18 jul. 2011

El mercado de la playa

Durante el día apenas se les ve. Algunos transitan la playa con algo de mercancía. No sé cómo no se achicharran. Nada de pantalón corto, largo y con camiseta. Dan sofocos. Saludan, sonríen, muestran y se van. Así una y otra vez, toda la mañana.

Son hombres jóvenes y negros. Ofrecen gafas, gorras o relojes. Es lo que toca en este horario. Los masajes son cosa de asiáticos, mujeres y hombres. Los vestidos y pareos corresponden a norteafricanos. Juguetes, chirimbolos y similares son ofrecidos por indios o pakistaníes. Según el origen cambia el género. Por hacer te hacen un tatuaje sin falta de levantarte de la toalla, pintado no cincelado. Para los de casa queda lo tradicional: bebidas frías, frutas o patatitas.

En el paseo marítimo están las mujeres de color, negro por supuesto, ofertando trenzas y malabarismos increíbles para el pelo. Eso es cosa de ellas. Cuando llega la hora de la comida sacan el bocadillo y ahí mismo lo despachan. Suelen ofrecer su trabajo en grupos de dos o tres, así es más llevadera la espera.

Un poco más allá, una oriental escribe tu nombre con motivos vegetales y animales. La delicadeza con la que realiza su trabajo concita la expectación de numeroso público.

Cuando la tarde va dando paso a la noche, el paseo se va llenando de manteros. Casi todos son subsaharianos. Copan el territorio con algún que otro infiltrado. La gama de productos es amplia y variada: sombreros o gafas, camisas, polos y camisetas, bolsos, relojes, pulseras y artilugios con luces. Todo a buen precio y con derecho a regateo. El que compra ya sabe lo se lleva.

De vez en cuando recogen sus pertenencias y se adentran en la playa. La policía está dando un paseo. Los transeúntes y potenciales clientes les avisan, ¡police! Todo está medido: los manteros se dan prisa y los policías ninguna. Eso sucede una vez o varias. Nunca se sabe.

No lo tienen fácil. Se han jugado la vida para llegar hasta aquí, pero aún y con esas, el 40 % de los españoles piensan que los emigrantes que no tengan trabajo deben abandonar el país. Eso sí, no se nos cae de la boca aquello de yo no soy racista pero… y ahí es cuando la jodemos.

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El mercado de la playa by M. Santiago Pérez Fernández is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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