4 ago. 2009

La generosidad de un pueblo



El cielo estaba limpio; de él pendían incontables estrellas que alumbraban las estrechas y acogedoras calles de Navelgas de Arriba. En cada esquina, un agasajo al visitante. Antes de ver nada, ya se percibía el penetrante olor del tocín recién frito. Y no era una ilusión. Allí, en la calle, se estaban friendo torreznos. Al entrar en el chigre ya te esperaba esa tentación. Un poco de vino empujaba la delicia.




Al lado del chigre, un hombre fabricaba ilusiones para los niños. Un trozo de madera, escasas herramientas y mucho cariño hacían surgir, en un momento, un juguete sin pantalla. Para hacerles funcionar no necesitan pilas, solo un poco de paciencia y de destreza.


Un poco más allá, las gentes estaban reunidas alrededor del fuego de una llariega. En un extremo de la habitación hay un fornu, en el otro, se aprecian los restos de una empanada. Uno puede intuir que la mujer de la casa madrugó y se afanó con la masa y, mientras preparaba el relleno, aquella lleldó.

Calle arriba, una escuela. Una de esas donde los pupitres eran de madera, inclinados, y servían para sentar a dos mozuelos o mozuelas. Nunca mezclados, no fuera el diablo…
Encima de las mesas libros que ya casi nadie conoce, pero que se han reeditado rememorando aquellos malos tiempos pasados.

Casi enfrente, la mayada proseguía y el néctar se reparte entre quienes hasta allí se acercan. Dulce, muy dulce. La boca se inunda del sabor de Asturias.

De vez en cuando una antorcha compite con las estrellas.



Los pies comenzaban a quedarse fríos; un burro con dos maniegos salvaba a los más frioleros. Castañas, castañas asadas. El pollín se detenía y los visitantes cogían a su gusto. Cuanta hambre quitó este humilde fruto. Como empapizan, y todo está previsto, unas mozas llegan en socorro del necesitado: un vasito de guindas o de orujo y asunto solucionado.

Un golpeteo rítmico y metálico se oye un poco más allá. Una fragua. El hombre sabe lo que se hace y lo demuestra a los visitantes.


Dos mujeres preparan la lana para tejer. Como si fuera magia, de unos instrumentos rudimentarios, el huso y la rueca, surge el hilo. Las abuelas han hecho muchos calcetines, bufandas y jerseys; los nietos se han quejado: ¡abuela, que pica!. Y es cierto, pero esas ropas también están cargadas de amor y sabiduría popular.

Siguiendo la corriente de visitantes nos acercamos a una nueva tentación. Un trocito de pan y encima manteca recién hecha. Las mayores de la casa, eufemismo para designar a las viejas, llevan la voz cantante y son las elaboradoras, las más jóvenes untan. Todas hacen felices a los visitantes con sus artes.




Un alto en el camino. Agachando un poco la cabeza se entra en otra casa y allí está el esfoyón. Viejos, los más, algunos más mozos y una niña se entregan a la tarea. Cuando se les dejó solos, seguro que el más viejo de todos siguió contando antiguas historias de la comarca.

Como la gula hace de las suyas, uno se pregunta si habrá más. Frixuelos. Cuatro fogones en mitad de la calle no daban abasto a satisfacer los deseos de niños y mayores. Las mujeres, incansables, aún tienen tiempo de bromear con los visitantes. La espera se hace corta. Enfrente, un cesteru está a lo suyo. Cigarro en boca y manos curtidas que no necesitan ojos que las guíen. Cuando los curiosos son muchos y el cesteru se entretiene en otros menesteres, su mujer le recuerda para que está allí: cesteru a tus cestos. No hay que repetirlo, él a lo suyo.
Por fin, lo espolvorean con azúcar, lo pliegas varias veces y lo que puede hacer un poco de harina, leche y huevo. La felicidad.


La noche avanza, las gentes se animan, la bandina alegra ahora una esquina y después otra. Cuando recalan en el chigre se produce el atasco. No deja de ser noviembre y la humedad se deja notar. Buena música, un poco de frío y el chigre se convierte en objetivo apetecible. Un vino, un orujo o un anís de guindas entonan el cuerpo y el espíritu de los visitantes.

Así fue una Noche mágica en Navelgas. Una vez más quienes paseamos sus calles apreciamos su generosidad. Nos alimentaron el cuerpo, pero también el alma. Los vecinos de Navelgas, ese pueblo ejemplar, ha dado muestras de esplendidez al demostrarnos que lo sencillo produce satisfacción. No hace falta tanto para ser felices.
Son generosos por que se esfuerzan en que no olvidemos nuestras raíces. Comparten su sabiduría ancestral, sus casas, su comida y bebida.

Una vez más, gracias por vuestra Noche mágica.



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La generosidad de un pueblo by M. Santiago Pérez Fernández is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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