10 abr. 2018

El procés visto por Santi Vila

Publicado en La Nueva España el 7 de abril de 2018

Lo de Cataluña está desmadrado. No es algo reciente. En los últimos años la espiral de desencuentros entre el gobierno de Cataluña y el de Madrid ha ido en aumento. El desafío se concretó en la aprobación de la ley de referéndum de independencia, el pasado mes de septiembre, y se llevó a la práctica con las votaciones del 1 de octubre. Y todo ello saltándose las advertencias de los letrados de la Cámara catalana, el Tribunal Constitucional o la Fiscalía.

La decisión del juez Llanera de encarcelar a algunos de los máximos representantes del independentismo ha calentado aún más la situación. La detención de Carles Puigdemont ha llevado el agua a ebullición.

El hartazgo por la “cuestión catalana” es inmenso. El encastillamiento de unos y otros está deteriorando la convivencia en España y los problemas de los ciudadanos se están dejando de lado.

A estas alturas creo que todos tenemos claro que apelar a los nacionalismos es convocar al enfrentamiento.
No todos vemos el procés de la misma forma. Las publicaciones se multiplican y aún veremos muchas más. Ahora Santi Vila nos da su versión de lo sucedido en “De héroes y traidores”.

Santiago Vila es militante del PDeCAT (Pardido Demócrata Europeo Catalán). Ha sido diputado en el Parlamento catalán entre 2006 y 2013 y alcalde de Figueras entre 2007 y 2012. Ejerció de conseller de Territorio y Sostenibilidad, conseller de Cultura y conseller de Empresa y Conocimiento de la Generalitat. Es decir, estuvo en el núcleo de la toma de decisiones. Y no menos importante, es doctor en Historia Contemporánea.

Daré un repaso a algunas de sus afirmaciones en ese libro.

Refiriéndose a la sesiones del parlamento catalán del 6 y 7 de septiembre de 2017 dice de ellas “… la sesión probablemente más triste de la historia del parlamentarismo catalán contemporáneo… Ana Gabriel, rindió homenaje a “la gente que luchó contra el régimen del 78 y que fue torturada y encarcelada por hacerlo”. Lo más chocante es que todas estas voces revolucionarias consideran del todo compatible su retórica antisistema con formar parte de él, disfrutando sin rubor de sus prebendas, coches oficiales y salarios”.

Menudo recadito. No será el único. Tendrá más detalles con otros compañeros de viaje.

Curiosamente, unas páginas más adelante se siente orgulloso “de haber participado activamente en la movilización política del 1 de octubre”. Para redondear esgrime que ese referéndum “comenzó como un pulso político entre gobiernos”.

El resultado fue que unos movilizaron a una parte de los catalanes y los otros a las fuerzas de orden público.
El libro es, además, una justificación de los actos del autor y una exposición de sus planteamientos políticos.
Según Vila fue acusado de traidor por los suyos al “haber defendido hasta el último minuto la insuficiente legitimidad democrática para llevar a cabo una declaración de independencia de Cataluña…”

Santi Vila me desconcierta: “Que la política catalana abandonara la senda del pactismo y se echara al monte fue una opción, no una obligación”.  Reconoce que “en Cataluña, el Gobierno de Puigdemont está atrapado por la movilización en las calles y el extremismo de izquierdas en el Parlament, y en Madrid, el Gobierno de Rajoy está confortablemente sitiado por la extrema derecha de siempre”. Eso no le lleva a la equidistancia, que quede claro.

El encarcelamiento de Puigdemont ha movilizado a los Comités de Defensa de la República que han sacado a la calle a miles de personas. Imagino que Santi Vila estará francamente preocupado a tenor de lo que dice en su libro: “Los disparates que se leían en las redes sociales sobre la constitución de comités de defensa de la República, aunque no merecía ninguna credibilidad, evidentemente resultaban inquietantes para cualquier persona sensata”.

Los independentistas han cargado de sentimentalismo la política catalana – lo cual reconoce Vila - y de todo quieren hacer una gesta heroica: “nótese que los argumentos apelaban siempre a la razón, finalmente buscaban impactar e ir directos al corazón”.

A Marta Rovira, hoy en Suiza, le dedica unas emotivas palabras: “…es también una mujer intensa, irascible y fanatizada, como se ha podido comprobar más tarde a través de sus contundentes declaraciones públicas, poco dada a las dudas y matices, y menos aún al uso de la moderación como guía”.

La descripción de la reunión del 25 de octubre en el Palacio de la Generalitat no tiene desperdicio: “Durante la espera, el solemne Patio de los Naranjos no dejó de llenarse de corrillos políticos, asesores, periodistas afines y otros tertulianos y personajillos para mí desconocidos hasta aquella tarde y que, al parecer, formaban parte de la inteligencia del procés. Poco a poco llegaron también los representantes de Ómnium y de la Assemblea Nacional Catalana (ANC)…”

En esa reunión se pretendía ir a una convocatoria electoral, cosa que no sucedió. Allí Puigdemont, según Vila, argumentó que “no me veo siendo un presidente virtual, de un país virtual, en una sociedad anímica e institucionalmente devastada”. Aún dijo más: “Me niego a ir por el mundo, repartiendo tarjetas de una república inexistente”.

