El 20 de noviembre de 1939 los restos
mortales de José Antonio Primo de Rivera inician su peregrinaje desde el
cementerio de Alicante hasta el Monasterio de El Escorial, 467 kilómetros que
recorrieron, día y noche, sus camaradas falangistas portando el féretro a
hombros. Había sido fusilado el 20 de noviembre de 1936. El recorrido de ese
cortejo fúnebre está recogido en el libro Presentes de Paco Cerdá.
Primo de Rivera, fundador de la Falange, era
hijo del general Miguel Primo de Rivera, dictador entre 1923 y 1930. España
tiene una larga tradición, desde el siglo XIX, de golpes de Estado encabezados
por militares, siendo, sin duda, el más sanguinario el encabezado por Francisco
Franco contra la República. Tras la victoria de los golpistas necesitaban
héroes y mitos sobre los que sustentar su ideología deshumanizada y así crearon
símbolos como la defensa del Alcázar de Toledo, sustentada sobre mentiras, o la
creación del mito de José Antonio, de ahí ese desfile desde Alicante al
Monasterio de El Escorial. La Iglesia se pone del lado de los militares, sobre
todo si son los vencedores.
La terrible Guerra Civil había terminado el 1
de abril de 1939 y, sin embargo, los vencedores seguían fusilando españoles por
el mero hecho de no pensar igual que ellos. Hay historiadores que ponen en tela
de juicio ese final bélico del 1 de abril y lo alargan hasta 1952, cuando los
últimos grupos armados, los maquis, fueron evacuados o escaparon de España,
quedando algún pequeño grupo que sería perseguido hasta el exterminio.
No hay que olvidar que Franco siguió firmando
ejecuciones hasta el 27 septiembre de 1975, en que fusilaron a tres miembros
del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) y a dos miembros de
ETA. Eran terroristas, sí, pero la pena capital es inhumana e iguala a asesinos
y ejecutores. El año anterior, 1974, el anarquista Salvador Puig Antich fue
ejecutado con garrote vil, método de matar de máxima crueldad, si ello es
posible.
Los porteadores del féretro, falangistas
todos ellos, eran relevados cada diez kilómetros. La procesión duró once días y
diez noches. A su paso se congregaban los vecinos de las poblaciones que
atravesaba, ¡cómo para no hacerlo! En las noches las antorchas y hogueras
iluminaban el camino. Solo se detenían cuando se procedía a algún rezo.
José Antonio tuvo más seguidores después de
muerto que en vida. En las elecciones generales de 1936 la Falange obtuvo el
0,4 % de los votos y contaba con unos cuarenta y siete mil afiliados. La
propaganda franquista hizo de él un héroe al que venerar, a Franco le venía muy
bien ya que era un héroe muerto, no como aquellos militares -Balmes, Sanjurgo y
Mola- que le podían hacer sombra y que curiosamente murieron en accidentes.
Presentes no se ciñe a esos once días,
alterna la vida, la muerte, de los represaliados por los franquistas. Perdonen,
dicho así estoy distorsionando la realidad, no eran represaliados, eran
asesinados. No he comprobado si todos los personajes a los que se refiere
existieron, pero muchos de ellos sí. A pesar de que en la mayoría de los casos
el final fue la muerte, Paco Cerdá confiere a las historias ternura, lo cual se
lo agradezco. No se crean que solo recogió a los del bando republicano, también
los hay del bando franquista, aunque fueron los primeros los que padecieron
toda la crueldad de los golpistas.
Creo que todo el mundo sabe que el Valle de
los Caídos fue construido con mano de obra de presos políticos republicanos,
eran las mulas del régimen. Sobre el Reglamento provisional para el régimen
interior de los batallones de trabajadores Cerdá dice: «Sus páginas
manifiestan qué han de hacer las mulas de la nueva España. Primero, ser útiles
al país. Segundo, compensar la carga que acarrea su sustento. Tercero,
contribuir a la reparación de los daños y destrozos perpetrados por las hordas marxistas.
Y cuarto, disponerse a una rehabilitación moral, patriótica y social» (pág.
52). «Las mulas construyeron puentes, carreteras, aeródromos, vías férreas,
canalizaciones de agua. Lo que ordene a las mulas la nueva España» (pág. 49).
Ni siquiera un personaje famoso como el
cantante Miguel de Molina se libró de recibir una paliza, se la dieron «por
marica y por rojo» (pág. 58).
Los libros no se libraron de la inquina
inquisitorial fascista: «Los libros son un peligro. Siempre lo han sido. Ahora
más. Leer es sospechoso. Debe reforzarse la vigilancia. Quién lee qué. Qué no
se puede leer. Por eso las bibliotecas españolas van habilitando sus infiernos:
armarios o cuartos donde se ocultaban los libros prohibidos. Literatura
pornográfica, socialista, comunista, libertaria. Libros disolventes, los
llamaba el nuevo Estado» (pág. 84). Esto dice el autor. Más adelante da un dato
espeluznante: «Solo en Barcelona dicen que se han destruido setenta y dos
toneladas de libros procedentes de editoriales, librerías y bibliotecas
públicas y privadas» (pág. 85).
Paco Cerdá nos ofrece datos del primer
gobierno franquista y es muy esclarecedor conocer el perfil de sus ministros.
No se olvida el autor de los denominados topos,
personas que permanecieron escondidas durante muchos años con el fin de evitar
la cárcel o el paredón.
Entre las historias terribles que se narra
está la de Amelia, una joven anarquista que… tendrán que leer Presentes
para saber lo que le pasó a ella y a los demás personajes.
En estos tiempos en los que los fascistas se
enorgullecen de serlo; en estos tiempos en los que muchos jóvenes creen los
cuentos que les cuentan quienes tienen como bandera el odio y la
intransigencia; en estos tiempos en los que la democracia es denostada por
quienes no han conocido otro régimen político es muy recomendable leer libros
como Presentes.