Miro hacia atrás y veo un largo camino, hacia
adelante ya es una incógnita. Sin darme cuenta sobrepasé la edad en la que mi
padre murió.
Hoy los más mayores dirán que soy joven, para
el resto, a no ser que seamos quintos – los milenial y generación alfa ir al
diccionario – dirán que soy mayor tirando a viejo.
La verdad es que no soy capaz de incluirme en
una categoría. Si pienso en la edad cronológica soy talludito. Si pienso en la
mental en ocasiones parezco un crío y en otras un viejo viejo. Por cierto,
viejo es una palabra desterrada para referirse a uno mismo y son pocos los que
la utilizan. Físicamente, por mucho que me empeñe, no me puedo engañar, el
armazón está jodido.
Da igual las vueltas que le de, tengo los
años que tengo y ya está. ¿Tiene cosas buenas? Además de más experiencias, se
supone, en demasiados casos es mucho suponer, adquirimos sabiduria. Pues no sé,
viendo y escuchando a algunos no me lo acabo de creer. En el terreno personal
puedo afirmar que tengo más experiencia, faltaría más, como todos. Lo de
sabiduria quiero creer que si, pero no soy muy objetivo.
Puedo poner en la balanza positiva que el
tiempo me ha permitido leer más y… La verdad es que no se me ocurre nada que no
sean común a todos los mortales.
Hay algo que me pone en la edad que me
corresponde, los recuerdos. Me asaltan hechos, circunstancias sin venir a
cuento. Aparecen de pronto y ahí se quedan. Los que más resqueman tardan un
tiempo en irse. Los arrincono, pero los puñeteros vuelven.
¿Muchos remordimientos? Pues… No maté, no
robé, ¿es suficiente? No. Hay comportamientos, frases, actitudes en las que
seguro que hice daño, algunas sin querer, otras queriendo. De estas últimas no
me arrepiento, para qué les voy a engañar.
¿Me han herido? Si. En algunas ocasiones no
fue nada premeditado, otras no las olvido por su maldad.
Es curioso como funciona la cabeza. Está
estudiado, pero no por ello, tal vez por desconocimiento personal, deja de
sorprenderme. Cuestiones puntuales las rememoro sin venir a cuento, o eso creo.
Se manifiestan con nitidez aunque tengan mucha solera. Algunas duelen, vuelven
a doler, y la noche no ayuda a disolver ese rescoldo de dolor.
Luego están esas evocaciones placenteras que
nos empeñamos en recrear una y otra vez. No siempre es posible. Por muchas
ganas que ponga en el intento se escabullen como agua entre las manos.
Personas, viajes, libros llenan esos momentos de algo parecido a la felicidad,
que a saber que es. Viajes y libros no decepcionan, no puedo decir lo mismo de
las personas. Eso mismo pueden decir de mí.
Son personas las que dejan un mal sabor de
boca que nunca termina. Son mala gente. Las hay, vaya que las hay, y para mí
desgracia conozco a algunas. Con ellas lo peor es haber confiado en ellas
alguna vez, o muchas, y en un momento concreto demuestran lo hijos de perra que
son. ¿He sido uno de ellos? Según a quien se lo pregunten. Hay quienes me odian
por cuestiones políticas, mis opiniones públicas les molestan. ¿Me recordarán
alguna vez? No, no pierden el tiempo. Se lo agradezco.
Los recuerdos forman parte de lo que somos,
pero ¿nos dejan dormir? No siempre. No debemos recrearnos en ese dolor
enfermizo que provoca, por ejemplo, ese amor perdido que nunca nos
correspondió.
Si la cosa va bien tendré oportunidades de
volver a cagarla, arrepentirme y rememorar mis meteduras de pata.
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