Amaneció, miramos al cielo. El día anterior
nos la jugó el tiempo y este parecía que también. El cabreo se asentó en las
caras. Era el 16 de agosto y en el Campo de San Roque teníamos una cita para
comer los vecinos de Tineo, era el día grande de las fiestas. Con pocas
esperanzas la mañana fue avanzando, con timidez las nubes y la amenaza de
lluvia dio lugar a un sol apocado, pero ahí estaba. Habíamos buscado planes
alternativos y volvimos al original, al genuino, comer en San Roque.
No fuimos los únicos, poco a poco el personal
se animó y fue llenando la parte alta del prao, la zona arbolada ya
estaba tomada por las peñas. Tomamos posesión del lugar, cerca de la caseta de
Las Cabezas de San Juan, que nos animó la comida con su música.
De vez en cuando un saludo con alguien al que
hacia tiempo que no veíamos. Ya saben, el Campo de San Roque es un lugar de
encuentro.
Llegó el momento de la comida y las mesas,
varias juntas, se fueron llenando de viandas. No hay término medio, en San
Roque tiene que haber comida para poder cenar, sí se tercia, o para invitar a
quien quiera ser invitado. Vamos, que es como en Navidad, pero en agosto. Eso
sí, los condumios son muy de la tierra.
Un poco más abajo de nuestra mesa se
encontraba la de un exalcalde con su familia. No lo había visto hasta después
de llevar un rato sentado, había otros grupos por el medio. No es hombre
pródigo en grandes, ni pequeñas, manifestaciones de alegrías. Por ser es hasta
parco en palabras, pero se le notaba contento entre los suyos. No es un mal
tipo. Si piensan que estaba cotilleando están en lo cierto, cotilleaba. Comenté
su presencia con las personas que estaban cerca de mí.
Estábamos procediendo a dar buena cuenta de
las tortillas de patatas, incluida una de calabacín que es deliciosa para casi
todos los comensales, yo soy más de la de cebolla, por mucho que le joda a
Dabiz Muñoz. Sin hacerle ascos a los filetes empanados, bollos de chorizo y
tocino, también de cecina. No faltó el chosco, sería un pecado casi mortal que
no fuese así, no recuerdo que más manjares degustamos. Como se podrán imaginar
todo ello lo regamos con bebidas que nos alegraron el espíritu. Y llegó la hora
de los postres. ¡Ay, que arroz con leche!, de los fritos de leche casi no
quiero acordarme, se me hace agua la boca, una delicatessen. Hubo hasta
pasteles. El paraíso de los golosos.
No fue todo yantar. Los ojos se me iban de
vez en cuando a contemplar quien andaba prao arriba-abajo. Hasta que… No tenía
buena visión, pero era él. Allí estaba con su mujer y su hijo pequeño. Un poco
apartados de todos. Cerca tenían al otro exalcalde, no se cruzaron miradas.
Sí, ya lo dije, estaba cotilleando. Aunque la
verdad es que me estaba fijando, para luego cotillear, hay que ser precisos en
el lenguaje.
Quién lo ha visto y quién lo ve. Hubo un
tiempo en el qué estaba siempre rodeado de los suyos o de aquellos qué algo
querían. Se dejaba querer, es muy amoroso, disfrutaba de la popularidad, aunque
fuera la local. Ya antes de ser «alguien» tenía unas aspiraciones muy claras,
todos sus actos iban encaminados a conseguir el fin propuesto. Tenía que llegar
como fuera, a toda costa. Lo consiguió. Por el camino dejó muchas cosas y
perdió pluma. No le importó. El fin justifica los medios.
En su destino deseado y dorado se rodeó de
fieles que habían quedado desamparados y él los acogió bajo su ala protectora.
Esos polluelos, llegado el momento, proclamarán aquí y acullá sus virtudes para
seguir siendo el caudillo, cada vez menos victorioso.
Tras la comida aparecieron, como por arte de
magia, algunas bebidas espirituosas, ya se sabe que son imprescindibles para
realizar una buena digestión. La intención era buena, pero unos estómagos vapuleados por el tiempo y los maltratos se
rebelaron ante la agresión y protestaron con acidez.
En esos momentos el dúo, al niño lo dejo
fuera, faltaría más, se levantaron. No parecía que hubiesen engullido mucho, a
pesar de ser hombre de apetitos voraces. Se dirigieron a la mesa de más arriba,
ellos no cruzaron palabra, la voz cantante la llevaron ellas. El resto de los
comensales de la mesa, por lo que pude observar, no les hicieron ni puñetero
caso. Después el líder-caudillo enfiló prao abajo sin mirar a izquierda o derecha,
bueno, la verdad es que él siempre va a lo suyo sin mirar para ningún lado.
Él, que se creía profeta en su tierra,
parece un apestado. En su atalaya es atacado y anda en boca de todos, no como
quisiera. Como Simón el Estilita permanece apático en su columna ajeno a los
aconteceres mundanos. Bueno, eso intenta aparentar, quienes lo conocen saben
que por dentro está que rabia. Muy pagado de sí mismo contempla como su
estrella se va apagando, ¡qué más da! Cuando lo finiquiten irá al cementerio de
los elefantes. Lo que no sabe, no alcanza a ello, es que siempre ha sido un
pobre hombre con la suerte de su lado, que no es mérito alguno.
Lo suyo debe ser la soledad del poder, una
soledad llena de una tristeza tan grande como su ego.
¿Quién sabe? tal vez la magia del Campo de San Roque provoca espejismos. Tal vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario