19 jul. 2013

Chunda-chunda, gente guapa y tatuajes



Me levanté de la hamaca con cuidado de no romperme. Inspiré con toda la gana del mundo. Hinché pecho. Di cuatro pasos y exhalé lo que llevaba dentro. Me desparramé.
Miré a mi alrededor y me daban ganas de echarme a llorar. ¡Qué cuerpos!

La grasa no brillaba, no la había. Músculos por todos los lados. Yo los miraba y me parecía que hasta tenían más de la cuenta. Muchos de esos bultos -frutos del sudor y del hambre- estaban tapados por tatuajes de todas las formas y colores. Menudos derroches de tinta. Cualquier parte del cuerpo era apta para llevar uno. Y digo bien: cualquiera.

Mientras me dirigía al agua no podía dejar de contemplarlos. No se equivoquen, son cuerpos para ser contemplados, no mirados. ¡Qué envidia!

Los muy puñeteros además no se están quietos, se exhiben a conciencia. Subí nuevamente el pecho. Peor el remedio que la enfermedad: se me infló el papo de forma grotesca.

Sobre las toallas o encima de las hamacas mucha silicona. No había duda ninguna. Esos pechos contravenían todas las leyes de la física. Daba igual arriba que abajo, de lado o dando brincos: apenas tenían vida y como mucho se apreciaba un ligero movimiento, eso sí, en bloque. Lo que logra ese polímero. Tampoco se libraban del “tátau”.

Y para más inri, todos guapos. ¡Qué mal repartidas están las cosas! Algunos tenemos tendencia a juntarlo todo debajo del pecho hasta lograr una forma “abotijada”. Las cosas son como son. De la beldad ya ni hablamos. De tan guapos, daban como repelús.

Tanta magnificencia esteticorporal  se acompasaba a la música de los chiringuitos. Intentó reconocerla y…no hay forma. Espero a la siguiente canción y no acaba de llegar. O enlazaban una con otra -y yo no me enteraba- o era siempre el mismo chunda-chunda. A mí me sonaba todo igual. Ellos en cambio entraban en trance.

Para encima estoy sordo. Ya saben aquello de a perro flaco...


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