31 ago. 2011

El gamba, el huevos y otros especímenes de bufet hotelero



En un bufet hotelero se puede observar uno de los más viejos instintos humanos: el ansia por comer. ¿No me creen? Por favor, la próxima vez que se encuentren en un hotel, sentados en su mesa, no se apresuren y observen.

No sé lo que el resto de los mortales comerá en su casa, pero es llegar al bufet y todo les parece poco. No importa el número de carnes, pescados, fritos, quesos, panes, frutas, helados, dulces, salsas… hay a quienes todo les parece poco.
Nada de dar un paseo, observar la comida disponible y luego elegir. Faltaría más. Directamente a cargar los platos. Una tras otra se pasan por cada una de las bandejas sirviéndose de todo, pero no un poco, de eso nada. Palada tras palada desbordan el plato de una pastramada de comida que casi produce nauseas. Cada plato es una orgía de sabores, colores y especies vegetales y animales. La explicación es bien fácil: “para eso lo he pagado” Esa frase justifica que casi igual que han llegado los platos a la mesa sean recogidos por los camareros. A estas gentes se les olvida aquello de se llena antes el papu que el ojo.

Esa es la tónica, pero hay matices. No es raro encontrar a un ejemplar muy común: el gamba. Yo he visto como un hombre, entrado en años, el día que se topaba con gambas daba literalmente saltos de alegría. Este buen señor, de por sí ya colorado, a cada gamba que engullía se tornaba un poco más rojizo. No les hablo de que se comiera una docenita, nada de eso. El primer plato parecía imposible que llegase a la mesa. La pila era tan enorme que a su paso los comensales volvían la cabeza para ver como se sembraba el suelo de gambas. Pues nada, ni una se le cayó. Al segundo plato la curiosidad no disminuyó. Equilibrio total. El hombre ya estaba a estas alturas sonrosado como un cerdo, a la par que sudoroso. Bueno, esto último también era producto del vino que se trasegaba. Cada vez que su “santa” repostaba, lo hacía muy bien también pero no era gambícola, él se echaba entre pecho y espalda un buen vaso de vino. Al tercer viaje, el comedor pasó del tragambas.

Otro, iba a decir rara avis, pero mejor no lo digo ya que mentiría, es el huevos.
He contemplado, y es real como la vida misma, como un mozalbete, veintipocos años, tras servirse ocho o diez huevos cocidos los fue desechando ya que estaban poco cocidos. Cada vez que cascaba uno y comprobaba que al igual que el anterior no estaba a su gusto, por su boca salían toda clase de improperios. No contento con la escabechina, se fue a por más con el mismo resultado.
El gilipollas, no se merece otro calificativo, no se enteró del cartelito que ponía que la cocción de esos huevos era de cinco minutos, a su lado había otra bandeja que ponía diez minutos. Eso sí, la culpa del cocinero.

Pero no se preocupen, estos que eran del hogar patrio no desmerecen a los guiris ingleses o alemanes. Esas moles, sobre todo las germánicas, asustan ya por las mañanas. Ingredientes del plato: fabines esmirriaes, bacón –la panceta ahumada, que suena mejor- huevos, salchichas, quesos, jamón cocido, más panceta y salsas imposibles, todo ello animado por cava, si lo hay. Eso de aperitivo. Zumos, cinco o seis, cafés y bollería varia, dos platos. Para empujar todo este condumio es necesario un plato grande repleto de panes.
¡Ah! sí los camareros están un poco despistado distraen algún tentempié para media mañana.

Otra de las especies, que no puede faltar en todo bufet que se precie, es el de la mamá que plato en ristre persigue a su retoño por los pasillos para que desayune o cene. Da gusto ver el ejercicio que realizan. Eso sí, después hay que tener cuidado de no pisar un trozo de pollo o patata que inexplicablemente saltó del plato de esa madretrotapasillos.

Las cenas tienen su encanto. Suele ser obligado el pantalón largo para los hombres y evidentemente son muchos quienes lo incumplen. Chancletas playeras y pantalón corto por doquier. Hay quien no duda, qué para eso están de vacaciones, en llevar camiseta de tirantes. En eso no hay diferencias en cuanto a la procedencia. El saltarse las normas une mucho a las gentes.
El caso de ellas es diferente. Las oriundas de Albión o Germania no dudan en embutirse en trajes súper ajustados y para mirarlas hay que ponerse las gafas de sol. ¡Qué brillos! ¡Qué colores! Para que se hagan una idea imaginen esos trajes de fin de año. Esos que se compran y se ponen una vez y luego se alojan en lo más recóndito del armario ya que producen vergüenza, pues de esos hablo. Estas benditas lo llevan con gracia, con elegancia y sobre todo sin pudor ni vergüenza. También están esas otras que no te explicas como han podido entrar en el vestido. ¡Dios! siempre me recuerdan a un chosco.

Lo dicho, un bufet es un buen lugar para observar a nuestra especie y comprobar que nuestros hábitos siguen siendo muy similares a los de hace muchos miles de años. En ocasiones al hotel le pueden sobrar estrellas pero a algunos clientes les faltan.

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