25 abr. 2016

Fiestas, saraos y otros eventos

Se ha instaurado la creencia de que la celebración de muchas actividades, llámense ferias, fiestas, conciertos o cómo quieran denominarlos es signo de vitalidad social y, sobre todo, económica. Pues no les digo yo que no. Tal vez lo sean. Eso sí, para darle más empaque se les denomina eventos. Palabra manida por los políticos para resaltar los gastos que realizan e intentar justificar, en muchos casos, su despilfarro.

Los eventos son importantes, sin duda, pero aún lo es más el tejido productivo y empresarial de una comarca o un país. Los primeros tienen trascendencia para los hosteleros y comerciantes, lo empresarial para toda la sociedad.

En el momento que algo funciona todos quieren copiarlo. Para muestra un botón: el Guggenheim de Bilbao. Muchas ciudades, y pueblos, han acometido obras faraónicas a imagen y semejanza del museo bilbaíno. No se valoró nada. No se estudiaron las semejanzas y sobre todo las enormes diferencias. Sin ir más lejos en Asturias tenemos el Centro Niemeyer.

Asturias está plagada de algo que denominan museos y que en muchas ocasiones son meros almacenes de cosas. Centros de interpretación ni se sabe cuántos hay. La lista es amplia y conocida. Muchos languidecen o están muertos, otros ni se inauguraron.

Certámenes agrícolas, ganaderos, alimentarios,  esos llamados mercados medievales y yo qué sé, proliferan por doquier.

Los alcaldes se han creído que tenían que ofrecer cada dos por tres algo nuevo y en ello se han afanado. Se les ha ido tanto la mano que incluso han recurrido a los santos con tal de intentar atraer gente a sus pueblos y ciudades. Me refiero a la proliferación de procesiones religiosas, no por fervor sino por dinero. Excepto en aquellos casos en que a los munícipes les encanta ir escoltados por la autoridad, militar desde luego, y abrigarse bajo palio.

Seguimos pensando que somos grandes. No importa que tengamos más de un billón de euros de deuda, lo que supone uno de los mayores pufos del mundo. Estamos encantados con tener la segunda red más larga de trenes de alta velocidad, tras China. Eso sí, somos de los que menos la usamos.

España también está entre los países que más kilómetros tiene de autopistas tras China y Estados Unidos.

Si hablamos de fiestas entonces somos la caraba.

No hay dinero para mantener lo que tenemos y, sin embargo, los padres de la patria se empeñan en seguir deslumbrándonos con sus ocurrencias. Todas caras, muy caras.

Ellos, los que se han erigido en pater patriae, no controlan sus apetitos numerarios, ni sus privilegios – que según Arcadi Espada bien merecidos los tienen -. No contrastan la oportunidad, necesidad y viabilidad de sus gracias. Juegan con pólvora ajena. La nuestra.

Al parecer se avecinan otras elecciones ¡ya nos podemos preparar!

Hemos oído y leído que la deuda pública sigue creciendo. Nadie tiene la culpa. Empleo no se crea. El apoyo a los más necesitados se cubre con la solidaridad de los ciudadanos. No hay inversiones. Lo público se deteriora a marchas forzadas y estas gentes ya se están devanando los sesos con más ocurrencias.

¡Estoy encantado!

Por favor, basta ya. Estoy agotado de tanta inventiva simplona mientras nuestros científicos se van a otros países. No soporto nuevos trazados de carreteras mientras las existentes no tienen firme, ni líneas de señalización y los arreglos tardan años. Me resultan insufribles los desahucios mientras escucho en las noticias como aparecen nuevos defraudadores fiscales: expresidentes, ministros, queridas de no sé quien…

De nuevo tendré que escuchar las promesas de los viejos salvadores de la patria y de los que aspiran a serlo. Oiré como tras cada nueva promesa de más gasto público vierten un montón de culpas al adversario.

Estoy cansado. Me han hartado. Y, sin embargo, no tengo razón. Los resultados electorales se encargarán de demostrármelo una vez más.

Anímense, más, más, más. Más de una vez escuché aquello de alguien lo pagará. Y los muy gilipollas se quedaban encantados.

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