaboración entre patronos y
obreros. La Rerum Novarum sentó las bases de la Doctrina social de la
Iglesia. Por cierto, también leí la Gaudium et spes, documento elaborado
en el Vaticano II.
De Magnifica Humanitas es la nueva
encíclica del actual Papa, Leon XIV, que me llamó la atención por la noticias
periodísticas que se referían a ella como una carta sobre la inteligencia
artificial. Les recuerdo que inicialmente las encíclicas eran cartas que los
Papas dirigían a los obispos católicos, con el tiempo fueron destinadas a los
católicos en general y en la actualidad son la toma de postura de los máximos
dirigentes de la Iglesia Católica ante los temas más diversos y dirigidos a
todo el mundo.
Tras leer Magnifica Humanitas les
puedo asegurar que trata de mucho más que la inteligencia artificial. Les haré
un resumen de algunos de los aspectos que me resultaron más relevantes, dejando
de la lado las cuestiones estrictamente religiosas.
Desde el principio deja clara la relación
entre el poder y la tecnologías que modelan los procesos de toma de decisiones.
Leon XIV dice cosas que suscribimos muchas personas no creyentes. Así asegura
que hoy los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo
transnacionales, dotados de recursos superiores a muchos gobiernos, y ya vemos
lo que eso significa. No es necesario recordar, o si, a Elon Musk, Tim Cook
(Apple), Mark Zuckerberg (Meta), Sundar Pichai (Google), Sam Altman (OpenAI) o
Jensen Huang (Nvidia) y su influencia sobre Trump.
Los problemas del mundo no se pueden
solucionar de forma individual, Leon XIV apela a la subsidiariedad, que
significa la cooperación entre generaciones, pueblos, disciplinas y culturas
con el fin de hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz.
¿Quién no firmaría por esto?
El Papa hace mención continuada a la Doctrina
social de la Iglesia, a la Rerum Novarum y al Concilio Vaticano II, lo
cual es muy indicativo de su pensamiento. Deja claro que no se trata de una
injerencia en cuestiones temporales o un código ético que externo que se aplica
arbitrariamente. Reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la
distinción entre comunidad eclesial y comunidad política y por eso la Iglesia
aspira al bien común.
Habría que recordáselo a más de un obispo o
arzobispo, como por ejemplo el de Asturias, Jesús Sanz Montes.
Dicho lo anterior recuerda unas palabras del
Papa Francisco: «nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la
intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social
social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la
sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los
ciudadanos». Ya en el Concilio Vaticano II se afirmó la distinción entre
comunidad eclesial y comunidad política, donde cada una debe actuar con plena
autonomía.
Mi gozo en un pozo. Como ciudadanos tienen
todo el derecho a expresarse, otra cosa es cuando utilizan el púlpito para
soltar diatribas políticas, esa es una manipulación torticera de la religión.
Lo de la autonomía es mucho decir.
Leon XIV recuerda dos principios recogidos en
la Rerum Novarum que dice que tienen plena vigencia: «la primacía del
trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera... y el
vínculo indisoluble entre el anuncio evangélico y la búsqueda de un orden
social más justo».
En esa línea social hace referencia a la
Encíclica Quadragesimo anno, de Pío XI, publicada en 1931. En ella se
«denuncia la concentración del poder económico en manos de unos pocos; critica
tanto la competencia sin límites como aquellos proyectos colectivistas que
anulan la libertad y la responsabilidad de las personas; recuerda con fuerza el
derecho de asociación de los trabajadores y reitera la exigencia de que el
salario sea proporcional no sólo al rendimiento, sino a las necesidades del
trabajador y de su familia».
Estas ideas han quedado en el olvido de esos
empresarios tan familiares y de misa de domingo que se dedican a explotar a los
trabajadores o que utilizan mano de obra semiesclava, la de inmigrantes.
En este afán de resaltar la Doctrina social
de la Iglesia recoge ideas de Pío XII: «Él sostiene
la necesidad de un estado de derecho sólido para prevenir los abusos de poder y
reconoce en la democracia un instrumento adecuado para favorecer el ejercicio
correcto de la autoridad. Al mismo tiempo, advierte contra toda pretensión de
fundar el derecho en el interés o en la fuerza, recordando que un orden
internacional regulado por el beneficio de los más fuertes expone a los pueblos
más débiles a la opresión y socava de raíz la confianza entre las naciones».
