31 ago 2026

A follar, que el mundo se acaba


  El aislamiento de los jóvenes es un tema recurrente. Hay quienes dicen que el confinamiento durante la pandemia les perjudicó, aunque se olvidan de la capacidad de adaptación de las personas, especialmente los jóvenes, es más, ya ni se acuerdan.

  Un factor condicionante es el uso del teléfono móvil, el acceso a internet y las redes sociales. Quienes han trabajado en algunos servicios públicos, como por ejemplo las bibliotecas, pudieron comprobar la evolución en ese aspecto y se vio como los móviles ganaban terreno a la lectura en formato libro e incluso el acceso a las propias bibliotecas públicas, especialmente en los municipios menos poblados. Esa circunstancia «encerró» a muchos jóvenes en sus casas. Hasta cuando están en grupo cada uno está mirando la pantalla. No es diferente a lo que hacen muchos adultos.

  ¿De verdad nos aíslan los teléfonos inteligentes? Todo indica que si, pero no es la única consecuencia.

  No es de extrañar que sea así cuando niños con diez o doce años disponen de uno de estos artilugios. Sus padres tienen los mismos argumentos: se lo compraron por qué los demás niños de su edad lo tienen, y también, faltaría más, para tener localizados a sus hijos. Sí a ellos les vale… Por cierto, para tenerlos localizados compren teléfonos solo para realizar y recibir llamadas.

  Otro caso de aislamiento, con problemáticas muy diferentes, es el de las personas mayores. Sin duda, entre otros factores, el cambio de modelo familiar ha variado mucho y aquellas familias tan numerosas y conviviendo bajo el mismo techo casi han desaparecido en nuestras sociedades «desarrolladas».

  Hay un caso extremo de aislamiento «voluntario»: los hikikomori. Este fenómeno se produce en Japón. Hace referencia a una persona que se confina en su casa durante un tiempo superior a los seis meses, rechazando el trabajo, el estudio y el contacto presencial con otras personas.

  Hay consecuencias del uso, el abuso, de los móviles por parte de los más jóvenes, algunas de ellas son peligrosas, para ellos y para los demás. Entre esas consecuencias destaca el acoso escolar, que con la llegada de la inteligencia artificial es mucho más cruel, si cabe. No hay que olvidar el control que ejercen por esta vía los chicos sobre sus «novias».

  Otro efecto es el acceso al porno a edades muy tempranas. No es normal que unos niños con once o doce años estén viendo pornografía, que no se nos puede olvidar que es machista a más no poder. Además les induce a realizar sexo a unas edades en las que no están preparados para ello. En esas películas la mujer es tratada como un objeto de placer para el hombre, tratada incluso con violencia.

  Se pueden poner cortafuegos en esos teléfonos, pero la mayoría de los padres no lo hace.

  Dejando estas cuestiones de lado, que son muy importantes, el aislamiento autoimpuesto de adultos tiene su cosa. Les explico esa «cosa».

  Hace unos días, leí en un periódico digital - sí, uso internet para muchas cosas- una noticia deprimente. Se preguntaban sí el beso había muerto. Tal cual. Lo leí, claro. Oigan, el periódico es serio, aunque esta noticia no lo pareciera, pero sí que el tema es serio. Les cuento. Un hombre, decía el artículo, besó a una mujer y no le gustó, le pareció algo mecánico. Esperen, el hombre tiene ¡29 años, y nunca había besado a nadie! No di crédito. Según el articulista estamos perdiendo la «costumbre» de besar. Pues estamos bien. Fumar no es un placer, pero besar si. ¿Será esto producto de las escasas relaciones entre personas? Lo parece.

  No acabó aquí mi asombro. Vean. Hay jóvenes que nunca han entrado en un bar o en una discoteca. Por si esto no fuera suficiente, hay jóvenes, no quinceañeros, que nunca han salido con otra persona en pareja. ¡Nos vamos a extinguir! ¿Pudo empeorar? Si. Mencionan a una persona que tuvo una relación a distancia durante… seis años, seis.

  No hay duda, no nos va a hacer falta que nos derrita el sol, nos aniquile un meteorito o el cambio climático haga imposible la vida, solitos nos apañamos.

  Tenemos muchos ejemplos de ese aislamiento voluntario, déjenme que les ponga otro más. Ahora muchas casas unifamiliares se construyen con un muro alrededor. Incluso en pequeños pueblos se han construido en antiguas casas en las cuales se podía entrar sin pedir permiso. Ahora tienen  alarmas y cámaras de seguridad. Hemos abandonado el sentimiento de pueblo por un individualismo feroz.

  Las caricias, los besos, el sexo en el homo sapiens trasciende la perpetuación de la especie. Se trata de una de las manifestaciones más humanas y diferenciadoras con el resto de los animales. Mostramos nuestros sentimientos ya que se trata de actos pensados, sentidos, y no motivados únicamente por la biología.

  Puedo entender, cuando las ganas aprietan, el sexo virtual o telefónico con tu pareja, pero no tiene comparación, vaya que no la tiene.

 Por favor, besemos, acariciemos y hagamos el amor, o en su defecto un sexo compartido y satisfactorio para ambas partes. Podíamos añadir aquí un dicho simplón que se hizo popular en la década de los 80 del siglo pasado: ¡A follar, que el mundo se acaba!

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario