27 abr. 2015

364 días del libro


Dedicar un día al año al libro está muy bien, el problema son los otros 364.

No nos engañemos: España no es un país de lectores. Podremos argumentar, disfrazar, retorcer las cifras, pero la realidad es que hay poco amor por los libros en el solar patrio.

La mejor estadística es el entorno de cada uno. Esa realidad me dice que la mayoría de las personas no leen. Y sí lo hacen es para “tragarse” libros muy publicitados – uno, dos o tres, a lo sumo, al año -.
Reitero que hablo en general. ¡Ah! y da igual la condición social.

Y no es de extrañar. Digámoslo: los libros son caros, ¿y si aburren?, necesitan un mínimo de concentración y tranquilidad. Y, por sí esto fuera poco, en el caso de ser de papel, ocupan mucho espacio y acumulan polvo.
No es fácil leer, no. Veamos.

¿Puede alguien explicarme como se puede leer y ver la televisión? No, desde luego. Pues eso. ¿Qué entretiene más? Está claro.
Sí comparamos la lectura con las redes sociales lo tienen crudo los libros. Se aprende mucho más, infinitamente más, con las aportaciones de los amigos que con otra cosa. Eso está ahí para comprobarlo.
No puedo olvidar el precio de los libros de texto para los niños. Con el montón de euros que cuestan ¡cómo para comprarles a los niños otros para que sé entretengan!

¿Exagero? No demasiado.

Mientras el Día del Libro no sean los 365 del año creo que nos faltará algo.

Los libros tienen que tener su espacio en nuestras casas. Deben ser un “objeto” cotidiano y cercano. Un “ingrediente” que los niños y jóvenes tengan al alcance de su mano. No son para decorar.

Cuando un adulto lee en el silencio de su casa, transcurren los minutos y ahí sigue pasando hoja tras hoja, el niño que le observa, al principio, no le hará ni caso, es más, incordiará para ser el centro de atención. La repetición de ese sencillo acto podrá llevar a ese niño a la curiosidad y tal vez, solo tal vez, de ahí surja un nuevo lector.

Así de simple y de barato.

Con lo que tienen que estudiar y las actividades a las tienen que asistir los niños no les queda tiempo para leer.
Tal cual.

Y tendrán razón, pero a mí me asalta una duda: ¿cómo es posible que un niño estudie sin tener una buena capacidad lectora y de comprensión de lo leído?
Es imposible. Una parte del fracaso escolar se debe a esa falta de capacidad lectora.

Juan, María, no sigas leyendo, apaga la luz que es muy tarde. Sigue siendo una realidad. Son las doce de la noche y hace cinco minutos que Juan o María se han acostado. Tienen diez años.
No han leído nada. Ni libros de texto ni nada de nada.
Llegan las notas: cabreos, voces, lloros, clases particulares. Más estrés para los niños. Círculo vicioso.

¿Leer? ¿para qué? Pues eso.

Yo comprendo que a los adultos les resulte más cómodo, tras una agotadora jornada de trabajo, sentarse ante el televisor. Yo lo hago. Me quedo catatónico.
Los argumentos son similares a los citados. Eso sí, un adulto hace hincapié en el cansancio y en el coste del libro.

Pepe ¿sacaste las entradas para el partido? No. ¿Cuánto? Noventa euros. Un poco caras. Bueno anda, mércame una para mí y otra para el crío.

¿Demagogia? Tal vez.

Luego están los lectores de toda edad y condición. Los menos. Las diferencias numéricas entres unos y otros es abismal.

No, no somos un país de lectores. ¿La realidad podría ser distinta en caso de haber mucho personal lector? Pues no lo sé.

En conclusión ¿leer sirve para algo? La mayoría dice que sí, pero luego no lee.
La bibliografía sobre la lectura es enorme. La disertación teórica es imprescindible, las opiniones son otra cosa.

¡Ah! que no se me olvide: si no quiere pagar por un libro, ponga una biblioteca pública en su vida.

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