29 mar. 2015

Dos hombres buenos en busca de la razón


Hombres buenos de Arturo Pérez-Reverte se lee de un tirón. Uno se puede acercar al libro como si fuera una novela de aventuras – que lo es -. Puede leerse como un texto de viajes y postas del siglo XVIII – sin duda -. Habrá quien la catalogue como una obra encomiástica de la Real Academia Española y de sus amigos – no estarán equivocados.

Es todo eso y seguro que mucho más. Eso dependerá de cada lector.

Suelo leer a Pérez-Reverte. Me entretiene. Sus artículos periodísticos, por el contrario, muchas veces me cargan. Me parecen, en ocasiones, unas cantadas terribles. En ese sentido no es santo de mi devoción. Ahí prefiero a su amigo Javier Marías, con diferencia.

A mí, Hombres buenos, me ha parecido un canto de amor al libro y a la razón. Lo mencionado más arriba también, pero creo que el binomio libro-razón es el eje principal.

Dos personajes, el almirante - que no lo fue - don Pedro Zárate y el bibliotecario don Hermógenes Molina, serán los comisionados por la Real Academia de traer desde París  la Encyclopédie de D´Alembert y Diderot.

Estos dos hombres buenos no dejan de recordarme a don Quijote (Pedro Zárate)  y Sancho Panza (Hermógenes Molina). Uno tan formal –inicialmente, con posterioridad se van descubriendo otras facetas – el otro descuidado – en aspecto -  y bonachón. El viaje une a dos personas diferentes, discrepantes en muchas cuestiones, pero a los que la razón y la buena voluntad les irá uniendo.

Nada extraño teniendo en cuenta lo cervantino y quijotesco que anda Pérez-Reverte.

No deja de ser un trasunto de la España del siglo XVIII, de las dos Españas de siempre, aunque en esta ocasión si llegan a aceptarse y a hacer posible la convivencia. Todo lo contrario que el otro dúo de la novela, Higueruela y Sánchez Terrón – intentan que la Encyclopédie no llegue, por distintos motivos, a España- . En estos no es posible el entendimiento. Ambos son taimados, intolerantes y nada dados a admitir la opinión del otro.

El viaje para Pedro Zárate y Hermógenes Molina puede asemejarse a un viaje iniciático. El París de la época les asombra. No es el Madrid triste y pacato.
El encuentro con Bringas pone el contrapunto a los protagonistas. El abate es un personaje extremista, radical. Representa la revolución que está a punto de producirse.

El recorrido por las librerías se convierte en paseos por el París prerrevolucionario. Desde los barrios más sórdidos a los contactos con la nobleza y el movimiento ilustrado sirven para confrontar dos realidades sociales bien distintas: la francesa y la española.

Tengo la impresión de que el momento histórico en el que se desarrolla la trama sirve de excusa al autor para soltar algunos de los dardos a los que nos tiene acostumbrados en sus artículos.

“Nos falta mucho para ser nación civilizada con espíritu de unidad, como las otras que con justo motivo nos hacen sombra…Creo que no es el mejor medio recordar siempre, como solemos, la patria de cada cual. Antes convendría sepultarla en el olvido, y que a ninguna persona de mérito se la considere otra cosa que española”.

Temas de actualidad:

“- Y las corridas de toros – introduce el bibliotecario, que es notable aficionado.
En eso tuerce la boca el almirante, desaprobador.
-Ahí no estoy de acuerdo – responde con sequedad crítica-. Esa barbarie está bien prohibida.
-Una prohibición que no siempre se aplica a rajatabla, afortunadamente. Porque a mí me gustan, oiga. El valor de los toreros, la bravura de los animales…

¿A qué suena esto?:

Sonríe don Pedro al oír aquello.
-Estaría más de acuerdo –objeta- en que religión y política se soltaran de la mano y no se la volvieran a tomar jamás…Mal camino es reformar mediante leyes de tufillo eclesiástico.”

¿Mera coincidencia? No creo.

El relato histórico se sazona con la presencia de personajes del momento: Condorcet, D´Alembert, Franklin…o con la mención de algún científico patrio como Jorge Juan.
No es de extrañar su inclusión, la de Jorge Juan, dado el conocimiento que Arturo Pérez-Reverte tiene de todo lo relacionado con el mar. Ese marino participó en la expedición organizada por la Academia de las Ciencias Francesa para medir la longitud de un grado de meridiano terrestre en la proximidad del ecuador con el fin de poner fin al problema de la forma de la Tierra. Fue marino y científico. Lo mejor de todo es que Jorge Juan ejerció como espía en Inglaterra y copió el diseño de sus barcos.

No sería raro que en un futuro fuese el personaje central de unas de sus novelas.

Un detalle que me llamó la atención fue el tratamiento, tan diferenciado, que realiza entre las putas que frecuenta Pascual Raposo y el que realiza con madame Dancenis. Con las primeras crudo, con la segunda condescendiente e incluso amable.

Meter en la novela explicaciones sobre sus investigaciones para abordar la trama no resultaron pesadas.
El “personaje” real que más destaca es el académico Francisco Rico. Esto, al parecer, es una broma entre Javier Marías, que ya lo incluyó como un “personaje” en Así empieza lo malo, Pérez-Reverte y el propio Rico.

Repito que no me resultó ni pesado ni me alejó de la historia. Es más, se convierte en una introducción a lo que se cuenta a continuación.

Lo que no me gustó fue la conversión final de Raposo. Lee cuatro líneas y la luz de la sabiduría le ilumina. Me resultó ramplón.

Lo dicho al principio: se lee fácil. Quien lo desee puede servirle, además, para revisar algunos datos históricos, de viajes, descubrimientos… Yo consulté algún libro de Historia y comprobé referencias olvidadas en san Google.

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