6 ago. 2009

Esa rubia





Como hombre del norte y veraneante que se precie, a primera hora de la mañana cogiendo sitio en la playa. Es el momento más agradable. Apenas hay gente y el rumor del mar es perceptible sin estridencias que lo perturbe.

La silla plegable que no falte. Con la edad se agradecen esas comodidades. Tampoco puede faltar el libro de turno. Ahora estoy con Sale el espectro, de Philip Roth. Bush y su camarilla no salen bien parados. No es un libro político, tal vez sí. Es una novela sobre el miedo. El miedo a Al Qaeda, más miedo aún a Bus, pero sobre todo trata de los miedos que cada uno llevamos dentro: a la enfermedad, a la soledad, al amor a destiempo. En eso ando.

Mientras, el sol sigue achicharrando. Toca baño. La piel sale aliviada, pero solo un momento. No le doy tregua. Más sol.

Y de repente... ahí está ella. La mañana estaba recorriendo su agradable rutina y se hizo apetecible, muy deseable. Rubia, más bien dorada. A pesar de su aspecto, que trasmitía frialdad, o tal vez por eso mismo, la hacia más y más deseable. No lo puedo evitar. La toqué. Realmente estaba fría. Un respigo recorrió mi cuerpo. El sol, por un momento, se convirtió en aliado, me estimuló aún más. Tenía que ser mía.

Abrí el tapón y eché un largo trago de cerveza. Se me puso la carne de gallina.

Si quieren entono el mea culpa. Ya sé que es mucho más tipical el vino con gaseosa, o más de ahora, el tinto de verano. Pero, qué quieren qué les diga, una cerveza fría cuando aprieta el calor es muy de agradecer, y si la acompañamos de una tapita, entonces la cosa se pone fina.

Media vuelta y a tostar por el otro lado. Dentro de un rato le doy otro tiento a la rubia.

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Esa rubia by M. Santiago Pérez Fernández is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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