16 abr. 2014

Semana Santa: contradicciones y festines gastronómicos



La fotografía (desconozco el autor) es la demostración palpable de nuestras contradicciones. Una imagen religiosa merece más atención que un indigente – un pobre, para entendernos.

Recuerdo cuando las procesiones de Semana Santa se habían quedado recluidas a algunas ciudades y pueblos, entre ellos los que se consideraban más atrasados o más de derechas. Apreciaciones subjetivas - faltaría más - que podían estar más o menos alejadas de la realidad. Eran otros tiempos.

Lo religioso y lo profano se han mezclado de tal manera que es muy difícil deslindar uno de otro. Aunque eso sí, y ahí están todos de acuerdo,  es un gran negocio.
Tan negocio es que más de un alcalde y hostelero han rebuscado, con el beneplácito eclesiástico, por todos los rincones con el fin de desempolvar los viejos pasos.

No importa el signo político. Todo sea por atraer al turista y sobre todo su dinero.

Los curas hacen la vista y gorda y se frotan las manos. Ya soltarán su sermón y… siembra que algo queda.

Las calles se llenan de músicas que recuerdan a marchas militares. Muchas de ellas lo son.
No importa la hora. Las procesiones se alargan hasta bien entrada la noche flagelando los oídos de los que intenta dormir. Nadie se cabrea -¡faltaría más! - no vaya a ser que la ira celestial recaiga sobre el protestante.

Pasados estos días de recogimiento interior - que no exterior – habrá quienes recuerden las declaraciones de la curia católica y se encolericen. ¡A buenas horas mangas verdes!

Yo, como al otro, ni la música militar ni la procesional me supo levantar, aunque me miren mal.

Pero estas fiestas tienen sus cosas buenas. Podemos disfrutar de cuatro días de descanso seguidos y además hay una rica gastronomía que acompaña a las fechas.

Afortunadamente para mí, yo no necesito ninguna bula.

Por cierto, esa tradición de no comer carne en estas fechas va por barrios.
La Iglesia Ortodoxa permite una sopa tradicional a base de de cordero (casquería e interiores) llamado magiritsa.  Bueno, eso a nosotros nos queda un poco lejos.

Si damos un repaso a los platos de esta época del año veremos que hay verdaderas delicias.

Podríamos empezar con unas patatas viudas. Su nombre lo deja bien claro. Vamos, que son unas patatas sin una migaja de carne. Llevan su cebolla, ajo, pimiento, pimentón, una hoja de laurel, que da mucho sabor, y patatas, claro. Todo ello servido en cazuela de barro.

Para entonar un poco más, pasamos a unos huevos de vigilia. No se preocupen que no hay que dejarlos al sereno. Son unos huevos duros rellenos de su yema, miga de pan y anchoas. Delicioso.

Podríamos seguir con el rey de las  fiestas. Oigan, sin querer quitar a nadie el protagonismo. El bacalo.

Ayyy, que decir del bacalao.

Este pescado se consumía, se consume,  preferentemente en salazón. La variedad de platos es casi infinita, tantos como días del año y más. Todos ellos magníficos, sabrosos. Solo hay un inconveniente: su precio.

Después de estos platos, todos cumpliendo la más estricta normativa religiosa - para quien sea menester-  cumplen, además, todas las normas dietéticas. Una gozada.

Pues bien, para finalizar no estaría mal darse un pequeño gusto, sin necesidad de arrepentimiento o confesión: los postres.

Llegados aquí - para los más fervorosos: sepan que esto ya es caer en la gula- demos buena cuenta de los frutos de sartén. ¿Frutos de…? Dicho de otro modo, masa frita, que por cierto, tiene su origen en la cocina sefardí.

Imaginemos: bartolillos, flor frita, frisuelos, porras, buñuelos, pestiños, casadielles, almojábanas, torrijas.
¿Se les hace la boca agua? A mí, sí.

Así podríamos seguir. ¿Para qué? Qué rico todo.

Ya ven, unos pueden seguir al paso, otros lo podemos hacer a la olla y mientras, el pobre sigue tirado en la acera.

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Semana Santa: contradicciones y festines gastronómicos by M. Santiago Pérez Fernández is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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