20 ene. 2015

Vivir con miedo



Nos han inoculado el miedo. No es una novedad, ya lo sé.

Desde nuestra infancia con esos ¡cuidado que te vas a caer! – no tienen nada que ver con estos otros – no paramos de convertirnos en seres asustadizos. Y no es que nos amilanen ahora más que antes. Nada de eso. Ahora es por más medios y a lo salvaje. Lo más cojonudo de todo es que nos quieren convencer de que lo hacen por nuestro bien.

Restringen nuestras libertades para protegernos de males exteriores, o interiores, lo último es el de los yihadistas. Lo del miedo a los chorizos de toda la vida no motiva al personal.
Lo aceptamos por bueno. Nunca se sabe donde pueden atentar, mira tú, ¿y sí se les ocurre hacerlo en nuestro barrio? Igual me toca a mí.
Para evitar eso, no hay nada como un estado policial.

¡Ah! pero no esperemos que con eso sea suficiente. Ya se les ocurrirán más medios de control y de protección. Hoy la seguridad privada es un negocio en crecimiento. Y no exagero.

De momento nuestras fábricas de armamento siguen produciendo a buen ritmo. Ya saben, lo hacen por nuestro bien y en nuestra defensa.

En nuestro país, como en otros muchos, el ministro de Defensa fue directivo de empresas armamentísticas (Instalaza SA, fabricante de bombas de racimo y de MBDA, que diseña, fabrica y vende misiles). A ellas volverá y si no al tiempo.

La iglesia católica es la mayor fábrica de miedo del mundo. Nos hablan de la eternidad en su infierno. Nos maldicen por disfrutar de lo bueno de la vida. Tenemos suerte, antes los mataban. Si leemos la Biblia, el Antiguo Testamento acojona, el Apocalipsis te produce terrores nocturnos de por vida.

Las aseguradoras no dejan de meternos canguelo para que nos hagamos pólizas de todo tipo, incluido un seguro de vida. Carajo, ese seguro lo cobran nuestros herederos cuando palmamos.

Las farmacéuticas no necesitan molestarse mucho. Realizan dos o tres informes sobre no sé que enfermedad y en cuatro días se ponen a vender como locos. En caso de que las ventas estén un poco alicaídas, declaran una gripe aviar y todos los gobiernos a comprar toneladas de vacunas. Las cuales después hay que destruir tras comprobar la poca envergadura de la epidemia.

El miedo a la enfermedad y la vejez deja pingües beneficios.

El desempleo, o el temor a perder el empleo, genera desasosiego. El dejar a los nuestros en busca de un Dorado produce desazón.

Y es que esto del miedo atenaza a las personas. Nos impide pensar con lucidez y hace de nuestra vida una mierda. No creo que haya que ir por la calle de héroes pero tampoco de acojonados.

Cada vez que encendemos la televisión aparece el miedo. Las páginas de los periódicos están plagadas de sobresaltos. No se puede entrar en una iglesia a rezar de lo oscuras que están. Miedo, miedo, miedo.

Los poderosos tienen en el temor y la cobardía su gran aliado.

El mejor remedio para el miedo es decir no. No te tengo miedo. No lo voy a hacer. No es así. No pienso igual que tú. No lo creo. No me da la gana. No, no, no, no…

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Vivir con miedo by Santiago Pérez Fernández is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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