12 jun. 2017

Santorini, el balcón volcánico


Santorini es un enorme balcón con unas vistas preciosas. Lo que hoy vemos son los restos de una explosión volcánica que dejó como testimonio una hermosa caldera. A esa lejana erupción atribuyen, entre otras cosas, el ocaso de la civilización minoica.

Santorini o Thera es pequeñita: 73 kilómetros cuadrados.  La laguna central nos cuentan que tiene unos doce kilómetros de longitud y siete de anchura y está rodeada por unos acantilados de unos 300 metros.
Les aseguro que desde algunos sitios mirar para abajo da un poco de miedo. Bueno, a mí me lo dio.

Llegamos a Santorini en barco. Desde Mykonos son unas tres horas navegando entre islas. Ya saben, la Cícladas. Nos detuvimos en Paros y en Ios.

En Mykonos tuvimos que esperar casi una hora por el ferry. Ya nos lo advirtió el conductor que nos acercó al puerto: “esto es Grecia”. Navegamos rápido y no teníamos opción a asomarnos a la borda. Grandes cristaleras nos permitieron ver el paisaje.

Entramos en la caldera de Santorini con un cielo encapotado y mirando hacia arriba, no para ver las nubes, que también, sino para contemplar dónde está encaramada la capital de la isla: Fira.

Una carretera muy pendiente nos llevaría hasta arriba. Nada más subirnos al coche que nos dejaría en el hotel comienza a llover, ¡Y de qué manera! Una tromba de agua de cuidado. En todo el trayecto no paró. El agua corría por la carretera como un río desbordado. Buen comienzo.
Igual que vino se marchó.


El hotel está mirando a la caldera. La vista es impresionante. Son esas panorámicas las que atraen a los turistas y por ello todos los establecimientos asoman al precipicio.


Fira es un laberinto de calles plagadas de tiendas, incluidas un montón de relojerías, además de infinidad de bares y restaurantes. Los comercios se encuentran en las callejuelas más internas, los bares y restaurantes dan al mar. Todo está dispuesto para que los guiris consumamos. En eso no se diferencia de cualquier otro lugar turístico.

Un estrecho camino al borde del precipicio nos permite observar la caldera y Fira desde múltiples puntos de vista. A cada paso todo se parece y todo cambia. Cuesta arriba, cuesta abajo. Subir y bajar escalones. Llega a cansar. No importa, seguimos, el paisaje lo merece.

Cada dos pasos una foto, una autofoto. En muchos puntos se forma cola. Todos queremos una toma magnífica y no vaya a ser que otro la capte y nosotros no.

Desayuno, comida y cena mirando a la caldera. Ensalada griega, moussaka y calamar no falta en ninguna carta. Y eso del yoyur griego no es otra cosa que nuestro requesón sin azúcar. Cerré los ojos y es a lo que me supo.

Los transbordadores y cruceros desembuchan y se tragan oleadas de ansiosos fotógrafos. Entre ellos bastantes recién casados. Los más frikis son los asiáticos. Estos meten en su maleta los trajes de la boda, se embuten en ellos, contratan a un fotógrafo y Santorini les sirve como marco incomparable para su reportaje de boda. Oigan, que no vimos a una pareja, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco, vimos a seis parejas en un día haciendo ese reportaje. Los empericotan de tal manera que los espectadores temíamos por su integridad.
Tanta subida y bajada pone a prueba mis piernas. Tengo que seguir haciendo fotos.

Desde Fira cogemos un autobús para acercarnos a Ia. Está a unos doce kilómetros. El pueblo es precioso y de aquí son la mayoría de las fotografías que vemos de Santorini.

Blanco, amarillo y crema pastel, blanco, más blanco, azul. Terrazas y cúpulas fijan nuestra mirada, más abajo el despeñadero, luego el mar.

Ia me encantó. Ni un papel por el suelo. Las inevitables subidas y bajadas son obligadas para aprehender su belleza.

Las cámaras fotográficas echan humo, los móviles arden. La estrechez de los lugares obliga a la espera para realizar la ansiada foto. Merece la pena. Desde aquí la caldera parece otra.


En el extremo del pueblo se encuentra el mirador en el que todos los días se agolpa muchísima gente para extasiarse viendo la puesta de sol. La vista desde aquí es… ¿ya dije preciosa? Pues eso y más.

Fotos, fotos, fotos.

En algunas terrazas se ven a gentes metidas en unas minúsculas piscinas. No importa el tamaño.

Tiendas, relojerías, bares, restaurantes, una librería… Todo muy guapo. De verdad, en Ia todo es hermoso.

El lugar es tan pintoresco que son muchas las parejas que se regocijan fotografiándose hasta la extenuación. Les aseguro que pocas veces vi tantos fotografílicos.

La isla se recorre en poco tiempo. Los viñedos están por todos los lados. Es una variedad antigua y adaptada al terreno volcánico. Su producción es muy escasa y el precio de los vinos muy caro.

El tiempo pasa, se termina. Santorini hizo estragos en mis piernas. Mereció la pena.


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Santorini, el balcón volcánico by Santiago Pérez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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