17 jul. 2018

Los treinta apellidos que cortan el bacalao


Sin mucho esfuerzo se puede comprobar que las personas que cortan el bacalao hoy en España pertenecen a las mismas familias que lo hacían hace doscientos, trescientos años.  Los avatares políticos, las guerras fratricidas nunca los bajaron del machito. Ahí siguen. Es cierto que en los últimos años se han sumado “nuevos ricos” pero esos son los menos. Pues de una familia con poder, catalana por más señas, es de lo que trata Los treinta apellidos de Benjamín Prado.

Las grandes fortunas no se amasan sin dejar muertos tras de sí. Y me refiero a esa riqueza que no podemos ni imaginar la mayoría de los mortales. A esa riqueza, a esos ricos, que ponen y quitan gobiernos. A esa riqueza, a esos ricos, que hacen las leyes. A esa riqueza, esos ricos, que hacen que todos paguemos los desaguisados de sus bancos.

Los doscientos españoles más ricos – familias en la mitad de los casos -, suman 247.050 millones de euros en 2018, según informaciones periodísticas de acceso en Internet.

Juan Urbano, profesor de literatura, escritor de biografías por encargo para satisfacer egos y casi detective se ve metido en un buen lío cuando acepta un encargo para desempolvar el pasado de una familia con los apellidos Maristany, Espriu y Quiroga. Una familia “que lo mismo podría decirse de sus convicciones políticas y su lucha por el nacionalismo, porque financiar un diario como La Renaixensa, apoyar organizaciones del tipo de la Lliga de Catalunya o patrocinar a otras dedicadas a recaudar fondos para la causa no era sólo, ni siquiera básicamente, movimientos financieros”.

Gran parte de la trama se desarrolla en Cuba y Prado nos da un buen repaso histórico sobre la isla así como la política colonizadora. Y en toda esa información destaca el negocio de esclavos. No es muy conocido pero muchos prohombres del solar patrio, incluida Cataluña, se hicieron asquerosamente ricos con la trata de personas.

Benjamín Prado se curró la documentación. Nos ofrece una interesante interpretación sobre “la Historia [que] es la ciencia de defraudar a quienes luchan por cambiarla. La gente se deja la sangre en las banderas y envuelve con ellas a unos ídolos que nueve de cada diez veces las utilizan como disfraz, las hacen jirones y los usan como mordazas”.

No solo nos ofrece una visión de lo sucedido en el siglo XIX, la Cuba de hoy no sale muy bien parada, mejor dicho, los castristas no salen muy airosos.

Quien tenga curiosidad puede ampliar sus conocimientos históricos en base a los datos que nos ofrece Prado. Por ejemplo: “Cuando murió Fernando VII, en 1833, ya sólo se conservaban Cuba y Filipinas, España estaba en quiebra y, eso sí, él tenía quinientos millones de reales depositados en el Banco de Londres”.  Esto me recuerda… ¿a quién me recuerda? Hay costumbres que se perpetúan en las familias.

Las indagaciones de Juan Urbano le llevarán también a África. Ya sabemos que el mundo es “la famosa aldea global, cómo no… Un invento del filósofo Marshall Mcluhan que para lo único que ha servido es para crear sociedades que se conforman con el grado más bajo del saber, que es el estar enterado”.

Historia, fortunas bañadas en sangre, corrupción, explotación, desengaños y algo de honradez son los ingredientes de Los treinta apellidos. Pasado y presente se entremezclan. Un libro que entretiene y aporta mucha información.

Ah, una aclaración: la localidad asturiana de Villaviciosa no pertenece a Gijón. De la cubierta no voy a decir nada.

Ni puñetero caso, no me crean: léanlo. Lo podrán encontrar en su biblioteca pública o librería preferida.

