2 abr. 2017

La mujer de papel o el prescriptor de libros


Un libro puede ser una gran aventura o no. Un libro puede emocionarme o no. Un libro puede gustarme o no. Pues menuda gilipollez. Cierto… o no.

Mis gustos o preferencias son las que son y en esto de la literatura intento ir ampliando horizontes. Autores que para unos son conocidos a mí me resultan un descubrimiento, lo cual no quiere decir que siempre sea afortunado.

Uno de mis últimos hallazgos fue Rabih Alameddine, jordano de nacimiento,  que adquirió la nacionalidad libanesa. Creció entre Kuwait y Líbano y a los diecisiete años se fue para Inglaterra, con posterioridad se trasladó a Estados Unidos, a California. Al parecer ahora se mueve entre Beirut y California.

La mujer de papel fue publicada en 2012. En diciembre de 2016 se reedita ya que fue finalista del National Book Award en 2013 – uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos - y ganó el Prix Femina 2016 a la mejor novela extranjera. Total que tiene que ser una buena novela… o no.

Yo no sé si es buena o no. Gentes con muchos conocimientos lo podrían decir, yo solo opino desde las sensaciones que me provocan los libros, en este caso La mujer de papel. Pues que quieren que les diga, me resultó frío. No me emocionó. Podrá estar muy bien escrito – no soy quien para valorarlo – pero le falta algo. Me pareció muy mecánico.

Otra vez caí y revisé las opiniones de “críticos”. Más de lo mismo. La mayoría sueltan el mismo rollo que les vendió la editorial. Es más, dudo que muchos lean los libros. Tienen montado su negocio en esto de la “crítica literaria” y el resultado es el que es. Pues bien, ellos nos cuentan y luego les hacemos caso o no. Otro tanto hago yo, eso sí, mucho peor que ellos, desde luego. Para estos “críticos” La mujer de papel es un buen libro, un gran libro. Conclusión: yo estoy equivocado, no supe apreciar sus bondades.

Hablando de críticos, me sigo reafirmando en que Francisco García Pérez sí que es un crítico literario, un gran crítico - irónico y socarrón -.

Joder, parece que me estoy justificando. Pues no. Una pequeña digresión.

La anciana traductora de La mujer de papel no me motiva. Da igual todas las menciones que hace de libros y autores. Da igual que me cuente sus preferencias musicales, todas muy eruditas. No me emociona.

Tampoco me produce cosquillas en el estómago sus referencias a los conflictos libaneses, palestino-israelíes. Nada, no hay forma. Es que no me puso ni siquiera cuando Aaliya sostiene un AK-47 para defenderse. ¿Era un AK-47? Creo que sí.

Ni su pobre vida, en sentido literal, pero eso sí pletórica de libros – ya lo dije - me conmueve, ni sus traducciones ni su… No lo cuento. Ya saben, el que quiera conocer la historia tiene que leerlo. Nada. Me quedo frío. La guerra contada aquí no me enerva. Lo siento, pero no.

No es la única vez que Alameddine se pone en la piel de una mujer. En Yo, la divina también lo hizo. Pues vale. Como recurso no digo yo que no esté bien, aunque habría que preguntarse ¿lo logró? Dicen que sí. Pues eso.

Tiene más de estadounidense que de libanés. ¿Y cómo lo sé? Pues… No conozco a ningún libanés pero sí sé como son los americanos, aunque sea por las películas. El rigor ante todo.

Alameddine ¿vivió las guerras del Líbano? Si lo hizo se quedó muy corto. Las guerras provocan en quienes las vivieron unas imágenes tensas, fuertes. Aquí no las encontré.

Aaliya cuenta su historia en primera persona ¿es verosímil? Se supone que sí, le dieron el Prix Femina.

Tal vez si lo leo en otra ocasión lo vea de manera diferente. ¿Lo haré? Pues…o no.

No me hagan caso. Pasen por una biblioteca pública o su librería preferida y léanlo. Comprobarán que yo estoy equivocado.

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