La Guerra Civil
española sigue estando presente en vida política del país. Hablar de ella es
abrir una puerta por la que entran las pasiones enfrentadas y desenfrenadas.
Hay quienes afirman que lo sucedido el 18 de julio de 1936 fue un acto de
patriotismo para salvar a España del gobierno de la República. Esta es, desde luego, una opinión
política alejada de la realidad. Lo sucedido en ese día fue un golpe de Estado
contra un gobierno legítimo que estaba sacando adelante algunas de las leyes
más progresistas del momento. Asimismo, se estaban llevando a la práctica unas
reformas estructurales que los sectores más conservadores de la sociedad
española no estaban dispuestos a aceptar ya que eso supondría la perdida de
unos privilegios que consideraban sagrados. La bibliografía sobre la Guerra
Civil española es enorme, varios miles de títulos, hay quienes hablan de cerca de cincuenta mil libros. Son ensayos
políticos, militares, pero también novelas, memorias…
Sigue siendo un tema
muy atractivo que desde hace años está sometido a un revisionismo histórico. Se
trata de una corriente política, que no histórica. Intentan blanquear el golpe
de estado y quieren equiparar las responsabilidades entre ambos bandos. Cuando
se habla de lucha fratricida, que la República estaba destruyendo España, que
en los dos lados se cometieron barbaridades,
etc. etc. están intentando justificar el golpe y luego la sangrienta
dictadura franquista. Eso es manipulación y no Historia.
La mayoría de los
que la padecieron ya no están con nosotros para relatarnos sus vivencias en
aquellos terribles días. Esa guerra, y
la posterior represión, hicieron que durante cuarenta años no se hablara de lo
sucedido, solo tenían voz los ganadores. Con la llegada de la democracia muchos
de los participantes en ella no quisieron recordar lo que les pasó, ni siquiera
en familia. Eso es lo que le pasó a Julio Llamazares y que nos narra en El
viaje de mi padre, su última novela.
Su padre, Nemesio
Alonso, se presentó voluntario para guerrear en el bando de los golpistas. «Fue
a la guerra como voluntario, sí, porque, si no habría ido a infantería, a ser
carne de cañón» eso afirmó Julio Llamazares. No tengo información para decir lo
contrario. Al tiempo que Nemesio lo hizo su amigo,
Saturnino Díez, que le acompañó en ese trance y después a lo largo de su vida.
Llamazares se lamenta de no haber preguntado más a su padre y de no escucharle
cuando le contaba alguna cosa. Tras su muerte será Saturnino quien le relate
algunas de las vicisitudes que sufrieron, aunque el paso de los años borró
algunos recuerdos.
Los nuevos reclutas
fueron asignados al cuerpo de radiotelegrafistas, algo tendría que ver el
presentarse voluntarios, imagino. Fueron destinados al frente de Teruel, a
donde los trasladaron por tren desde León. Llamazares quiere hacer el mismo
recorrido que realizó su padre para ir al frente, pero lo hace en coche. Parte
de la red ferroviaria quedó fuera de uso hace años.
El territorio que
recorrió el autor cambió mucho desde que lo hizo su padre, que fue la primera
vez que viajaba. En la década de los treinta del siglo pasado los pueblos de
ese trayecto estaban habitados por un número importante de vecinos. La guerra y
el posterior éxodo hacia las ciudades, a partir de finales de los años
cincuenta, despoblaron ese inmenso territorio, que hoy incluimos en eso que
llamamos la España vaciada. Hay otra diferencia notable, la climatología.
Aquellos fríos inviernos, que helaban hasta los huesos, ya no son tan duros.
Inició el viaje en enero de 2024. Salió desde las montañas leonesas hasta el
Mediterráneo. Lo hizo de dos veces, una en invierno y otra en verano con el fin
de sentir los rigores climáticos que sufrieron su padre y su amigo Saturnino.
No fue lo mismo.
La batalla de
Teruel, en la que participaron ambos amigos, fue una de las más duras de la
guerra. La intensidad del frío hizo que la ya de por sí dureza de la batalla
fuese más agónica.
El viaje de mi
padre es más que una novela sobre la Guerra Civil y las posibles vivencias
del padre y su amigo en ella. Es un recorrido por un territorio despoblado en
el cual la esperanza para seguir habitándolo cada día se reduce un poco más. A
lo largo del texto se producen encuentros del autor con alguno de los escasos
moradores de esos pueblos que ahondan en el sentimiento de abandono y en el que
el recuerdo de la guerra pervive en los mayores. Cuando ellos se vayan no
quedarán recuerdos ni personas. Como dice Julio Llamazares es un territorio «al
que le sobran recuerdos y le falta presente».
Quiero terminar con
un párrafo del autor que recoge un pensamiento con el cual me identifico:
«Cuesta pensar que en estos parajes ahora desiertos miles de hombres
combatieran y murieran en un tiempo en el que la sinrazón se impuso en un país
envenenado por el odio, como ahora vuelve a estarlo poco a poco por el empeño
de unos españoles a los que se les ha olvidado, parece, nuestra historia
reciente, tan reciente que la vivieron y la sufrieron nuestras familias, con
nuestros padres y abuelos como protagonistas» (pág. 308).
El viaje de mi
padre es una novela de viajes con mucho más que la descripción de unos
paisajes y acontecimientos. Se lee muy bien y da que pensar. Se la recomiendo.
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