15 sept. 2014

Muerte y fútbol en La pena máxima



Entre 1970 y 1980 las dictaduras del sur de América unieron esfuerzos para acabar con todos aquellos que se opusiesen a sus regímenes. Y cuando digo acabar me refiero a torturar y asesinar. Llegó un momento en que supimos de vuelos de la muerte, robos de bebés y todo tipo de atrocidades.

Nadie pudo negar las barbaridades cuando, el 20 de septiembre de 1984, Ernesto Sábato, el escritor argentino, entregó el informe “Nunca más” de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que reflejaba la crueldad vivida en la dictadura argentina (1976-1983).

El Informe Sábato, como fue más conocido, recogió en unas 50.000 páginas de documentos más de 30.000 casos de desapariciones, tortura y ejecuciones.

Lo sucedido en Argentina formaba parte de una estrategia perfectamente definida y que abarcó a otros países (Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y en menor medida Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador) todo ello con la aquiescencia de la CIA y EEUU.

Es público que Henry Kissinger, siendo secretario de Estado de Estados Unidos durante la presidencia de Richard Nixon, fue el autor e ideólogo del Plan Cóndor, que así se denominó a esta operación de aniquilación y exterminio.

Otro apunte, en 1976 el general Videla toma el poder en Argentina.

Por su parte en Perú, el general Francisco Morales Bermúdez convocó una asamblea constituyente en 1978 para facilitar el retorno de la democracia al país.

Ya nos podemos hacer una idea del marco político en el que se desenvuelve la trama de La pena máxima de Santiago Roncagliolo.

No menos importante en la novela es el campeonato del mundo de fútbol de 1978, celebrado en Argentina.

Es cierto que la sede de ese campeonato se designó en 1966, pero a la FIFA ni le importó que la Triple A ya estuviese haciendo de las suyas ni que Videla fuese un sanguinario.

El fútbol es el fútbol y quien tenga dudas que pregunte a los españoles. De exterminio y fútbol sabemos algo.

Por cierto, el mundial lo ganó Argentina y no jugó ni Maradona ni Cruyff.

Ahora sí, ese es el escenario en que se mueve el protagonista, el asistente de archivo Félix Chacaltana. Un personaje que a base de coincidencias va desentrañando una maraña. Todo empezó por intentar descubrir lo que le pasó a su amigo Joaquín.

Su credulidad y “legalismo” le impide ver la realidad que le circunda en su Perú natal. Sabiendo lo que hoy sabemos, Chacaltana me pareció un tonto de capirote. Pero claro, eso es muy fácil decirlo hoy.

Las dictaduras fabrican unas buenas historias y esconden muy bien a sus muertos.

Perú está a las puertas de celebrar unas elecciones democráticas. Todo es confuso y más para el desgraciado de Félix. La política de su país le es ajena.

Al pobre asistente de archivero se le abren los ojos en un viaje relámpago a Buenos Aires. Allí comprueba los métodos empleados en la Escuela de Mecánica de la Armada y a partir de ahí, su vida y todos los misterios se resuelven.

Por cierto, pasar por delante de la ESMA acojona aún hoy.

Chacaltana es un títere. Su madre lo maneja, su jefe también. Le meten a espía y no se entera. A Cecilia, su novia, no se atreve ni a darle un beso. En una palabra: de tan bueno es tonto. Solo se inquieta, de pensamiento por supuesto, ante Susana Aranda.

En la trama tiene su puntín un exiliado republicano español, que no sale muy bien parado.

Los argentinos son muy malos y crueles, los de la Cóndor, y la selección de fútbol también. Seis cero le metió en ese campeonato la selección argentina a la peruana.

La mezcla de la pasión futbolística con la trama política, de muerte, es lo más destacado y sirve de descarga al drama. La tragedia es poca explícita y pasa casi, casi, sin manifestarse. Es algo que subyace, que no necesita más detalle. Ya sabemos lo que pasó. No es necesario recrearse.

Lo que me resultó más terrible fue lo del niño. Se queda con los chinos.

El que quiera saber más que lo lea. Es entretenido y quien desee buscarle tres pies, le podrá encontrar cuatro.

Las dictaduras pervierten la vida de los ciudadanos. Asesinan a los discrepantes y atontan a la sociedad. Y al final, siempre hay un inocente que sale perdiendo.

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