14 jul. 2018

Lo que sea Para morir iguales


Morir nos morimos todos. Me acabo de cubrir de gloria. Dicha la tontería, otra cosa es que no todos morimos iguales. La desigualdad ante la muerte existe, vaya que si existe. No me pongo trascendente. Para morir iguales es el título del último libro de Rafael Reig. Sin más dilación: me gustó. Por cierto, hay una canción del cantante y compositor mexicano José Alfredo Jiménez Sandoval que tiene ese mismo título. Cada uno de los capítulos del libro comienza con una frase de alguna de las canciones de ese compositor.

El protagonista, Pedrito Ochoa, es un hospiciano que se mata a pajas, ve a la Virgen y quiere hacerse rico.

La Transición es el telón de fondo. No es un libro de Historia. Con unas pinceladas por aquí y otras por allá nos ambienta a la perfección. Eso sí, los que vivimos esos años lo pillamos todo, los más jóvenes lo dudo. El libro puede ser una buena disculpa para que indaguen en esa etapa reciente de nuestra Historia.

Este aspecto me prestó (gustar en asturiano) mucho. Rafael Reig, repito, no necesita aportar un montón de datos para ponernos en situación. La “nueva” política, los cambios de chaqueta, la dictadura, la libertad, el 23 F,  los pelotazos económicos, el dinero negro, el tráfico de niños, la prostitución, la homosexualidad, las drogas, el SIDA… son fiel reflejo de lo que vivimos. Todo ello aderezado con humor, ironía y socarronería, tan del gusto de los asturianos.

Para morir iguales tiene muertes e investigaciones. No es una novela policíaca. Tampoco es una novela religiosa o sobre religión, aunque se aparezca la Virgen y las monjas estén muy presentes. Por cierto, lo de la Virgen es la virgen. Vean un ejemplo: “Qué fatiga, ¡pero qué fatiga! – se quejó con un resoplido -. Un cuerpo desnudo es hermoso, no es nada malo, chiquillo. Se llama libertad”. Esto lo dice la Virgen. Respuesta de Pedrito: “Eso lo dice usted porque está buena”.

Las monjitas… Ayyy las monjitas: “Había diez monjas en aquel sótano, el mismo número que el de platos en el comedor. Era una habitación grande, con una mesa de billar, un par de sofás y una mesa en la que había tres botellas de coñac vacías y otras tres llenas, además del tocadiscos”.  Lo demás lo dejo a su imaginación, aunque es mejor que lean a Rafael Reig.

No pasa desapercibida la manía de Pedrito - ¿Reig? – hacia los existencialistas, mencionados en varias ocasiones: “A mí el miedo a los hippies se me pasó con los años, aunque nunca he llegado a convencerme de que sean tan inofensivos como se cree. Ahora quizá me parecen más peligrosos – y mucho más pelmazos – los existencialistas”.

La suerte de Ochoa cambiará cuando sus abuelos se hacen cargo de él. La realidad no es la que conocía, la del hospicio, pero sigue siendo cruel. Se topa con las clases sociales y sus barreras que solo puede franquear el dinero, así lo cree Pedrito. De ahí su objetivo de ser rico a toda costa.

Las amistades de la infancia no se olvidan. Siendo adulto se producen reencuentros. Él es el único que logró abrirse camino, los demás se quedaron en el pozo. Bueno, eso no es del todo verdad.

Pedro Ochoa narra en primera persona y con ello da una visión de sí mismo que induce a la comprensión y la pena. Ya, ya. ¿Con otro tipo de vida habría sido todo diferente? Probablemente. ¿Tendrían razón las monjas y todos eran carne de presidio? ¿Ellas los convirtieron en lo que llegaron a ser? Puedo seguir haciéndome preguntas pero cómo no voy a responder a ninguna les recomiendo que lean el libro. Que sí, me gustó.

Búsquenlo en su biblioteca pública o librería preferida.

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Lo que sea Para morir iguales by Santiago Pérez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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