Parece una más que
indirecta dedicada al presidente de EEUU.
León XIV menciona
la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, por cierto, también la leí.
En esa carta se «vincula de manera orgánica la dignidad de la persona con el
reconocimiento de los derechos y deberes fundamentales y propone un orden de
convivencia —también en el plano internacional— fundado en la verdad, la
justicia, el amor y la libertad».
Visto lo que está
sucediendo en el mundo parece que estas referencias del actual Papa vienen muy
bien traídas. Hay que reconocer que la Iglesia Católica sabe como tirar de las
orejas muy bien y sin que apenas lo notes.
A renglón seguido
de la anterior cita, Leon XIV se moja: «En nuestra época, marcada por
conflictos generalizados y nuevas formas de interdependencia global, siguen
siendo especialmente significativos el alcance universal de su llamamiento [se
refiere a Juan XXIII], la referencia a los derechos humanos como lengua común y
la convicción de que una paz duradera requiere instituciones y relaciones entre
los pueblos inspiradas en la dignidad de cada persona».
Empiezo a pensar
que las gentes de derechas, especialmente sus líderes, harían muy bien en leer
y, sobre todo, asimilar las cosas que se dicen en Magnifica Humanitas.
Con el Concilio
Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965, la Iglesia quiso manifestar su
compromiso con el mundo y reflexionar sobre la realidad. Los frutos de ese
concilio sigue dividiendo a los integrantes de la milenaria organización que es
la Iglesia. En su seno hay muchos integrantes que están anclados en el Concilio
de Trento, celebrado entre 1545 y 1563. A la vista de sus actos y dichos parece
que entre la jerarquía eclesiástica española hay muchos partidarios de las
ideas tridentinas.
Ahora que lo
pienso, me leí Gaudium et spes. Muchas encíclicas fueron. Tiene
explicación, tanto por la temática como por razón de mis estudios, que no
fueron religiosos.
Me estoy
extendiendo en las referencias a la Doctrina social de la Iglesia ya que
considero que son muy ilustrativas y sobre todo bastante desconocidas para
quienes se dicen muy católicos. Vean otro ejemplo recogido por el Papa
estadounidense: «Para la Doctrina social de la Iglesia esto supone un legado de
especial actualidad: la afirmación del vínculo entre la dignidad del trabajo,
la solidaridad entre los pueblos y la evaluación crítica de la democracia y la
economía de mercado sigue ofreciendo criterios para juzgar las nuevas formas de
explotación, exclusión y crisis de la representación política».
Casi podría decir
amén.
Un hombre tan
conservador como Benedicto XVI dijo cosas como esta, según recoge Leon XIV:
«Observa, además, que el nuevo sistema económico-financiero mundial,
caracterizado por una gran movilidad de los capitales y los medios de
producción, ha reducido el poder político de los estados y su capacidad para
orientar los procesos económicos».
Pues oigan, que
estoy de acuerdo.
Mi gozo en un pozo,
ya me extrañaba a mí. Benedicto XVI sitúa la caridad como la «vía maestra de la
doctrina social de la Iglesia». La caridad está muy alejada de la justicia
social.
Las querencias
ideológicas se hacen patentes en los diferentes Obispos de Roma. Para el Papa
Francisco «vuelven a cobrar protagonismo el destino universal de los bienes, la
crítica a un paradigma tecnocrático que pretende reducirlo todo a un objeto de
dominio, la defensa del trabajo humano amenazado por la lógica del descarte, la
exigencia de una justicia intergeneracional y el llamamiento a un diálogo
auténtico entre política y economía, para que ninguna de las dos se encierre en
su propia autorreferencialidad».
Esto es un poco
diferente a lo dicho por Benedicto XVI.
Cada vez se hace
más hincapié, por parte de los sectores más liberales, en que el esfuerzo y la
responsabilidad personal son fundamentales para alcanzar el éxito en la vida.
Se logrará ascender socialmente trabajando duro, cada individuo es responsable
de esa mejora, pero también de las consecuencias de sus decisiones. Estas son
las premisas sobre las que se asienta la ideología liberal, el individuo es lo
importante y por lo tanto el Estado es innecesario, dejándolo reducido a su
mínima expresión. Estoy reduciendo el liberalismo a una explicación muy simple,
pero creo que suficiente para contraponer a lo dicho por Leon XIV: «considero
particularmente insidiosa la [ideología] que sugiere que toda persona deba
ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a
quienes son más eficientes y productivos. En semejante perspectiva, la persona
termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser
usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás instrumentalizable.
Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen
derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún
poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente».
Por favor, no me
digan que no están de acuerdo. Cada vez estoy más convencido de que esta
encíclica debería ser de lectura obligatoria para los políticos, sobre todo los
situados a la derecha, los de extrema derecha no son nada «papistas».
Aclaración: no
estoy sufriendo una revelación. Mi perspectiva de la realidad sigue siendo la
misma, lo cual no implica que no de por buenos otros planteamientos, que en
este caso coinciden con los míos, que están alejados de cualquier connotación
religiosa.
Me parece
interesante hacer este resumen de Magnifica Humanitas con el fin de
valorarla adecuadamente. Es más que evidente que me estoy centrando en esas
cuestiones que la Iglesia denomina Doctrina social, que es lo que a mí me
interesa.
Siguiendo esa línea
aquí tienen otra muestra más del pensamiento del actual Papa: «Junto a una
mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido
también el reconocimiento de los derechos de las minorías. Sin embargo, todavía
hay mucho camino por recorrer para que los derechos de una gran parte, por
ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo...
no es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma
dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones
concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las
responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad
escucha y valora el aporte de las mujeres. Mientras exista esta disparidad, no
podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las
mujeres tienen la misma dignidad que los hombres».
No creo que ninguna
mujer ponga pegas a lo dicho. No se debe olvidar la persona, especialmente el
cargo que ocupa, que lo expresa.
Para Robert Francis
Prevost, Leon XIV, la búsqueda del bien común es lo que da vida a un pueblo,
entendido este no como una suma de individuos sino como una realidad en la cual
las personas se vinculan unas a otras y son corresponsables de la res
publica.
No tengo nada que añadir, el Papa dixit.
El mundo está muy
revuelto, como hace muchos años que no estaba. La invasión de Ucrania por parte
de Rusia, el genocidio en Gaza y Líbano, lo sucedido en Venezuela o lo que está
pasando en Irán son muestras de la sinrazón y del ánimo belicista de algunos
líderes político. La llegada de Trump a la presidencia del gobierno
estadounidense por segunda vez ha supuesto para el derecho internacional un
mazazo del que se tardará años en recuperar, y aun no terminó con sus locuras.
La ley del más fuerte ha regresado a las relaciones internacionales, cada vez
que eso sucedió ya sabemos cual fue el final. Leon XIV deja unos cuantos
recaditos en este sentido: «Invito a todos a pensar en formas de cooperación y
de instituciones internacionales más eficaces, capaces de cuidar el bien común
global sin anular la legítima pluralidad de los pueblos y de los estados. En
efecto, la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al
derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a
contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones. Cualquier
intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y,
por lo tanto, inaceptable».
Tengo la sensación,
y no es la primera vez, de que está pensando en alguien en concreto, ¿no les
parece?
Se refiere Leon XIV
a la justicia social, una cuestión muy humana. Entiende por ella, por justicia
social, la capacidad de un orden social, económico y político que permita a
todos -y en particular a los más frágiles- vivir de manera realmente humana,
sin que ninguno se quede atrás.
Lo firmo.
No termina ahí,
sigue diciendo: «La idea de “justicia social” ayuda a reconocer que las
injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino
también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que
producen desigualdad casi automáticamente».
¿Alguna objeción?
Ninguna. Oigan, que habla de «estructuras» este término tan denostado por las
derechas, ya saben por aquello que dicen los liberales que coartan las
libertades individuales y son un freno para el desarrollo. Sigue ganando por
goleada Leon XIV a los liberales.
Por lo que respecta
a la emigración deja clara su visión. Entiende que la justicia social está
representada también por el modo en el cual una sociedad trata a los migrantes,
que son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio
climático y los desastres naturales.
Las extremas
derechas no leerán esta encíclica, sí lo hiciesen tendría que caérseles la cara
de vergüenza.
En el capítulo
tercero aborda las cuestiones relacionadas con la IA (Inteligencia Artificial).
Veamos alguna de sus aseveraciones: «el control de las plataformas, las
infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los
estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho,
determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas
posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en
pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el
riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias,
exclusiones, manipulaciones y desigualdades».
