5 nov 2018

A flor de piel

Dicen por ahí que la sensibilidad es consustancial al ser humano. Cuentan también que los artistas tienen una dosis más elevada de sensibilitas que el resto de los mortales. Son ellos, los artistas, quienes con su agonía creadora nos deleitan y engrandecen nuestra humanidad.

Pues será verdad.

Desde luego hay gente que tiene la piel muy sensible, pero que muy sensible, demasiado. Y eso significa intransigencia. La intransigencia conduce al enfrentamiento. El enfrentamiento a la pérdida de sensibilidad. La insensibilidad a la deshumanización.

Hubo un tiempo en que se comprendían, o cuando menos se soportaban, las salidas de tono de los demás con mayor templanza. Sí, se lo aseguro, lo hubo. Hoy no hay templanza, ni sosiego ni leche que le dieron. A la primera de cambio se salta a la yugular del hipotético agresor. Un chiste, una canción, una fotografía, un lo que sea es capaz de desatar la agresividad contenida. Eso sí, apelan a su derecho a la libertad para intentar destruir a su “enemigo”. Ahí tienen a las redes sociales que se prestan a todo tipo de cruzadas, son unas magníficas herramientas propagadoras de fobias, odios y miserias.

Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor, hasta ahora.

Todo aquello que dividió a las personas, y que parecía desterrado, resurge con nuevos bríos. Los nacionalismos, las fronteras, las banderas, los dioses, las diferencias de opinión, de color o de procedencia de nuevo vuelven a ser la escusa para el enfrentamiento. No es algo que haya surgido por generación espontánea. La desmemoria y la falta de reflexión son el caldo perfecto para qué los más retrógrados cocinen la sociedad a su antojo.

No nos engañemos, vamos cuesta abajo, de culo y sin frenos.

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