28 mar 2026

La médica que ofrecía un cura a un moribundo


  El denominado «caso Noelia» ha puesto de manifiesto que hay personas a las que no les importa el sufrimiento ajeno. Esto me recuerda, salvando las distancias, a aquellos que se negaban a legalizar el divorcio o el aborto y más tarde hicieron uso de ellos.
  Para los más despistados les hago un pequeño resumen.
  Noelia Castillo estuvo esperando 601 días para que le aplicasen la eutanasia, la muerte digna. La joven padecía dolores constantes y sufrimiento psíquico. Su padre se opuso a que le aplicasen la eutanasia y fue representado por Abogados Cristianos, la organización de extrema derecha. Sus padres se habían separado cuanto tenía catorce años y estuvo tutelada por la Generalitat de Cataluña. Las relaciones con su padre fueron muy conflictivas. Sufrió varios ataques sexuales e intento suicidarse en diversas ocasiones. En 2022 fue víctima de una violación múltiple e intentó suicidarse tirándose desde un quinto piso, como resultado quedó parapléjica.
  Abogados Cristianos dijeron que la Generalitat de Cataluña y el Gobierno de España estaban empeñados en acabar con la vida de Noelia, a pesar de que la decisión estaba acreditada por cuatro tribunales médicos y de justicia. El Tribunal Supremo respaldó su derecho a la eutanasia; el Tribunal Constitucional rechazó los recursos de última hora presentados para paralizar el proceso. Hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se mostró favorable a la decisión de Noelia y, sin embargo, la organización de extrema derecha siguió en sus trece.
  Hubo opiniones de personajes mediáticos que se sumaron, de una manera u otra, a lo dicho por esos abogados que de cristianos no tienen nada. Así Cristina Pardo dijo que el «sistema ha fallado». Juan del Val, al que le regalaron el último Premio Planeta,  afirmó que «Teniendo 25 años y diagnosticados algunos problemas mentales, la solución está en otro sitio». Se olvidó, intencionadamente, que paso exámenes psiquiátricos. Estas declaraciones están recogidas en el periódico El Español, dirigido por Pedro J. Ramírez, que ya sabemos como se las gasta.
  Otro que no se anduvo por las ramas fue Carlos Herrera. Este en su línea bronca y manipuladora no demostró empatía alguna. No es de extrañar, trabaja para la Iglesia que le paga un fortunón.
  En las redes sociales, como siempre, se rompieron todas las reglas de respeto, educación y empatía. Sentí vergüenza y dolor al leer algunos comentarios.
  Al «festival» de barbaridades no faltó la Conferencia Episcopal quien puso de relieve, otra vez, su opinión que deja claro que siguen viviendo en la Edad Media.
  Todas la opiniones que leí y escuché provenían de los sectores más conservadores, de las extremas derechas.
  Esta triste historia hizo que rememorase un caso verídico          que nunca he contado en público. No me lo contaron, lo viví en primera persona: la muerte de mi padre. Se lo adelanto, no es tan  terrible como lo padecido por Noelia, pero tiene alguna similitud.
  A mi padre le diagnosticaron, hace veintiocho años, un cáncer en fase terminal. Fue de esos puñeteros que solo se manifiestan cuando ya hay una metástasis brutal. Le dieron tres meses de vida. Lo internaron en el Hospital de Cabueñes, en Gijón. Estuvo atendido por el doctor Solano, no se sí aún sigue trabajando. La atención que dispensó a mi padre, Eladio, fue profesionalmente perfecta, pero además mostró una empatía por lo que le estaré eternamente agradecido. Enfermeras y auxiliares fueron muy profesionales e incluso diría que cariñosas, lo cual se agradece.
  El tiempo que pasó en el hospital el trato fue inmejorable, pero llegó el último día y… El cuatro de enero, domingo, mi padre se encontraba muy mal, le quedaba poco tiempo. Antes de dejar el hospital, el lunes tenía que trabajar, hablé con las enfermeras y les pedí que me avisaran sí en la noche se ponía peor. Nada sucedió. A primera hora de la mañana me puse en contacto con el control de enfermería y me dijeron que mejor que fuera, el tiempo se acababa. Cometí muchas infracciones de tráfico por exceso de velocidad. Eladio parecía estar esperándome. Hablamos un poco, la voz era casi un susurro. Pasado un rato me dijo que le apetecía fumar. ¡Se estaba yendo y quería un pitu! Le dije: «papa, mejor no». «Sí, será mejor que no» contestó.
  Siempre fue un gran fumador, primero de Celtas cortos y luego, cuando los retiraron del mercado, se pasó al Ducados. Casi seguro que el causante de su muerte temprana fue el tabaco. Tenía 60 años.
  Poco después se quedó adormilado, la agonía era evidente. Fui al control y avisé de la situación. Una enfermera fue a verle y al poco tiempo llegó una médica. Más tarde me enteré que el doctor Solano estaba de descanso. Lo vio, lo acomodó y me preguntó sí queríamos un cura, ella dijo sacerdote. Le contesté que no, que no éramos creyentes, pero que gracias. Me contó que era importante que mi padre estuviese cómodo. Nuevamente le di las gracias y se fue. Pasado un tiempo mi padre no volvió a abrir los ojos, pero se mostraba inquieto. Vuelvo al control y les digo a las enfermeras que por favor avisaran a la médica y que haber si le podían dar algo para que estuviese más sosegado. Llegó la misma médica. Otra vez se puso a acomodar a Eladio y nuevamente me ofrece la presencia de un cura. Le reitero que no, gracias. Mi tono de voz ya era más firme. Le comenté la posibilidad de que le diera algo para evitar el desasosiego evidente. Su respuesta fue la callada. Se fue y lo dejó con la inquietud. Con el paso de los minutos la situación empeoró. Ahí mi paciencia se acabó. Destapé la caja de los truenos y relámpagos. Fui encabronado al control y con un tono muy elevado pedí que volviese la médica y le diera algo, no quería que mi padre sufriera en sus últimos momentos. Solté tacos e incluso pegue algún puñetazo en el mostrador, nada en contra de las enfermeras, y dije, pensando que la médica podía estar escuchándome, que de allí me iba al juzgado a denunciarla. Fui duro, muy duro. Mi padre se estaba muriendo. Poco más tarde llegó la solución. Eladio se fue tranquilo, se quedó como un pajarín. Al final se fue en paz.
  Tras comprobar su muerte, varias enfermeras me dieron la razón y me explicaron el comportamiento de la médica: era del Opus Dei.
  Esa médica antepuso sus creencias religiosas al bienestar final de mi padre. Demostró su nula humanidad. No fue ni buena profesional ni buena persona. Espero que sí algún día se vio en la misma situación con un familiar haya tenido algo de sensibilidad y humanidad. Tenía que aprender del doctor Solano en este caso.
  El sufrimiento añadido al que sometieron el padre de Noelia y Abogados Cristianos no tiene perdón ni en este mundo ni en el que ellos dicen creer. No sé a qué esperan para pararles los pies a estas organizaciones ultra derechistas que tienen como objetivo encabronar la sociedad y acabar con la democracia, no son demócratas.
  El caso de mi padre no es equiparable al de Noelia, pero tienen una misma raíz, la intransigencia religiosa de aquellos que no creen en la libertad de pensamiento ni en las libertades democráticas.