Mientras esto dice
el Papa, Donald Trump está abriendo todas las puertas a los grandes magnates
tecnológicos, que sí por algo destacan es por ser unos ególatras egoístas que
quieren campar a sus anchas y no aceptan ningún tipo de limitación ni
aceptación de las legislaciones de los diferentes países o el derecho
internacional.
Se muestra
partidario, el Papa, de verificar si el poder de las infraestructuras digitales
y de los algoritmos favorece realmente la participación y la responsabilidad,
protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades
y se ordena al bien de todos. La respuesta es evidente a tenor de lo que vemos:
no a todo. Ahora lo que se trata es de ponerles coto a todos sus desmanes,
guiados por intereses económicos puros y duros. Estos magnates tecnológicos no
dudan en fomentar los instintos más bajos y deleznables de los seres humanos
con el fin de obtener más beneficios: violencia física o sexual, desprecio y
vejaciones a los más desfavorecidos…
Alerta de los
peligros que conlleva la mala gestión de la IA ya que su uso no es un hecho
puramente técnico puesto que influye en la vida las personas, afecta a sus
derechos, oportunidades e incluso libertad. Manifiesta una idea que me parece
relevante: «no podemos considerar a la IA como moralmente neutra». Cada vez son
más los que se esconde tras esa apariencia de neutralidad para tomar decisiones
y no asumir ninguna responsabilidad. En España tenemos un ejemplo muy reciente
en el caso de Fernando Clavijo, presidente de Canarias. Este «señor» consultó
la IA para justificar que las ratas del crucero MV Hondius, ya saben el del
hantavirus, podían llegar a la costa nadando. Y eso se lo soltó a la ministra
de Sanidad, Mónica García, cuando para empezar, así lo confirmaron las
autoridades sanitarias, no había ratas. Ese es el nivel. A raíz de esta
soberana estupidez los medios de comunicación informaron que no era el único
caso, que muchos políticos tomaban decisiones consultando a la IA. En la
antigüedad se consultaba a oráculos, adivinos y demás cuentistas, ahora la cosa
se sofisticó mucho, pero en el fondo sigue siendo lo mismo: los ineptos
necesitan quien les diga lo que tienen que hacer y sí además está revestido de
algo que asumen como verdad absoluta e infalible, pues miel sobre hojuelas. Por
cierto, ¿la IA supone un competidor muy peligroso, como nunca antes hubo,
contra la idea de dios? De cualquier dios. ¿Será uno de los motivos que impulsaron a Leon XIV
a redactar esta encíclica?
Ven, ya me sale la
vena incrédula y resabiada.
La IA aumenta
especialmente el poder de quien ya dispones de recursos económicos,
competencias y acceso a los datos. Realidad incontestable.
El jefe de la
Iglesia toma carrerilla cuando afirma que es indispensable que el uso de la IA
esté sometida a criterios claros y controlados. No se queda ahí, la propiedad
de los datos no puede confiarse sólo al sector privado, sino que debe
reglamentarse. No hay quien lo pare: «En un mundo donde pocos sujetos
concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien
común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y
política, nombrando los nuevos monopolios de la IA. Hablar de destino universal
de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las
tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la
capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención
a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos
en otro sitio. Hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a
menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos. Hablar de justicia
pide cuestionar las geografías del poder que definen quién puede programar los
modelos y quién es sólo objeto de esa programación, y reconocer que la justicia
social no es sólo un objetivo que hay que tutelar después de la adopción de las
tecnologías, sino una condición que se debe poner en práctica desde su diseño».
¿Quedó claro?
Diáfano.
Prevost habla de desarmar
la IA que no es sólo en el término militar, sino económico y cognitivo. Afirma
que actualmente hay una carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de
datos más amplio, con el fin de consolidar una ventaja geopolítica o comercial
sobre todos los demás. Utiliza el término desarmar, en el sentido de que
quiere romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar.
Habla de las plataformas digitales y su utilización para construir narrativas
sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso. Insiste en los
peligros que conlleva la exposición precoz a las redes sociales.
Pone en tela de
juicio el pretendido objetivo de obtener mayores beneficios ya que con esa
disculpa se justifican decisiones que sacrifican sistemáticamente el empleo. En
este sentido piensa que es necesario que la introducción de la automatización y
de IA tendría que ir acompañada de medidas de protección del empleo al tiempo
que se realicen políticas activas de formación continua, pero sin cargar sobre
los individuos el coste de adaptación.