Si esto es así me parece que Carles Puigdemont tiene un serio problema de doble personalidad.

Esa reunión, cínica y desagradable en palabras de Santi Vila, debió estar muy animada: “A pesar de los lamentos de Marta Rovira, que entre sollozos, lágrimas y aullidos habló de decepción, desconfianza e incluso traición, lo cierto es que el sarao acabó con la decisión de convocar elecciones”.

No tengo nada que añadir.

Vila tiene detalles con varios de los protagonistas del procés. De Puigdemont, al cual aprecia, dice que “no soportaba las reuniones de partido ni empalizó nunca demasiado con la mayoría de los dirigentes del PDeCAT”. Tiene también sus detalles con Junqueras: “Días y días de conversaciones con él mantienen aún hoy en mí la duda de quién es realmente Oriol Junqueras y cuál es su proyecto personal y político para Cataluña”. Y eso que había propuesto a Junqueras un pacto de no agresión en el que él, Santi Vila, sería elegido candidato a la presidencia por el PDeCAT y “Oriol, si no hacemos el burro, ¡en tres meses serás presidente!”. Daba por descontado que ERC ganaría las elecciones.

Se acuerda del PP y de Rajoy, faltaría más, y cómo no de la “lista de retrasos e incumplimientos en materia de infraestructuras…”. ¿Se creen que son los únicos?

Estoy de acuerdo con Vila en la falta de capacidad política para intentar llegar a acuerdos. La indolencia de Rajoy es conocida.

Santi Vila imputa cinco errores al soberanismo: la marginación de la política profesional, el problema de la herencia, la deriva hacia postulados de la izquierda populista, la lectura errónea del resultado de las elecciones del 27 de septiembre de 2015 y lo que denomina idus de marzo en Navidades, es decir, la sustitución de Artur Mas por Carles Puigdemont cuando “la abnegada camarilla de los conjurados facilitó al nuevo president la lista de los consellers y altos cargos a nombrar, el programa de gobierno y los compromisos a implementar, y lo más importante, la determinación a seguir adelante con el procés”.

Por cierto, Vila considera “sinceramente que la opinión pública y publicada en Cataluña ha sido injusta y desproporcionada con Jordi Pujol y sus errores”.

Pasa más adelante a enumerar las ocasiones, ventanas en su terminología, que se han perdido para llegar a encuentros entre los gobiernos de Madrid y Cataluña. Reparte responsabilidades pero barre para su casa, faltaría más.

Y llega a las soluciones. ¿Novedades? Ninguna.

Hay un aspecto, dice, que hay que abordar en el futuro inmediato: “Y no es otro que el derecho de los catalanes a votar”. Esto me suena.

Tiene más recetas: “Participar de nuevo en el proyecto de España debe ser compatible con el reconocimiento de Cataluña como nación…” También me suena.

La desigualdad entre Madrid y Barcelona debe corregirse: “Resuelto el agravio de Barcelona, no tengo ninguna duda de que se habrá dado un paso importante para la resolución del agravio con Cataluña”. Vaya, vaya. No es Cataluña, es Barcelona. Aclarado queda.

Eso sí, avisa a navegantes: “Cronificado el malestar, la ciudad se verá abocada a la decadencia y a quedar en manos de gobiernos municipales populistas y de izquierdistas”.

Luego comienza el relato de agravios, que se pueden resumir en que la Generalitat asuma la recaudación tributaria, que se reduzca el déficit fiscal y que se desencallen las inversiones en infraestructuras.

Nos recuerda que todo empezó con la negativa de Rajoy a negociar un nuevo pacto fiscal en 2012.

Nos define lo que él entiende por catalanismo político: “la libertad de empresa y el compromiso con la creación de riqueza deben ser una prioridad estratégica, mucho más trascendente que la simple ampliación acumulativa de la cartera de prestaciones sociales”.

En lo personal ha vuelto a dar clases y además es gerente de una empresa.

No tengo muy claro lo que pensarán sus antiguos correligionarios y compañeros del procés de este libro.

A mí me da igual lo que ahora expliquen unos y otros. No deberíamos haber llegado a la situación en la que nos encontramos. Los gobiernos han sido los causantes y todos lo estamos pagando, no solo los catalanes. Rajoy ha trasladado su responsabilidad a los juzgados con el aplauso de Ciudadanos. Los independentistas siguen a lo suyo. Catalunya en Comú-Podem pues no sé que decirles y el PSC en su línea, que ni ellos saben cuál es.

Nos queda mucho por ver.



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