9 jul. 2011

Inocencia perenne


Una lancha hinchable, un camión, una pala, un cubo. Castillo en construcción. Risas. Gritos de niños, también lloros. La franja colindante con el agua está casi intransitable. Los pies agradecen el frescor, el resto chamusca la planta.
La tumbona permite observar el panorama con tranquilidad. Cuerpos de todos los colores y tamaños transpiran sin tregua. Las cremas ofrecen diversas intensidades de brillos y, sobre todo, de olores. El aroma del mar queda reducido al mínimo ante las fragancias aceitosas. El ruido de las olas al romper se atenúa por las conversaciones de los aspirantes a tostadas.
Monotonía. Rutina playera.
La mirada se me va tras una pareja. Van cogidos de la mano. Él la aferra con delicada firmeza. Se les ve felices. Su cara lo dice, no hay dudas.
La barba, muy poblada y larga, parece descuidada. Tal vez acabe de salir del agua. El pelo está alborotado. Aunque aparenta más de cuarenta, no tiene entradas. Su sonrisa es limpia. Renquea un poco y su mano izquierda apenas se balancea, sigue sujetando la de ella.
Es menuda, más baja que él. No sonríe, se la ve contenta. Se deja llevar. No tienen prisa. Están juntos. Gira la cara y le mira, por un momento parece que van a detenerse. Continúan. Pasan casi desapercibidos.
Ella tendrá más de 70 años y desde que él nació supo que a su niño nunca le arrancarían la inocencia.
La playa es larga y su tiempo les pertenece. Tal vez por un momento ella se quede seria y le preocupe el ya no muy lejano futuro. Eso hoy no importa.
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Inocencia perenne por M. Santiago Pérez Fernández se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

1 comentario:

  1. Me encantó, una nota de sentimiento en medio de tanta falta de sensibilidad

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