El denominado «caso Noelia» ha puesto de
manifiesto que hay personas a las que no les importa el sufrimiento ajeno. Esto
me recuerda, salvando las distancias, a aquellos que se negaban a legalizar el
divorcio o el aborto y más tarde hicieron uso de ellos.
Para los más despistados les hago un pequeño
resumen.
Noelia Castillo estuvo esperando 601 días
para que le aplicasen la eutanasia, la muerte digna. La joven padecía dolores
constantes y sufrimiento psíquico. Su padre se opuso a que le aplicasen la
eutanasia y fue representado por Abogados Cristianos, la organización de
extrema derecha. Sus padres se habían separado cuanto tenía catorce años y
estuvo tutelada por la Generalitat de Cataluña. Las relaciones con su padre
fueron muy conflictivas. Sufrió varios ataques sexuales e intento suicidarse en
diversas ocasiones. En 2022 fue víctima de una violación múltiple e intentó
suicidarse tirándose desde un quinto piso, como resultado quedó parapléjica.
Abogados Cristianos dijeron que la
Generalitat de Cataluña y el Gobierno de España estaban empeñados en acabar con
la vida de Noelia, a pesar de que la decisión estaba acreditada por cuatro
tribunales médicos y de justicia. El Tribunal Supremo respaldó su derecho a la
eutanasia; el Tribunal Constitucional rechazó los recursos de última hora
presentados para paralizar el proceso. Hasta el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos se mostró favorable a la decisión de Noelia y, sin embargo, la
organización de extrema derecha siguió en sus trece.
Hubo opiniones de personajes mediáticos que
se sumaron, de una manera u otra, a lo dicho por esos abogados que de
cristianos no tienen nada. Así Cristina Pardo dijo que el «sistema ha fallado».
Juan del Val, al que le regalaron el último Premio Planeta, afirmó que «Teniendo 25 años y diagnosticados
algunos problemas mentales, la solución está en otro sitio». Se olvidó,
intencionadamente, que paso exámenes psiquiátricos. Estas declaraciones están
recogidas en el periódico El Español, dirigido por Pedro J. Ramírez, que ya
sabemos como se las gasta.
Otro que no se anduvo por las ramas fue
Carlos Herrera. Este en su línea bronca y manipuladora no demostró empatía
alguna. No es de extrañar, trabaja para la Iglesia que le paga un fortunón.
En las redes sociales, como siempre, se
rompieron todas las reglas de respeto, educación y empatía. Sentí vergüenza y
dolor al leer algunos comentarios.
Al «festival» de barbaridades no faltó la
Conferencia Episcopal quien puso de relieve, otra vez, su opinión que deja
claro que siguen viviendo en la Edad Media.
Todas la opiniones que leí y escuché
provenían de los sectores más conservadores, de las extremas derechas.
Esta triste historia hizo que rememorase un
caso verídico que nunca he
contado en público. No me lo contaron, lo viví en primera persona: la muerte de
mi padre. Se lo adelanto, no es tan
terrible como lo padecido por Noelia, pero tiene alguna similitud.
A mi padre le diagnosticaron, hace veintiocho
años, un cáncer en fase terminal. Fue de esos puñeteros que solo se manifiestan
cuando ya hay una metástasis brutal. Le dieron tres meses de vida. Lo
internaron en el Hospital de Cabueñes, en Gijón. Estuvo atendido por el doctor
Solano, no se sí aún sigue trabajando. La atención que dispensó a mi padre,
Eladio, fue profesionalmente perfecta, pero además mostró una empatía por lo
que le estaré eternamente agradecido. Enfermeras y auxiliares fueron muy
profesionales e incluso diría que cariñosas, lo cual se agradece.
El tiempo que pasó en el hospital el trato
fue inmejorable, pero llegó el último día y… El cuatro de enero, domingo, mi
padre se encontraba muy mal, le quedaba poco tiempo. Antes de dejar el
hospital, el lunes tenía que trabajar, hablé con las enfermeras y les pedí que
me avisaran sí en la noche se ponía peor. Nada sucedió. A primera hora de la
mañana me puse en contacto con el control de enfermería y me dijeron que mejor
que fuera, el tiempo se acababa. Cometí muchas infracciones de tráfico por
exceso de velocidad. Eladio parecía estar esperándome. Hablamos un poco, la voz
era casi un susurro. Pasado un rato me dijo que le apetecía fumar. ¡Se estaba
yendo y quería un pitu! Le dije: «papa, mejor no». «Sí, será mejor que
no» contestó.
Siempre fue un gran fumador, primero de
Celtas cortos y luego, cuando los retiraron del mercado, se pasó al Ducados.
Casi seguro que el causante de su muerte temprana fue el tabaco. Tenía 60 años.
Poco después se quedó adormilado, la agonía
era evidente. Fui al control y avisé de la situación. Una enfermera fue a verle
y al poco tiempo llegó una médica. Más tarde me enteré que el doctor Solano
estaba de descanso. Lo vio, lo acomodó y me preguntó sí queríamos un cura, ella
dijo sacerdote. Le contesté que no, que no éramos creyentes, pero que gracias.
Me contó que era importante que mi padre estuviese cómodo. Nuevamente le di las
gracias y se fue. Pasado un tiempo mi padre no volvió a abrir los ojos, pero se
mostraba inquieto. Vuelvo al control y les digo a las enfermeras que por favor
avisaran a la médica y que haber si le podían dar algo para que estuviese más
sosegado. Llegó la misma médica. Otra vez se puso a acomodar a Eladio y
nuevamente me ofrece la presencia de un cura. Le reitero que no, gracias. Mi
tono de voz ya era más firme. Le comenté la posibilidad de que le diera algo
para evitar el desasosiego evidente. Su respuesta fue la callada. Se fue y lo
dejó con la inquietud. Con el paso de los minutos la situación empeoró. Ahí mi
paciencia se acabó. Destapé la caja de los truenos y relámpagos. Fui
encabronado al control y con un tono muy elevado pedí que volviese la médica y
le diera algo, no quería que mi padre sufriera en sus últimos momentos. Solté
tacos e incluso pegue algún puñetazo en el mostrador, nada en contra de las
enfermeras, y dije, pensando que la médica podía estar escuchándome, que de
allí me iba al juzgado a denunciarla. Fui duro, muy duro. Mi padre se estaba
muriendo. Poco más tarde llegó la solución. Eladio se fue tranquilo, se quedó
como un pajarín. Al final se fue en paz.
Tras comprobar su muerte, varias enfermeras
me dieron la razón y me explicaron el comportamiento de la médica: era del Opus
Dei.
Esa médica antepuso sus creencias religiosas
al bienestar final de mi padre. Demostró su nula humanidad. No fue ni buena
profesional ni buena persona. Espero que sí algún día se vio en la misma
situación con un familiar haya tenido algo de sensibilidad y humanidad. Tenía
que aprender del doctor Solano en este caso.
El sufrimiento añadido al que sometieron el
padre de Noelia y Abogados Cristianos no tiene perdón ni en este mundo ni en el
que ellos dicen creer. No sé a qué esperan para pararles los pies a estas
organizaciones ultra derechistas que tienen como objetivo encabronar la
sociedad y acabar con la democracia, no son demócratas.
El caso de mi padre no es equiparable al de
Noelia, pero tienen una misma raíz, la intransigencia religiosa de aquellos que
no creen en la libertad de pensamiento ni en las libertades democráticas.
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