27 jul. 2015

Llegó sin gloria, se fue sin pena



Camina. Se va. Le despiden esos que al darse la vuelta le olvidarán. No, no hizo amigos. No sabe hacerlos.

Su andar no es cansino y lo parece. Su estatura queda atenuada por la sensación de fofo que transmite. No está gordo y, sin embargo, parece blandurrio. Resulta flácido, pastoso.

Cuando abre la boca asemeja al joven Demóstenes. Él se introduce garbanzos crudos que al poco se come con fruición.

Llegó, hace demasiado tiempo, sin gloria y se marcha dejando un coprolito imborrable. Ahora sí, por fin, tendrá algo que contar allí donde es un héroe: su casa. Entre los suyos navegará en recuerdos cuasi psicotrópicos.

Su simpleza llega a conmover en un principio, es más, engaña. Luego todo se reduce a su memez. No hay nada más. Un enorme vacío invade su cabeza. Como un agujero negro, cualquier idea que se le aproxima es fagocitada de manera inmediata. Su sesera solo acepta el fútbol como ocupación.

La frente la tiene orlada por un No Molesten que en las noches brilla como el letrero de un puticlub.

Aún recuerdo la cara de felicidad que ponía cada vez que era capaz de entender algo. Las experiencias eran tan gratificantes que se aproximaban al paroxismo sexual. Tras arduos, titánicos esfuerzos, descubrió la magia de los ordenadores.
Ni un recién doctorado en el MIT se siente tan contento.

El sillón le quedaba pequeño. No era cuestión de tamaño, su ego no entraba en él. En ocasiones miraba al suelo para comprobar si estaba mojado.

Siempre me asombró su capacidad para relacionarse con extraños. No fallaba nunca, jamás. Saludo, cuatro o cinco pasos atrás y se acabó. Previo al contacto manual metía dos dedos en la boca y se sacaba los garbanzos. No había forma, siempre le quedaba alguno pegado en el paladar. Maldita sea.

Llegó de la nada. No hizo nada. Y se fue con los bolsos un poco más llenos.

Así da gusto.

Tras una siesta un poco pesada, me senté y de forma automática salió esto. No soy consciente de pensar en nadie en concreto. Cualquiera que pueda sentirse aludido se equivoca, no es por él. Además, alguien así no lo leerá.
Ya saben, cualquier parecido con la realidad, con persona alguna viva o muerta, es producto de una curiosa casualidad. El texto es fruto de la somnolencia provocado por una siesta mal dormida y peor despertada.

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