El aislamiento de los jóvenes es un tema
recurrente. Hay quienes dicen que el confinamiento durante la pandemia les
perjudicó, aunque se olvidan de la capacidad de adaptación de las personas,
especialmente los jóvenes, es más, ya ni se acuerdan.
Un factor condicionante es el uso del
teléfono móvil, el acceso a internet y las redes sociales. Quienes han
trabajado en algunos servicios públicos, como por ejemplo las bibliotecas,
pudieron comprobar la evolución en ese aspecto y se vio como los móviles
ganaban terreno a la lectura en formato libro e incluso el acceso a las propias
bibliotecas públicas, especialmente en los municipios menos poblados. Esa
circunstancia «encerró» a muchos jóvenes en sus casas. Hasta cuando están en
grupo cada uno está mirando la pantalla. No es diferente a lo que hacen muchos
adultos.
¿De verdad nos aíslan los teléfonos
inteligentes? Todo indica que si, pero no es la única consecuencia.
No es de extrañar que sea así cuando niños
con diez o doce años disponen de uno de estos artilugios. Sus padres tienen los
mismos argumentos: se lo compraron por qué los demás niños de su edad lo
tienen, y también, faltaría más, para tener localizados a sus hijos. Sí a ellos
les vale… Por cierto, para tenerlos localizados compren teléfonos solo para
realizar y recibir llamadas.
Otro caso de aislamiento, con problemáticas
muy diferentes, es el de las personas mayores. Sin duda, entre otros factores,
el cambio de modelo familiar ha variado mucho y aquellas familias tan numerosas
y conviviendo bajo el mismo techo casi han desaparecido en nuestras sociedades
«desarrolladas».
Hay un caso extremo de aislamiento
«voluntario»: los hikikomori. Este fenómeno se produce en Japón. Hace
referencia a una persona que se confina en su casa durante un tiempo superior a
los seis meses, rechazando el trabajo, el estudio y el contacto presencial con
otras personas.
Hay consecuencias del uso, el abuso, de los
móviles por parte de los más jóvenes, algunas de ellas son peligrosas, para
ellos y para los demás. Entre esas consecuencias destaca el acoso escolar, que
con la llegada de la inteligencia artificial es mucho más cruel, si cabe. No
hay que olvidar el control que ejercen por esta vía los chicos sobre sus «novias».
Otro efecto es el acceso al porno a edades
muy tempranas. No es normal que unos niños con once o doce años estén viendo
pornografía, que no se nos puede olvidar que es machista a más no poder. Además
les induce a realizar sexo a unas edades en las que no están preparados para
ello. En esas películas la mujer es tratada como un objeto de placer para el
hombre, tratada incluso con violencia.
Se pueden poner cortafuegos en esos
teléfonos, pero la mayoría de los padres no lo hace.
Dejando estas cuestiones de lado, que son muy
importantes, el aislamiento autoimpuesto de adultos tiene su cosa. Les explico
esa «cosa».
Hace unos días, leí en un periódico digital -
sí, uso internet para muchas cosas- una noticia deprimente. Se preguntaban sí
el beso había muerto. Tal cual. Lo leí, claro. Oigan, el periódico es serio,
aunque esta noticia no lo pareciera, pero sí que el tema es serio. Les cuento.
Un hombre, decía el artículo, besó a una mujer y no le gustó, le pareció algo
mecánico. Esperen, el hombre tiene ¡29 años, y nunca había besado a nadie! No
di crédito. Según el articulista estamos perdiendo la «costumbre» de besar.
Pues estamos bien. Fumar no es un placer, pero besar si. ¿Será esto producto de
las escasas relaciones entre personas? Lo parece.
No acabó aquí mi asombro. Vean. Hay jóvenes
que nunca han entrado en un bar o en una discoteca. Por si esto no fuera
suficiente, hay jóvenes, no quinceañeros, que nunca han salido con otra persona
en pareja. ¡Nos vamos a extinguir! ¿Pudo empeorar? Si. Mencionan a una persona
que tuvo una relación a distancia durante… seis años, seis.
No hay duda, no nos va a hacer falta que nos
derrita el sol, nos aniquile un meteorito o el cambio climático haga imposible
la vida, solitos nos apañamos.
Tenemos muchos ejemplos de ese aislamiento
voluntario, déjenme que les ponga otro más. Ahora muchas casas unifamiliares se
construyen con un muro alrededor. Incluso en pequeños pueblos se han construido
en antiguas casas en las cuales se podía entrar sin pedir permiso. Ahora
tienen alarmas y cámaras de seguridad.
Hemos abandonado el sentimiento de pueblo por un individualismo feroz.
Las caricias, los besos, el sexo en el homo
sapiens trasciende la perpetuación de la especie. Se trata de una de las
manifestaciones más humanas y diferenciadoras con el resto de los animales.
Mostramos nuestros sentimientos ya que se trata de actos pensados, sentidos, y
no motivados únicamente por la biología.
Puedo entender, cuando las ganas aprietan, el
sexo virtual o telefónico con tu pareja, pero no tiene comparación, vaya que no
la tiene.
Por favor, besemos, acariciemos y hagamos el
amor, o en su defecto un sexo compartido y satisfactorio para ambas partes.
Podíamos añadir aquí un dicho simplón que se hizo popular en la década de los
80 del siglo pasado: ¡A follar, que el mundo se acaba!
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