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14 jul. 2018

Lo que sea Para morir iguales


Morir nos morimos todos. Me acabo de cubrir de gloria. Dicha la tontería, otra cosa es que no todos morimos iguales. La desigualdad ante la muerte existe, vaya que si existe. No me pongo trascendente. Para morir iguales es el título del último libro de Rafael Reig. Sin más dilación: me gustó. Por cierto, hay una canción del cantante y compositor mexicano José Alfredo Jiménez Sandoval que tiene ese mismo título. Cada uno de los capítulos del libro comienza con una frase de alguna de las canciones de ese compositor.

El protagonista, Pedrito Ochoa, es un hospiciano que se mata a pajas, ve a la Virgen y quiere hacerse rico.

La Transición es el telón de fondo. No es un libro de Historia. Con unas pinceladas por aquí y otras por allá nos ambienta a la perfección. Eso sí, los que vivimos esos años lo pillamos todo, los más jóvenes lo dudo. El libro puede ser una buena disculpa para que indaguen en esa etapa reciente de nuestra Historia.

Este aspecto me prestó (gustar en asturiano) mucho. Rafael Reig, repito, no necesita aportar un montón de datos para ponernos en situación. La “nueva” política, los cambios de chaqueta, la dictadura, la libertad, el 23 F,  los pelotazos económicos, el dinero negro, el tráfico de niños, la prostitución, la homosexualidad, las drogas, el SIDA… son fiel reflejo de lo que vivimos. Todo ello aderezado con humor, ironía y socarronería, tan del gusto de los asturianos.

Para morir iguales tiene muertes e investigaciones. No es una novela policíaca. Tampoco es una novela religiosa o sobre religión, aunque se aparezca la Virgen y las monjas estén muy presentes. Por cierto, lo de la Virgen es la virgen. Vean un ejemplo: “Qué fatiga, ¡pero qué fatiga! – se quejó con un resoplido -. Un cuerpo desnudo es hermoso, no es nada malo, chiquillo. Se llama libertad”. Esto lo dice la Virgen. Respuesta de Pedrito: “Eso lo dice usted porque está buena”.

Las monjitas… Ayyy las monjitas: “Había diez monjas en aquel sótano, el mismo número que el de platos en el comedor. Era una habitación grande, con una mesa de billar, un par de sofás y una mesa en la que había tres botellas de coñac vacías y otras tres llenas, además del tocadiscos”.  Lo demás lo dejo a su imaginación, aunque es mejor que lean a Rafael Reig.

No pasa desapercibida la manía de Pedrito - ¿Reig? – hacia los existencialistas, mencionados en varias ocasiones: “A mí el miedo a los hippies se me pasó con los años, aunque nunca he llegado a convencerme de que sean tan inofensivos como se cree. Ahora quizá me parecen más peligrosos – y mucho más pelmazos – los existencialistas”.

La suerte de Ochoa cambiará cuando sus abuelos se hacen cargo de él. La realidad no es la que conocía, la del hospicio, pero sigue siendo cruel. Se topa con las clases sociales y sus barreras que solo puede franquear el dinero, así lo cree Pedrito. De ahí su objetivo de ser rico a toda costa.

Las amistades de la infancia no se olvidan. Siendo adulto se producen reencuentros. Él es el único que logró abrirse camino, los demás se quedaron en el pozo. Bueno, eso no es del todo verdad.

Pedro Ochoa narra en primera persona y con ello da una visión de sí mismo que induce a la comprensión y la pena. Ya, ya. ¿Con otro tipo de vida habría sido todo diferente? Probablemente. ¿Tendrían razón las monjas y todos eran carne de presidio? ¿Ellas los convirtieron en lo que llegaron a ser? Puedo seguir haciéndome preguntas pero cómo no voy a responder a ninguna les recomiendo que lean el libro. Que sí, me gustó.

Búsquenlo en su biblioteca pública o librería preferida.

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8 jul. 2018

No hacia falta tanto en La desaparición de Stephanie Mailer


Veinte años de por medio. Siete muertes. Treinta personajes principales. Un error policial. Una nueva investigación. Situaciones absurdas. Confusión inicial para mantener el suspense. Personajes dispersos que se van uniendo a la trama. Alternancia entre pasado y presente. Cambios de narrador. Varias historias para enganchar al lector. Eso es La desaparición de Stephanie Mailer, el último libro de Joël Dicker, traducido por María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. Un best seller en toda regla.

