16 jul. 2012

Tranquilidad playera




¡Por fin!: sol y playa. Tranquilidad. El sol aprieta desde primera hora de la mañana. Toallas, sillas, sombrilla, lecturas, agua y cerveza. Todo listo. El peregrinaje hasta la playa se convierte en una diaria trashumancia. La elección del sitio donde asentar el campamento no es cuestión baladí. Es más, llega a provocar alguna que otra discusión.

Y como todo llega, acabamos instalándonos. Es temprano y abundan los claros. Sentado majestuosamente, aunque más bien parece que estoy tirado, a las cuatro páginas, entre el calorcito y el arrullo del mar, los párpados se me ponen pesados. Cierro los ojos y me dejo llevar. La mente inicia su andadura solitaria. Todo es paz, sosiego.
-¡Pepe! ¡onde vas! ¿Para qué quieres ir más lejos?
- María, Juan ¡no es metáis en el agua que no habéis hecho la digestión!
Si llegan a medir los decibelios la meten presa.

Abrí los ojos y estamos cercados. Sillas, sombrillas, toallas, cubos, paletas, bolsas, flotadores y un variado surtido de utensilios playeros han convertido nuestro remanso de paz en un castillo cercado. De pronto el mar deja de oírse. Solo percibo voces, risas, lloros, chillidos que taladran los tímpanos.

El oído va bien servido y el olfato no se queda a la zaga. Fragancias dulzonas desbordan la pituitaria. Gracias a los bronceadores somos capaces de soportar las emanaciones de los cuerpos sudorosos que nos acosan. El olor llega a ser tan intenso que cuando te das cuenta ya estas paladeando los efluvios de Nivea, Delial o Loreal.

Las gafas de sol ocultan la dirección a la que se encaminan mis ojos. No hay duda, somos un país de gordos, perdón, de obesos. Los michelines nos sitúan, a pesar de Bankia y compañía, entre los privilegiados de este mundo. De vez en cuando un cuerpo escultural se moja los pies y entonces todas las gafas, no solo las mías, convergen en su dirección. Cochina envidia.

Hay momentos en los que el batiburrillo de charlas, subidas de tono, gritos, lloros, blasfemias y demás repertorio de nuestro rico lenguaje hacen que nuestro rincón playero se convierta en una Babel ruidosa e incomprensible.
Vuelvo a cerrar los ojos y me digo: ¡bendita tranquilidad!

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Tranquilidad playera por M. Santiago Pérez Fernández se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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