5 feb. 2018

Mario Conde cumple 60 años


Mario Conde anda dándole vueltas a eso de cumplir años. Llega a los sesenta.

“Él sabía a la perfección que ser viejo – incluso sin llegar a ser un viejo de mierda – resulta una condición horripilante por todo lo que conlleva, pero, muy en especial, por arrastrar consigo una amenaza insobornable: la cercanía numérica y fisiológica de la muerte. Porque dos y dos son cuatro. O mejor: cuatro menos tres es uno…, solo uno, un cuarto de vida, Mario Conde”.

Vaya, ahora que lo pienso para sesenta me quedan…

Ya se han dado cuenta que hablo del Mario Conde expolicía y ahora comerciante, mejor dicho, buscador de libros en su amada La Habana. Para los más despistados Conde es el protagonista de unas cuantas novelas del cubano Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015).

Mario Conde es un buen tipo. Amigo de sus amigos, honrado, aspirante a escritor, fumador, bebedor de lo que puede y comedor de lo que pilla. Si destaca por algo es por la fidelidad que guarda a sus amigos, que es recíproca. Carlos, el Conejo y Yoyi integran el grupo más cercano a Conde, sin olvidar a Josefina (madre de Carlos) que de la nada les hace unos magníficos guisos. Tamara, siempre en segundo plano, pero sin la cual Mario Conde no viviría. Luego están los amigos que se fueron. Otro presente-ausente es su viejo jefe Antonio Rangel, que aún habiendo sufrido un derrame cerebral y haber perdido el habla es uno de los pilares sobre los que se apoya Conde.

¡Qué desastre! Llegué hasta aquí y todavía no he dicho ni una palabra de La Transparencia del Tiempo, el último libro de Padura.

El robo de una estatua de una virgen negra pondrá a investigar a Conde. Nunca está demás ganarse una pasta con trabajos extras. La cosa se complica cuando se cometen dos asesinatos.

Los prósperos, e ilegales, negocios del arte en Cuba sirven para mostrarnos una realidad que los turistas no vemos. La Habana esconde otros mundos: el de la miseria, el hambre o la corrupción a los más altos niveles. Conde se da con ellos de bruces, incluso descubre lugares sórdidos que hasta para él eran desconocidos.

No falta la opresión por la falta de libertad ni el anhelo por descubrir otro mundo, aunque sea el de Miami. Pero tras las duras críticas hay un gran amor por La Habana y sus gentes, por Cuba.

Las investigaciones del sexagenario Conde – espero que me perdone – se entremezclan con el recorrido de esa virgen negra robada. Los templarios, las guerras entre bigaires y buscaires, la Guerra Civil española e incluso los nacionalistas catalanes se introducen en la novela, logrando casi una historia aparte. “Las existencias de Antoni Barral, si en verdad las hubiera tenido en ese plano del acontecer físico e histórico que se conoce como realidad”, es el encargado de contarnos las peripecias de esa virgen.

Al intercalar las andanzas de Antoni Barral las investigaciones de Mario Conde quedan interrumpidas y eso me provocó cierta ansiedad. Y con ello no quiero decir que no resulten interesantes. Eso sí, en una ocasión tuve que volver atrás para retomar el hilo conductor.

Son 440 páginas que leí recordando La Habana que conocí al tiempo que recorrí otra desconocida para mí. Padura-Conde siempre me han deparado unos gratos momentos. Me caen bien.

Conde celebrará, le obligarán a celebrar, su sesenta cumpleaños… De momento los lleva bien. Come, bebe y hace el amor con ganas, aunque en alguna ocasión recurra al sildenafilo. Los temores van tomando su espacio, sobre todo el de la soledad.

Pues nada, lo mejor que puedo hacer es recomendarles que lo lean y así se forman su opinión. Lo tendrán en su biblioteca pública más cercana o en su librería preferida.

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