11 sept 2020

Mongo Blanco, la historia de un negrero contada por él mismo


  El nombre de Pedro Blanco no les dirá, seguramente, nada. Sí además les digo que fue uno de los mayores negreros del mundo probablemente tampoco les aclare demasiado.
  Pedro Blanco Fernández de Trava nació en Málaga y llegó a convertirse en uno de los mayores negreros del siglo XIX. Fue conocido como el Mongo Blanco o el Mongo de las Gallinas -Las Gallinas es el actual río Moa que desemboca en Sulima, Sierra Leona-.
  Desde esa zona de África arrastró a negros bozales hasta América, fundamentalmente Cuba. En la isla caribeña llegó a ser propietario de ingenios azucareros entre otros muchos negocios. Llegó a ser muy rico. La trata de negros era el gran pelotazo del momento.
  No solo se enriquecieron los negreros. Nobles, eclesiásticos, empresarios, gentes con algunos ahorrillos invirtieron en la trata. Tampoco las casas reales le hicieron ascos. En el caso de España, la reina consorte y posteriormente regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias dedicó grandes sumas de dinero a ese inhumano comercio. Por cierto, no tuvo problemas en apropiarse de dinero público para ese fin y también para  sus gastillos.
  Las otras monarquías europeas tampoco tuvieron reparos. El ejemplo más brutal fue el de Leopoldo II, rey belga, único propietario del Congo desde 1885 a 1908. Su crueldad no tuvo límites. Los historiadores hablan de que fue responsable de la muerte de entre dos y quince millones de personas en aquellas tierras. Aunque fuese la más baja sería terrorífico.
  Bueno, sobre la esclavitud tienen mucho y bueno escrito a su disposición. Mi intención es darles unas pinceladas sobre Mongo Blanco, libro escrito por Carlos Bardem.
  La novela está plagada de personajes y acontecimientos reales, no todas las denominadas novelas históricas lo están. Lo habitual, tratándose de historias sobre la esclavitud, es que el punto de vista sea el del esclavo, en esta ocasión Bardem hace lo contrario, nos pone ante la visión del negrero.
  El protagonista Pedro Blanco, el Mongo Blanco, al final de su vida está internado en un manicomio y en las conversaciones que tiene con su médico, Alberto Castells, va desgranando su vida. Dos concepciones del mundo contrapuestas. Por un lado el despiadado realismo del negrero y la humanista del médico. A lo largo de 615 páginas se van desgranando los entresijos del negocio de la trata. Muerte, guerras, hipocresía, violaciones y sexo en todas sus variantes y dinero, mucho dinero recorren la historia de Mongo Blanco.
  Descubriremos la ciudad de Málaga en la época de la ocupación francesa, navegaremos por los mares hasta llegar a tierras americanas y africanas y visitaremos aquella Cuba de la explotación. En aquella época los esclavos eran una mercancía más. Se les podía cambiar por un mueble o asesinar por diversión o maldad. Los ingenios azucareros cubanos abastecían al mundo y eran un tragadero constante de mano de obra esclava. En aquellos tiempos se fraguaron con sangre esclava muchas de las grandes riquezas de España. Catalanes y vascos repatriaron los enormes capitales así conseguidos en la perla del Caribe y los invirtieron en la industria de esos territorios. La industrialización vasca y catalana es producto del lavado de cara que quisieron darse esos antiguos negreros, que no traficaban directamente pero sí financiaban. Algunos consiguieron títulos nobiliarios que aún hoy perviven y sus herederos  exhiben muy ufanos.
  Pedro Blanco aparece como un hombre ilustrado. Ideas claras y bien expuestas hacen titubear en más de una ocasión al cándido del doctor. En ocasiones realiza interpretaciones sociales que bien pudieran identificarse con las socialistas. Vean: “El oro y la sangre corren por igual en venas e iglesias. Y siempre los siervos agradecen con oro a los dioses de los hombres que los subyugan, rezando para poder liberarse y ser ellos amos de otros con menos suerte. Para eso rezan y estofan con oro los muros de las iglesias de un dios blanco” (página 15).
  Su total falta de empatía esconde a un monstruo que sabe defender muy bien su causa, tanto que incluso hace olvidar, por un momento, quien es realmente: “No, yo no he admirado a hombres de ningún color sobre los de otro. Los he detestado a todos por igual. Solo he querido a individuos, mi humanidad nunca fue más allá de las personas que quise. ¿Humanidad? Solo otra de esas grandes palabras que nada significan y son coartadas para los mayores crímenes, como patria y Dios” (página 27). En esta misma línea: “Sé tantas cosas de Su Majestad la Gran Zorra Isabel II, de su intrigante madre, de los manejos del dictador Narváez con los británicos, de su traición para regalarles nuestras posesiones africanas” (página 64). No estaba errado Pedro Blanco.
  Bardem es licenciado en Historia y se nota, como también se nota en las disertaciones del Mongo Blanco, por ejemplo cuando habla de la creación de las Juntas territoriales en la etapa de la invasión francesa: “Pronto se crearon Juntas en cada región, en cada ciudad, pero casi más por terror a los desórdenes, al pueblo, que a las tropas de Napoleón. El levantamiento patriótico trajo tumultos que, por muy contra los franceses que se dijera, también olían a revolución contra riqueza y privilegios. A una revuelta de los pobres para asesinar por igual a ricos y franceses” (página 91).
  Pedro Blanco acepta lo que es: “Yo fui monstruo, sí, un hijo excesivo de mi tiempo” (página 95).
Cada uno de los capítulos en que está dividido el libro tiene como introducción los artículos de El reglamento de esclavos de Cuba expedido el 14 de noviembre de 1842, siendo Gobernador y Capitán General de Cuba Gerónimo Valdés. Ese reglamento contenía un total de 48 artículos.
  La esclavitud ha estado presente en la historia de la humanidad. Cambiaron las formas y otros modelos de esclavitud más sutiles se impusieron. Llegó el colonialismo puro y duro y más tarde la explotación económica que son hijos de aquel “próspero negocio”.
  Eso sí, siempre hemos encontrado justificaciones y disculpas. El Mongo Blanco también lo tenía claro: “Si los ingleses se dedicaron a perseguir la trata tras abandonarla fue solamente para que nadie más se hiciera con tal lucrativo negocio, no os engañéis. Hicieron de la necesidad virtud y lo vendieron muy bien. Los británicos abandonaron la trata directa, sí, dejaron que los demás nos manchásemos las manos de sangre mientras ellos se las manchaban con la tinta de contabilidades y asientos” (página 272).
  Carlos Bardem se lo curró. Comprobando la veracidad histórica de algunas personas y hechos llegué a ojear una tesis doctoral en la que aparece Pedro Blanco. Esa tesis está escrita por Dolores García Cantús y se titula Fernando Poo una aventura colonial española en el África Occidental (1778-1900), disponible de forma gratuita en Internet.
  Les recomiendo la lectura de Mongo Blanco. Carlos Bardem tiene arte para la escritura, es entretenido y aporta información histórica. Por cierto, el final es… Lo tendrán que leer.


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