3 jun. 2016

Sabe a muerte


Asusta. Azul profundo, casi negro. Su grandeza subyugante ahoga. Sabe a muerte. Su calma engaña. Los rayos del sol se rompen en millones de arcoíris. En ocasiones áureo en ocasiones argénteo. Los cuerpos tiritan. Se pegan unos a otros. Se trasmiten el miedo. Ojos escrutadores. Resecos de tanto llorar. No les quedan lágrimas. Lloremos por ellos. Los oídos taponados. Las bombas restallan en las cabezas. Gritos. Espanto. Casas que se desmoronan. Yo no he sido. Daños colaterales. Un padre lleva a su niña destrozada en brazos. La madre se descabeza contra un muro. Reunión en la ONU. ¡Hay que acabar con esto! Cenan en Times Square. Estados Unidos y Rusia se reúnen con Bashar al-Ásad. ¡Hay que acabar con esto! Obama y Putin en todas las portadas. Carne infantil llega a las playas de Grecia. Reverbera la arena. Un cangrejo mordisquea el dedo de un pie. A lo lejos un crucero exhala turistas satisfechos. El oráculo de Delfos no se enteró de nada, la Unión Europea tampoco. Novios embelesados. Manos ligadas. Titubean. Se adentran en el azul profundo del mar. Bocanada salada. Hay más. Sabor intenso. Se miran. Comprenden. Terror, miedo ¿vergüenza? El mar sabe a carne. Las bombas siguen cayendo. Los dioses se han retirado a descansar. El Santo Padre católico se lleva a su país a doce refugiados. Todos alaban su gesto. Cuatrocientos, quinientos seres humanos desaparecen en ese mar hermoso. Seguimos cenando. ¡Qué pena! ¿Puedo comer un poco más? Un bebé muerto. Un hombre lo saca a la arena. Apartamos la vista. Bebemos un poco de vino. Ya pasó. Aotracosamariposa. Messi defrauda al fisco. ¡Desgraciado! ¡A la cárcel! ¡Miserable! ¿A dónde vas de vacaciones? ¿A Grecia? No, no quiero encontrarme con muertos en la playa. El Mediterráneo sabe a muerto. Felices vacaciones.

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