650 páginas para resolver un error  policial del pasado que según se avanza en las nuevas indagaciones se comprueba que fue una chapuza. Nada resulta novedoso en la historia ni en la forma de contarla. Hay situaciones poco creíbles. Me parece un poco infantil. Todo trillado.

Se venderá como churros, seguro, y será uno de los éxitos del año. Pues vale.

Oigan, se lee de un tirón. No requiere ningún esfuerzo y es preferible a ver la tele. Ese montón de páginas no cansan. Al parecer, y según leí por algún lado, Dicker tuvo la intención inicial de doblar el número de páginas y sus editores le frenaron. Pura mercadotecnia.

Joël Dicker va embalado. Este joven suizo, nacido en 1985, le ha cogido el tranquillo a esto escribir superventas. Por cierto, es hijo de una bibliotecaria. Bueno, vale, su padre es profesor de francés.

Hay un proceso de fabricación de grandes éxitos que al final reduce estos libros a otra franquicia más. En vez de Joël Dicker lo podría firmar cualquier otro fabricante de libros. No encuentro nada que lo diferencie, que lo personalice, de otros muchos autores.

Maldita sea, ya podía yo escribir uno de esos.

Durante tres días se engancharán a él, luego se evaporará. No me dejó ninguna huella. Cumplió su función. Ahora a otra cosa mariposa.

Ni caso. No me hagan ni puñetero caso. Lo venderán como el libro de estas vacaciones. No se lo deben perder. Un éxito internacional. Una obra maestra. Una historia que les atrapará. Una novela… Todo eso y más.

Lo tendrán en su biblioteca pública o librería preferida. Léanlo y ya verán como yo estoy equivocado, o no.

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3 jul. 2018

La magia del Carbayón de Valentín

Publicado en La Nueva España el 3 de julio de 2018

Quién sabe, tal vez a los pies del Carbayón de Valentín se inhumaron los restos de algún antiguo morador de esas tierras. A su sombra, tal vez, se reunieron los lugareños para hablar de sus cosas, incluso se dilucidaron disputas, se bendijeron uniones o separaciones. Habrá sido testigo de amores eternos o fugaces. Quién sabe, tal vez.
Sus raíces guardan en lo profundo de la tierra esos secretos.

Otean el horizonte sus poderosos brazos y contemplan el ritmo cansino de las vacas paciendo. Tal vez, quién sabe, el carbayón nos observa y vea con tristeza como discurre nuestra vida y se preguntará… ¡yo qué sé!

La soledad es su vida. Ya no es el centro de su pequeño mundo. Es una reliquia en la que de vez en cuando se pierde algún curioso. Se acercan a él con intención de abrazarlo. Vano intento. Harían falta muchas manos unidas para conseguirlo y estos no son tiempos de muchos vínculos y menos aún de abrazos. El carbayón es tan inabarcable para un hombre como la historia que contempló.

Atesora una larga vida. El tiempo ha retorcido y plagado de excrecencias su tronco como la artrosis en los viejos cuerpos. Ahí sigue. Las ramas buscan el cielo y las raíces lo fijan con firmeza. No se rinde. Se aferra a la vida.

A su vera hay una pequeña capilla. Ya se sabe la tendencia del cristianismo por asimilar lugares de culto pagano. Quién sabe sí algún aspirante a druida realizó conjuros estériles a su cobijo. La conjunción de carbayu y ermita es fruto de la Historia, y esa es inamovible.


Voy a visitarlo cada cierto tiempo. De vez en cuando un coche o un tractor perturba el silencio. Una esquila marca un ritmo monótono. Dejo transcurrir el tiempo. Me escucho. A veces no me gusta lo que me digo.

