3 nov 2015

No hay frío en Tiempos de hielo


Tiempos de hielo no es una novela fría. En absoluto. Es cercana, creíble aunque deje espacio, reducido,  para lo irreal.

Fred Vargas, alias de Frédérique Audoin-Rouzeau, es arqueozoóloga e historiadora de formación. En 1986 se editó su primera novela policíaca: Los juegos del amor y de la muerte, y ya lleva doce publicadas.

Tiempos de hielo es un nuevo caso del comisario Adamsberg y su equipo de la Brigada Criminal. Islandia parece ser la clave de unas muertes pero todo cambia y las pesquisas se centran en un club de admiradores de Robespierre. Muertes antiguas se entremezclan, sin aparente sentido ni del espacio ni del tiempo, con otras recientes.

La Terreur (Revolución francesa) se adueña de la novela. Maximilien Robespierre, Danton, Desmoulins, Fouche o el verdugo Sanson se convierten en parte de la trama.

El terror revolucionario y el afturganga serán claves para que Adamsberg resuelva el caso.

No cuento más. Para más información, léase el libro.

La Brigada Criminal está integrada por una serie de personajes alejados del estereotipo de detective al uso. Todos son un poco raritos. El propio comisario Adamsberg es definido como un “paleador de nubes” – preciosa definición -. Se abstrae y bucea en su interior para encontrar las respuestas que necesita: “Adamsberg se interrumpió bruscamente y su mirada, puesta un segundo antes en Retancourt, ya no veía a nadie.  Retancourt  se fijó en esos ojos a la deriva, a los que temía más que nada”. Algo inculto. Con un toque de indolencia.

Danglard, es una enciclopedia andante, al que le tienen que parar los pies para que no les aburra con su sapiencia. Su afición al vino blanco es más que considerable. Violette Retancour además de cerebro pone fortaleza física. El comisario siente un aprecio un poco especial por ella. El resto de detectives tienen sus singularidades: una tiene algo patológico con la comida; otro padece trastornos del sueño… El comisario equilibra el equipo. Todos los personajes tienen algo que les caracteriza al tiempo que les diferencia y los hace únicos. Se aceptan y asumen tal como son.

Si es que hasta el gato es especial: duerme en un sitio y come en otro, y para que coma el señorito lo tienen que acompañar. Además se niega a subir escalones.

Lo dicho, rarito hasta el gato.

Me la leí a gusto. Me entretuvo y recordé algo de historia. No se puede pedir más.

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