3 ago. 2009

El camino hacia uno mismo


El verano ha sucumbido. Casi no se dejó ver y ya se fue. El caminante mira hacia la calle y contempla como los árboles se han desprendido de sus hojas. La perrita no deja de observarle y agita su casi rabo sin cesar, sabe que va a salir a la calle.

Ambos, caminante y perrita, dirigen sus pasos hacia el Camino. En poco tiempo dejan atrás las últimas casas del pueblo y el asfalto se muda en tierra y piedras. Los dos se encuentran más cómodos en ese terreno. Por fin ella está libre y corretea de un lado a otro. Se para. Huele. Observa donde está el caminante y continúa. Él no deja de observarla y la siente feliz.
Los pasos no agotan; quienes eligieron este camino sabían lo que se hacían. La senda transcurre a media ladera y el caminante no nota fatiga alguna. La bóveda arbolada impide ver el cielo, pero seguro que ahí sigue.

Las suaves subidas y bajadas resultan más un aliciente que un obstáculo. El caminante se para de vez en cuando y, observa Tineo. Puede ver su silueta en la lejanía, pero no a sus gentes. La perrita se acerca y olisquea los pies del caminante mientras este, metido en sus pensamientos, llega a una conclusión evidente: casas sin moradores no son nada. Todo se va achicando. Por detrás, camino; hacia delante, camino. Un hombre y una perrita andarina se encuentran consigo mismos. Él no sabe, no comprende lo que ella puede estar dilucidando, que más da, son cosas suyas.

Las pisadas del caminante hacen crepitar el manto que recubre el camino. Ocre, marrón, verde oscuro, amarillo y toda una gama casi imposible de describir, se fraccionan bajo el peso de la bota. La perrita pesa tan poco que solo es una pequeña molestia en su deambular.
Según avanzan, camino, caminante y perrita se funden. El caminante no puede dejar de pensar en aquellos que le han precedido y como esas piedras que hoy pisa, han sido mudas escuchantes de los pensamientos de otros.

En la cercana lejanía se intuyen, más que se oyen, coches. Pero al caminante no le molestan, apenas les hace caso y es que sigue escuchando a su corazón. El pueblo es ya casi un punto no muy grande y, según se va haciendo más pequeño, así le parecen al caminante muchas de las cosas que allí acontecen.


La perrita ha detenido su vagar y ya lleva un rato acompasando su ritmo al del caminante. Este la mira y la acaricia. La duda le asalta ¿podrá leerle el alma? No le importaría. Ella le ha dado tantas muestras de cariño y fidelidad, que no le importa que lea sus entrañas.
Transcurren el tiempo y los kilómetros. Ambos se sientan y comparten comida. Ahora si que la perrita no se separa del caminante. Se sienta frente a él y sus ojos mendigan otro trocito.
Continúan. Al caminante no le mueve la fe, solo transita ese camino cargado de historia; ese que unió a Europa cuando no eran necesarios pasaportes o permisos de trabajo. El caminante se detiene, suspira y la perrita acude a ver cual es el motivo de la parada. Recibe una caricia, se da media vuelta y se aleja graciosamente.

Sin darse cuenta están en Obona. Remanso de paz. La magia vuelve. Nunca estas antiguas piedras han dejado indiferente al caminante. Hasta el abandono reinante conmueve. El caminante cierra los ojos y sabe lo que va a pasar. Las piedras inician su vieja y cansina letanía. Le susurran historias de otras gentes y un cálido escalofrío recorre su cuerpo. La perrita también siente y no sabe lo que es. Le mira y está demasiado lejos para ser otra caricia, pero así y todo ella la nota. El tiempo se ha detenido y la melodía pétrea lo inunda todo.





Cuando el hechizo se rompe serenamente, el caminante sabe que es la hora de regresar. Poco a poco, el pueblo se va haciendo más grande y cuando ambos llegan a su casa, se miran. Ella ha compartido sus secretos.

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