El Carbayón de Valentín se encuentra en el Concejo de Tineo. Antes de entrar en el pueblo de Gera, dirección Tineo-Pola de Allande,  una desviación a la derecha les indicará la ruta.

Un oxidado cartel les informará que su antigüedad supera los 500 años y que ya se citaba en documentos anteriores al descubrimiento de América, sin más detalles. Fue declarado Monumento Natural por Decreto del Principado de Asturias 73/1995, de 27 de abril. El perímetro del tronco es de 10,25 metros, la altura 9 metros y el diámetro de la copa 16 metros. El árbol tendrá ahora unas dimensiones algo mayores, no creo que  haya encogido ¿o sí?

El carbayón se merece una visita. Eso sí, por favor, respeten el entorno y si les apetece denle un abrazo.

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30 jun. 2018

África, la vida desnuda una hostia en la cara


El periodista Alberto Rojas nos da una hostia en la cara con África, la vida desnuda. Rojas trabaja para El Mundo y ha viajado a África unas veinte veces, y no de vacaciones.

Realiza un recorrido por Níger, Sudán del Sur, la República Democrática del Congo, Ruanda, Guinea, Liberia, Costa de Marfil, Somalia, Monte Gurugú (Marruecos), Lago Chad y República Centroafricana. Es un recorrido de guerra, muerte, enfermedades, hambre, violaciones, fanatismo. Y siempre con un denominador común: la guerra como negocio.

No son crónicas periodísticas al uso, el reportero toma parte activa y sus pensamientos, sus sentimientos, los hace visibles. Los artículos dan una visión del país y del conflicto de turno, pero además, y sobre todo, se centra en las personas que sobreviven en esas situaciones dramáticas. Alberto Rojas nos pone frente a la muerte, la vida es casi un milagro en esos países.

El autor no esconde sus miedos. Miedo a que le peguen un tiro, miedo a que le secuestren, miedo al ébola. ¡Cómo para no tenerlo! En Guinea Rojas fue capaz de entrar en una sala donde había muertos por ébola: “Mentiría si dijera que no se pasa miedo”.

En todo momento busca los restos de humanidad en las situaciones más terribles. Siempre los encuentra, aunque la muerte acabe arrastrándolos casi siempre.

Mujeres violadas, niños que se mueren de hambre… pero todos tienen un nombre, una cara y Alberto Rojas los ha mirado de frente. No pretende, no puede, salvarles, solo quiere acercarse a ellos y luego contar sus historias. A través de estos retazos de vida desgarradas y destrozadas nos muestra la faceta más terrible de los seres humanos. No debemos olvidar que a África la han convertido en lo que es por una sola razón: el dinero.

Nosotros, desde la comodidad de nuestra plácida existencia, tenemos tiempo para discutir sobre banderas, naciones, hipotéticos agravios y gilipolleces similares. Sin vergüenza alguna hay quienes despotrican como energúmenos contra esas mujeres y hombres que llegan a nuestras costas. Les recomendaría que tuviesen los cojones u ovarios de leerlo y luego seguir diciendo las barbaridades que dicen. Mejor aún, que acompañen a una ONG y se den una vuelta por esos países. Si no lo hacen tengan la decencia de callarse y no despreciar a esos seres humanos.

Alberto Rojas reconoce la imprescindible labor que realizan las oenegés. Gentes como los que integran Médicos Sin Fronteras, y otras muchas, están en primera línea y ponen su vida en riesgo de muerte todos los días. Estas personas nos lavan la cara, si eso es posible, a los que nunca haremos algo así.

África, la vida desnuda no se convertirá en un gran éxito editorial pero yo les recomiendo que lo lean. Gracias a Alberto Rojas por mostrarnos la parte humana de ese mundo inhumano.

Es necesario que la xenofobia y el racismo no siga avanzando. Leer este libro no cambiará el mundo pero igual alguien se replantea sus opiniones. Si es así el esfuerzo de Alberto Rojas habrá valido la pena.

Lo podrán encontrar en su biblioteca pública o librería preferida.


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