Está claro que este
Papa, en estas cosas, tiene una visión más «progresista» que los partidos de
derecha y extrema derecha de este país, por ejemplo.
Robert Prevost toca
otros temas de esos que pueden escocer a los liberales. Así afirma que la renta
del capital corre el riesgo de sustituir a los ingresos del trabajo, que a
menudo quedan relegados a un segundo plano respecto a los principales intereses
del sistema económico. Se suma a las informaciones ofrecidas por los expertos
que afirman que la riqueza mundial creció en términos absolutos, pero su
concentración en pocas manos se incrementó y los desequilibrios se han
acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país.
Nunca escuchamos
nada parecido en esos políticos que se dicen muy cristianos. No les interesa la
opinión de su Papa, el dinero manda. Las religiones vienen muy bien para
satisfacer las insatisfacciones de la mayoría.
Oigan, que dice:
«No cabe duda de que se necesitan leyes justas e instrumentos de redistribución
que corrijan los desequilibrios, incluso mediante sistemas fiscales que alivien
la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores
recursos».
Uf, lo que acaba de
decir. Esto es anatema para los liberales. No se le ocurre otra cosa a este
Papa que decir que hay que hacer leyes más justas y que hay que corregir los
desequilibrios. Eso es comunismo, dirán algunos.
Cómo no se quedó
contento remata: «Las nuevas esclavitudes se alimentan de cadenas económicas e
infraestructuras digitales». Ya puestos a ello: «También asistimos a una
preocupante pérdida de la memoria histórica».
¡Un comunista en la
cátedra papal! ¿Les quedan dudas? Pues vean: «La estrecha conexión entre los
intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas genera
una “nación armada”, en la que la guerra parece casi una prolongación natural
de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de
las decisiones bélicas».
Lo anterior ¿será
por alguien en concreto? Tal vez, pero se trata de un recado muy claro.
Otro aviso a
navegantes. No hay que olvidar que las encíclicas van dirigidas especialmente a
los católicos, alguno debería leerla, aunque entonces igual renuncia a su falsa
fe: «Reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un
enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima
legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —“yo primero”,
“amigo-enemigo”, “nosotros-ustedes”— facilita decisiones, a menudo irresponsables,
que minan la confianza recíproca entre las naciones». Y es que «la construcción
de la paz ha pasado a un segundo plano: la cooperación para el desarrollo, el
desarme, la prevención de conflictos y el fomento de la confianza mutua quedan
relegados, en nombre de lógicas de poder».
Estas cuestiones se
le han olvidado a Donald Trump, por ejemplo. ¿Irán dedicadas a él? No sé, pero
tendría que darse por aludido. ¡Vaya tontería acabo de escribir!.
No hay quien frene
a Prevost: «el nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y
normalizando errores gravísimos: los extremismos religiosos y los fanatismos
identitarios se alían con un economicismo irracional, mientras que la política
recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y
a la construcción sistemática de miedos y resentimientos».
Está tan claro que
no necesita comentario alguno.
«Cuando una cultura
normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva peligrosa: lo que hoy
parece impensable puede volverse mañana aceptable en base a cálculos de
utilidad o de seguridad». Eso está pasando. Cuando creíamos que el derecho
internacional, por ejemplo, con sus más y sus menos, eran las normas por las
que se regían las relaciones entre países, llega un demente y se carga todo el
sistema para introducir el miedo como base de «negociación». También lo dice
Leon XIV: «A nivel político, es urgente pasar de la “cultura del poder” a una
auténtica “cultura de la negociación”, en la que el diálogo y las relaciones
diplomáticas se conviertan en la vía habitual para afrontar los conflictos...».
Si han llegado
hasta aquí, gracias.
No soy católico,
pero creo necesario conocer las opiniones de organizaciones tan relevantes como
la Iglesia católica. Es un buen ejercicio para no quedarme anclado en mis
opiniones. Eso no significa renunciar a mi ideología, ni mucho menos. Las
opiniones y criterios de otros deben ser escuchadas cuando son proferidas con
educación, cosa que no suele suceder en las redes sociales.
La encíclica Magnifica
Humanitas es una lectura interesante y recomendable. Ya sé, ya sé, parece
un anacronismo recomendar su lectura, pues no lo es.