24 jul. 2017

Murakami me enseña a escribir una novela



Fui corriendo a la librería a comprar De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Marukami, esperando encontrar las reglas para fabricar una novela. Estaba seguro que podrían hacer de mí un escritor, un gran escritor.

La cosa empieza bien. Murakami me da consejos: “… un bolígrafo, un cuaderno y cierta imaginación para inventar una historia. Con eso se puede crear, bien o mal, una novela. No hace falta estudiar en ninguna universidad concreta, ni se precisan unos conocimientos específicos para ello”.

Esto lo tengo. Con esta información ya puedo ponerme manos a la obra.

Después de leerle que “en mi opinión, escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes” estoy encantado. Me encuentro dentro de ese grupo.

Ya tengo dos requisitos.

Murakami pensaba en mí: “Escribir novelas es ciertamente un trabajo con un rendimiento muy escaso”.

Les confieso que siempre he sido una persona dada a la holganza y me tenía preocupado. Ya no. Haruki - que me perdone la familiaridad – está contribuyendo a que me reconcilie conmigo mismo. Es que siempre me he dedicado a cosas inútiles. Ya ven por donde mi escasa producción y rentabilidad en la vida sirve para algo.

Tres, tres, tengo tres de las cualidades necesarias para escribir.

Dice mi cada vez más apreciado Murakami: “… los escritores son seres necesitados de algo innecesario”. Mi inutilidad tiene cabida en el mundo.

Cuatro, cuatro características imprescindibles para escribir. Voy camino del éxito literario.

Me estoy desmandando. Regreso a la sabiduría del maestro Haruki: “Lo que permanece en el tiempo para las generaciones futuras, ni que decir tiene, son las obras, no los premios”.

Para que no me crea que me voy a hacer rico con esto de la literatura Haruki me da otro baño de realidad: “Solo es una referencia, pero, por lo visto, las personas interesadas en la literatura y que leen de manera habitual solo representan el cinco por ciento del total”.

Eso a repartir entre tanto escritor da para poco. Mucha competencia para poco negocio. Me empiezan a entrar las dudas.

Cinco, cinco. Tengo cinco requisitos para ser escritor: “En mi opinión, una de las cosas más importantes para alguien con intención de escribir, es, de entrada, leer mucho. Lamento ofrecer un planteamiento tan convencional, pero la lectura constituye un entrenamiento que no puede faltar de ningún modo y, a la postre, es el más determinante a la hora de ponerse a escribir una novela, pues para hacerlo hay que entender, asimilar desde la base, cómo se forma, cómo se articula y cómo se levanta. La lógica es la misma que asegurar que para hacer una tortilla, lo primero es romper el huevo”.

Lo ven. Cumplo este requisito. ¡Anda que no soy un rompehuevos!

Por cierto ¿ven cómo Murakami ha escrito este libro pensando en mí? Ayyy, madre mía. Voy embalado. Tengo la primera novela casi terminada.

Por favor, por favor. Seis, seis. Que sí, que voy por seis:”… todo aquel que aspira a escribir novelas debería observar con atención a su alrededor”. ¡Esto también lo sé hacer!

¡Qué carrerón llevo!

La felicidad nunca es total: “Para escribir novelas largas me impongo la regla de completar diez páginas al día”. ¿No será algo mucho, Haruki?

Me empiezo a preocupar: “… reescribir es fundamental. Es la actitud de un escritor frente a un trabajo que decide mejorar”. Sólo de pensarlo me agoto.

Esto sí que no: “El estado de ánimo y el sufrimiento van aparejados al hecho concreto de la escritura”. No se lo van a creer, eso de escribir ya no me gusta tanto. ¡Qué indecisión!  Me asalta la incertidumbre.

¿Qué te pasa, Haruki? ¿Qué me estás haciendo?: “A veces tengo la impresión de estar sentado en lo más profundo de una cueva. Nadie va a venir a ayudarme, nadie me va a dar una palmadita de ánimo en la espalda ni me va a decir lo bien que he trabajado hoy. El resultado final de ese esfuerzo puede recibir algunas alabanzas (si ha salido bien, claro está), pero el proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos. Es la carga que cada uno debe soportar en soledad y en silencio”.

¡De eso nada! Si no hay palmaditas y adulación lo dejo. No escribo.

¡Hala! señor Murakami, siga animándome: “Si el talento no está demasiado profundo, es muy posible que brote de forma natural, pero si está más hondo ya no resultará tan sencillo dar con él”.

¡Lo que me faltaba! ¡Tengo que ponerme cachas!: “La fuerza física y la espiritual han de ser compatibles, estar equilibradas”.

Cuando me topo con el rollito de fusión entre cuerpo y alma me pongo a temblar. Pues esto de escribir no va a ser para mí. No, no lo va a ser.

Haruki, gracias y perdona, otra vez me animas un poquito: “De no haber leído tantos libros estoy seguro de que mi vida habría sido más gris, deprimente incluso, apática”.

Hombre, alguna que otra juerga me corrí y te aseguro, Haruki, que no había libros de por medio.

Me engañó, señor Haruki: “Un escritor debe crear personajes que parezcan reales y, además, deben resultar interesantes, atractivos, autónomos”.

¡Anda que no le pide nada el cuerpo!

Y cómo éramos pocos: “… nunca he sentido la necesidad ni me he planteado cuestiones peliagudas como quiénes leen mis novelas, si les gustará lo que escribo o si entenderán lo que pretendo decir en determinada obra”.

Lo tengo decidido, lo dejo. No voy a escribir esa magnífica novela: “… haga uno lo que haga, siempre habrá alguien que lo criticará”.

Y llegó el golpe de gracia: “Me considero un individualista y no tengo claro que mi forma de vivir y de escribir pueda extrapolarse. Dado que apenas tengo relación con otros escritores, tampoco sé cómo trabajan y no puedo comparar. Escribo como lo hago porque no sé hacerlo de otra manera. Eso no significa en absoluto que la mía sea la forma más adecuada de escribir una novela”.

Señor Haruki Murakami, sepa usted que la humanidad ha perdido un gran escritor y usted, sí usted, es el responsable.

Aquellos que quieran aprender a escribir léanlo. Disponible en su biblioteca pública o librería más cercana.

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