16 jun. 2010

Mas líbranos del mal



Llevan toda la vida aconsejándonos. Diciéndonos lo qué está bien y lo que está mal. Millones de personas les han creído, aún les creen. Me parece bien, allá cada uno con lo que cree y a quien se lo cree.
Lo que ellos piensan tiene que ser aceptado por todos. Es más, tiene que ser de obligado cumplimiento y mejor aún, estipularse por ley. Las cosas que queden claras. Además, lo escrito va a misa.

Hay quienes piensan que la vida de las personas tiene que estar regidas por unas normas inquebrantables. Todo el que se salga de ellas estará cometiendo un pecado, e incluso un delito. Véase, por ejemplo, como determinados grupos integristas penalizan judicialmente el tema del aborto. Está bien, nada que alegar. Interpretan las leyes en un determinado sentido y apelan a los tribunales de justicia. Democrático.

Muchos nos acordamos de aquellos tiempos en los que las señoras bien abortaban en Londres, con el perdón preceptivo, faltaría más, y las menos pudientes lo hacían de cualquier forma y con el riesgo de perder la vida. Y claro está, sin perdón alguno.
Hasta aquí todo perfecto. Pero se me plantea una pregunta: ¿ellos están por encima de las leyes? Y no me refiero a las divinas, sino a las humanas.

Veamos, si alguien por obra u omisión, digámoslo así, indujera a millones de personas a contraer una enfermedad por no utilizar en sus relaciones sexuales una goma ¿cómo lo calificaríamos? ¿Sería, acaso, un defensor de sus principios?. ¿Tal vez será un puritano que cree fervientemente que las personas pueden controlar sus apetitos sexuales y sólo fornican para procrear?. Bueno, esto sería demasiado ingenuo por su parte y estaría alejado de la realidad, pero no le disculparía. Seguiría siendo culpable de esas muertes ¿o no?
África. Millones de personas están contagiadas por el SIDA. Millones de personas, sí también niños, mueren por el SIDA. Pero nada de condones. Abstinencia o hacerlo para traer niños al mundo. Eso sí, con las bondades o los males que su dios les otorgue. Resignación y a capear con ello. El sufrimiento les acercará más al ser supremo. Sobre todo ahora que se llega más rápido ya que no hay purgatorio.
No tienen sentimiento de culpa ni de pecado. Los preservativos salvarían millones de vidas, a ellos no les importan. Solo les valen sus creencias, las personas son un mero entretenimiento de Dios y son intrascendentes.

Les hemos oído denigrar, vituperar, denostar, humillar, maldecir y no se cuantas cosas más a los homosexuales. Tampoco les importa la humanidad de estas personas. No los aceptan tal y como son o como les da la real gana ser. Y todo eso a pesar de que los seres humanos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, vamos, según nos cuentan ellos.

Uno sabe, por experiencia personal, que algún galeno, fiel seguidor de sus enseñanzas, es capaz de ofrecer a un moribundo un padre antes que un calmante que le reconforte ante la muerte. Nacemos provocando dolor y tenemos que morir con dolor. Amén.

No quiero ni hablar esa ignominia, del pecado más nefando que han cometido y que comenten muchos, muchísimos de los integrantes de esta empresa religioso-política-económica: la pederastia. No solo se merecen el castigo divino, que lo tienen asegurado, sino el humano, que espero que se lo den.
Hemos escuchado disculpas de todo tipo y ante cada una de ellas, a nuestros ojos, la vileza se acrecentó. Malditos sean.

No quiero ser injusto. También hay ejemplos loables. Óscar Romero, que perdió la vida por defender los derechos humanos. Leonardo Boff, denigrado y maltratado por la curia o el pobre Ernesto Cardenal, a quien Wojtyla reprendió ante el resto del mundo por comportarse como un hombre. No olvidaré la imagen de Cardenal arrodillado, después de quitarse la boina, ante Wojtyla y cómo éste le recrimina agriamente. Imagen desoladora de un intransigente ante la desbordante humanidad de Cardenal.

Todo está bien. Son muchos los que les protegen. Apelan a su caridad -aunque otros creemos en la justicia- para desviar la vista y no darse por enterados. Y ahora, cuando llega el momento de hacer nuestra declaración de la renta, quieren que les demos una limosna. Pues van dados. Ni un céntimo. Mientras no expíen sus pecados, que tardarán toda su eternidad, y no paguen lo que deben a la sociedad, que mira que tienen para milenios, conmigo que no cuenten.

Por cierto, por mi alma que no se preocupen. En todo caso, entre Dios y yo lo arreglaremos. Yo no quiero intermediarios y estoy seguro de que Él tampoco los quiere, al menos a estos.

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Mas líbranos del mal by M. Santiago Pérez Fernández is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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